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	<title>Yaoi Adicción &#187; Nayra Ginory</title>
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	<description>yaoi para las masas adictas</description>
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		<title>Muerte de un Chapero</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 12:38:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nayra Ginory</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fanfics]]></category>
		<category><![CDATA[Originales]]></category>

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		<description><![CDATA[1ª  noche: 11 de febrero 1ª  noche: 11 de febrero2ª noche: 12 de febrero 3ª  noche: 13 de febrero 4ª  noche: 14 de Febrero. Epilogo: 5ª  noche. Un año después. Rubén se subió un poco más el cuello de su abrigo y aprovechó para exhalar el aliento en la palma de sus manos. Se había [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='indizar'>1ª  noche: 11 de febrero</div>
<div class='chapters' id='right' style='width: 200px; float: right;'><ul><li>1ª  noche: 11 de febrero</li><li><a  href="http://www.yaoiadiccion.net/2010/03/muerte-de-un-chapero/chapter/2/">2ª noche: 12 de febrero </a></li><li><a  href="http://www.yaoiadiccion.net/2010/03/muerte-de-un-chapero/chapter/3/">3ª  noche: 13 de febrero </a></li><li><a  href="http://www.yaoiadiccion.net/2010/03/muerte-de-un-chapero/chapter/4/">4ª  noche: 14 de Febrero. </a></li><li><a  href="http://www.yaoiadiccion.net/2010/03/muerte-de-un-chapero/chapter/5/">Epilogo: 5ª  noche. Un año después.  </a></li></ul></div>
<p style="text-align: left;">
<p>Rubén se subió un poco más el cuello de su abrigo y aprovechó para exhalar el aliento en la palma de sus manos. Se había dejado los guantes en casa y ahora empezaba a arrepentirse de no haber vuelto para a recogerlos. El aire cortaba y se arremolinaba en torno a sus rodillas, haciendo volar el bajo de su abrigo y pegando la tela de los pantalones contra la piel de sus piernas.</p>
<p>Una bolsa de plástico vacía voló a su lado arrastrada por la corriente de la que él mismo quería protegerse, seguida por otros ligeros objetos que se habían ido quedando en las aceras tras años de limpieza municipal ineficaz. Esta era la zona chunga de la ciudad, en la que los barrenderos hacían un servicio rápido y en la que la policía sólo hacía acto de presencia cuando era absolutamente necesario.</p>
<p>Intentando esquivar un condón usado que había en la acera casi se tropieza con una rata que comía de un cubo de basura volcado y parcialmente quemado. El animalito le miró con sus ojillos rojos antes de salir corriendo y entrar en las alcantarillas. Reprimió una mueca de asco al ver que un ejército de cucarachas asistía al mismo festín y siguió de largo.</p>
<p>Se cruzó con unas pocas personas en la calle, casi todos hombres. Era muy tarde en realidad, algo más de las doce, pero siempre había pensado que esa hora tenía algo de mágico y además él mismo acostumbraba a trabajar de noche. Sabía muy bien lo que estaba buscando, pero sólo una vaga idea de dónde encontrarlo, aunque no se le pasó por la cabeza preguntar por direcciones a alguno de los que se cruzaba por la calle: coreanos de ojos taimados, negros que trapicheaban en un callejón oscuro, un grupo de skin heads que golpeaban el asfalto con sus Dr. Martens. Rubén pasaba al lado de ellos fingiendo ser invisible, sabiendo que estaba en un lugar que no lo reconocía como propio.</p>
<p>Empezó  a sentirse algo más seguro cuando llegó a la calle de las putas. Aunque la explícita sexualidad de esas mujeres le intimidaba un poco, al menos sabía que allí no era un extraño. Varios hombres como él vagaban por la calle, andando o en coche, mirando la piel que se exhibía bajo las fría luz de las farolas. Varias de ellas se acercaron, susurrando sugerentes proposiciones en su oído, guiando sus manos hasta ciertas partes de su anatomía. Rubén se desembarazó de ellas con una tímida sonrisa y siguió de largo.</p>
<p>Se alejó de esa calle, encaminándose hacia un callejón oscuro. Bajo la entrada en forma de arco, había una farola con el cristal roto, cuya bombilla brillaba a intervalos con una luz que era más débil que el zumbido que producía. Un grupo de chicos estaba allí de pie, dedicándose a lo mismo que las mujeres de la calle de al lado, pero un poco más escondidos y con menos compañía.</p>
<p>Lo que vio allí fue una gran decepción, ninguno de ellos respondía a lo que él estaba buscando: uno era muy alto y desgarbado, otro demasiado delgado, otro tenía el tronco muy corto en relación a unas piernas larguísimas, el último era un transexual.</p>
<p>Se paró a unos metros del grupo, los brazos colgando laxos a los lados del cuerpo en un gesto de elocuente decepción. Los chicos lo miraron, percatándose al final de su presencia y se dispuso a darse la vuelta e irse antes de llamar más la atención. Justo en ese momento oyó el ronroneo de un coche y un deportivo negro tomó la curva y paró cerca de él, junto a la acera. En su interior había un joven. Se inclinó sobre su asiento, como si estuviera despidiéndose del conductor y luego salió. Rubén lo siguió con la mirada: sus perfectas proporciones, su porte elegante, su caminar tranquilo, su hermoso rostro. Parecía un dios griego esculpido en mármol que había cobrado vida gracias al fuego de Prometeo. Se unió a los demás prostitutos y se apoyó en la farola. Se subió el cuello de la chaqueta, ocultando la parte inferior de su rostro, y encendió un cigarrillo, protegiendo la llama del mechero en el hueco formado por sus manos. Inhaló el humo y luego lo expulsó, dejando que el aliento de sus pulmones se mezclara con el gélido aire de la ciudad.</p>
<p>Durante todo el rato, Rubén lo había estado contemplando, hasta que sus pies se movieron de nuevo y sus pasos se dirigieron hacia él.</p>
<p>Al ver que al final el extraño se unía a ellos, los chaperos se le acercaron y le rodearon como un grupo de chacales en espera de una presa. Rubén permitió que se acercaran, dejándose mirar por ellos y mirándolos a su vez.</p>
<p>—Hola guapo, ¿has venido a divertirte? —el chico delgadito, que se llamaba Manu, se acercó frontalmente, dejándole estudiar su rostro—. Porque si es así, yo soy el que mejor puede atenderte.</p>
<p>—¿Ah, sí? —el hombre rodeó a Manu, admirando su cuerpo—. Me parece que no, no eres lo que estoy buscando, en cambio tú… —miró al que estaba junto a la farola, que aún se fumaba su cigarro con tranquilidad. Era el único que no se había acercado. Rubén se permitió un estudio más de cerca, bajando su mirada por ese cuerpo perfecto con un pausado deleite del que no se creía capaz—. Tú sí que lo eres.</p>
<p>El joven lanzó el cigarrillo, que fue a caer en un charco de agua, chisporroteando brevemente mientras su llama se apagaba. Se separó de la farola con parsimonia y se colocó frente a Rubén con un aire altivo y confiado. Se dio una vuelta completa, con los brazos en cruz, dejando que el posible cliente le mirara.</p>
<p>—¿Te gusta? —inquirió cuando volvió a estar frente a él.</p>
<p>Rubén asintió.</p>
<p>—¿Te han dicho alguna vez que tu cuerpo tiene unas proporciones perfectas?</p>
<p>Se oyeron alrededor un par de risitas, no era el comentario más común.</p>
<p>—Me lo tomaré como un cumplido —el prostituto esbozó una curiosa sonrisa—. ¿Quieres o no?</p>
<p>Rubén asintió.</p>
<p>—Entonces no hay nada más que hablar, ¿no? Cuarenta por chupártela, cincuenta si quieres follarme. Y con condón, que si no, no hay trato.</p>
<p>—Está bien. Vamos.</p>
<p>Caminaron un rato sin hablar, saliendo de esa parte de la ciudad para entrar en el casco viejo. Tras unos minutos de paseo, se pararon frente a un portal y Rubén sacó unas llaves. La puerta de madera estaba carcomida y crujió levemente cuando se abrió.</p>
<p>—Pasa.</p>
<p>El zaguán era oscuro y estaba sucio. El final del pasillo se abría hacia unas escaleras estrechas y en muy mal estado.</p>
<p>—¿Vives aquí? —preguntó al fin el prostituto.</p>
<p>—Ajá —subieron varios pisos hasta llegar al ático. Era un edificio viejo y no tenía ascensor, seguramente por eso sería lo más barato—. Ya sé que es un poco cutre —dijo como disculpándose mientras abría la puerta—, pero a mí me gusta.</p>
<p>El chico entró y se encontró en un cuarto en tinieblas rodeado por extrañas figuras, como si la oscuridad estuviese poblada por siniestras amenazas, pero al ir encendiéndose las luces pudo ver que no eran más que estatuas y esculturas, en diferentes estados de composición. El ático era un loft, amplio y con grandes ventanales, pero estaba en muy mal estado. El papel de las paredes estaba desprendiéndose y olía un poco a moho y a humedad.</p>
<p>—Pues sí que es cutre.</p>
<p>—Ya, bueno —Rubén se quitó el abrigo que llevaba y se puso un suéter de lana—. Dicen que un poco de decadencia es buena para una artista.</p>
<p>—¿Eres escultor?</p>
<p>—Ajá. Este no es sólo mi piso, también es mi taller. No me has dicho tu nombre.</p>
<p>De repente, notó que de nuevo su cliente le estudiaba con la mirada, e inexplicablemente se puso nervioso.</p>
<p>—No suelo decírselo a mis clientes.</p>
<p>—Yo me llamo Rubén.</p>
<p>Asintió, muchos hombres le decían su nombre para que lo gimiera mientras se lo follaban.</p>
<p>—Muy bien, ¿y entonces?</p>
<p>—¿Entonces qué? Ah, sí claro. Perdona —le lanzó una sonrisa—. Lo siento, hace un poco de frío aquí, pero he encendido la estufa al lado de la cama —le señaló un estructura de madera donde descansaba un colchón desfondado, cubierto por una sábana blanca—. Desnúdate, por favor.</p>
<p>Se dispuso a hacer uno de sus célebres stripteases, pero se sorprendió al ver que el otro se daba la vuelta y empezaba coger unas herramientas  que había dentro una taza de cerámica. Le miró por encima del hombro.</p>
<p>—¿Aún no has empezado? ¿Te da vergüenza desnudarte?</p>
<p>—No que va, es sólo que pensé que… que a lo mejor querías mirar.</p>
<p>El hombre le dio la espalda de nuevo, así que se despojó de su ropa sin más preámbulos. Cuando sólo le quedaba la ropa interior se sentó en la cama a esperar que terminara.</p>
<p>El escultor volvió a mirarle.</p>
<p>—Levántate.</p>
<p>—¿Qué?</p>
<p>—Que te levantes, por favor —Rubén se acercó a él, con una sonrisa de total naturalidad, como si estuviera haciendo lo más normal del mundo.</p>
<p>—¿No prefieres que esté tumbado? —empezaba a sentir que algo no iba como debía. Rubén negó con la cabeza—. No serás uno de esos raritos, ¿verdad? Si me vas a follar, prefiero que sea algo convencional.</p>
<p>Rubén rió mientras caminaba alrededor de él, observando su cuerpo con el detenimiento de quien está decidiendo si comprarse o no un sofá. El joven se sintió estudiado de nuevo, como si esos ojos pudieran ver más allá de su desnudez. Se ruborizó bajo ese escrutinio, aunque no percibía en él ninguna intención lujuriosa</p>
<p>—No, no soy ningún rarito —se alejó de nuevo y lo miró desde la distancia—. Pero es verdad que lo que te voy a pedir no es muy convencional.</p>
<p>Se sentó en la cama y le indicó al otro que se sentara a su lado. El chico se tensó, esperando un contacto que no llegó. El hombre se limitó a apoyar sus manos en los muslos.</p>
<p>—Aún no te he explicado muy bien de qué va todo esto y tú me estás malinterpretando, pero eso es culpa mía —le miró a los ojos—. No te he contratado para tener sexo contigo.</p>
<p>—¿No quieres follar? —el prostituto le miró con los ojos muy abiertos</p>
<p>—No.</p>
<p>—¿Por qué no? —su voz delató un ligero tono a orgullo roto—. ¿No te gusto?</p>
<p>Rubén esbozó una melancólica sonrisa.</p>
<p>—Eres muy hermoso, si eso es a lo que te refieres, y esa es la razón por la que estás aquí. Así que sí, me gustas, pero no en ese sentido. Ven —se puso de pie y caminó hacia una mesa que había en el centro de la habitación.</p>
<p>Una vez allí, el hombre le descubrió una pequeña estatua de arcilla que había sobre ella. Parecía más bien el esbozo de una escultura, pues sus formas estaban difusas, carentes de detalles concretos. Representaba a un hombre tumbado de costado, como dormido, pero en una posición a todas luces incómoda. En su rostro crispado se leía enfado, rabia y una pena muy profunda. Esbozo o no, ya estaba cargado de significado.</p>
<p>—¿Qué es?</p>
<p>Rubén se apoyó en el respaldo de una silla, mirando al boceto fijamente.</p>
<p>—Es un proyecto de clase. Mi profesor de escultura cree que si no conocemos los fundamentos de la escultura clásica, no podremos dominar los nuevos conceptos. Un punto de vista interesante —le guiñó un ojo—. En todo caso, quiere que realicemos una escultura neoclásica en mármol y tomemos un tema de la mitología griega para ello.</p>
<p>—Pero esto es arcilla, ¿no?</p>
<p>—Sí, claro. Esto es sólo un boceto, para luego esculpir la definitiva, que será de tamaño natural. Pero, ¿sabes? No consigo hacerla del todo bien, no estoy satisfecho con el resultado.</p>
<p>—¿Por qué no? A mí me parece bonita.</p>
<p>—Bonita —Rubén bufó—, no debe ser bonita, debe ser…, debe parecer real, en movimiento, viva… Pero no lo consigo. Por eso estás aquí. Necesito un modelo.</p>
<p>—¿Un modelo?</p>
<p>—Sí, alguien real en quien basar mi escultura, alguien de carne y hueso, alguien imperfecto.</p>
<p>—Yo no soy imperfecto —se quejó el chico.</p>
<p>—Claro que lo eres, todos lo somos, eso es lo que nos hace especiales, únicos. Necesito a alguien de verdad que le de a mi escultura imperfecciones y defectos que lo hagan parecer único a él también.</p>
<p>—¿Y qué tendría que hacer?</p>
<p>—Nada —Rubén se encogió de hombros—, sólo tumbarte en la cama y posar para mí cada noche.</p>
<p>—¿Cómo que cada noche?</p>
<p>—Bueno, si aceptas el trabajo necesitaré que vengas varias veces, hasta que termine el boceto.</p>
<p>—¿Por cuánto rato?</p>
<p>—Un par de horas cada noche. ¿Cuánto me cobrarías por eso? ¿Cien euros? —ofreció.</p>
<p>—No lo sé, nunca me habían pedido algo así —el prostituto pareció dubitativo un momento. Cien euros por no hacer nada más que estar tumbado un par de horas era una agradable variación de su rutina.</p>
<p>—Entonces, ¿trato hecho? —el escultor le ofreció una mano, con un ligero atisbo de ansiedad, como si pensara que el otro no aceptaría.</p>
<p>El chico se la estrechó, devolviendo la sonrisa.</p>
<p>—Trato hecho.<br /><p><strong>Capítulos:</strong> &laquo; Anterior 1 <a  href="http://www.yaoiadiccion.net/2010/03/muerte-de-un-chapero/chapter/2/">2</a> <a  href="http://www.yaoiadiccion.net/2010/03/muerte-de-un-chapero/chapter/3/">3</a> <a  href="http://www.yaoiadiccion.net/2010/03/muerte-de-un-chapero/chapter/4/">4</a> <a  href="http://www.yaoiadiccion.net/2010/03/muerte-de-un-chapero/chapter/5/">5</a> <a  href="http://www.yaoiadiccion.net/2010/03/muerte-de-un-chapero/chapter/2/">Siguiente &raquo;</a></p>]]></content:encoded>
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		<title>Clase de Literatura</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 12:27:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nayra Ginory</dc:creator>
				<category><![CDATA[Fanfics]]></category>
		<category><![CDATA[Originales]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Entré  en clase a las ocho en punto como cada día, pero me sorprendió  comprobar que no había nadie y que todos los pupitres estaban vacíos. Miré a mi alrededor atónito, buscando una explicación para la ausencia de mis compañeros. El timbre que marcaba el inicio de las clases sonó y al mismo tiempo oí como la puerta del aula se cerraba detrás de mí. Me giré para encontrarme de frente con esos ojos que me robaban el aliento cuatro horas a la semana. El tiempo pareció detenerse un instante, suspendido en algún lugar de mi conciencia, mientras veía como Carlos, mi maravilloso profesor de literatura, se acercaba a mí moviéndose de una manera sinuosa muy impropia en él.</p>
<p>—¿No ha llegado nadie? —preguntó el profesor, mirándome con intensidad.</p>
<p>—No —dije con un hilo de voz.</p>
<p>Los dos primeros botones de su camisa estaban desabrochados y su morena piel quedaba expuesta. Quise acariciar el tibio vello de su torso y hundirme en el profundo olor que emanaba de él. Tragué saliva sonoramente.</p>
<p>—Bien, entonces tú y yo estamos solos —llegó hasta mí y acarició mi rostro con infinita ternura mientras su perfume me invadía—; voy a tener que darte una clase privada.</p>
<p>—¿De literatura? —pregunté muy nervioso.</p>
<p>Una curiosa sonrisa se insinuó en sus labios.</p>
<p>—No, de eso no —dijo mientras acercaba sus labios a los míos en un camino lento, pero inexorable.</p>
<p>Dejé  que me atrapara en su beso y en su olor. Hundí mis manos en su sedoso cabello mientras él introducía sus dedos, como trémulos tentáculos, por el interior de mi camisa. El contacto de sus manos contra mi piel me hizo gemir.</p>
<p>—Carlos —jadeé cautivado por su contacto.</p>
<p>—Mi precioso niño —dijo a su vez con los labios hundidos en mi cuello, mordisqueando mi piel, haciéndome enloquecer—, siempre te he deseado…</p>
<p>Llevé  mis manos a su camisa y la desabotoné con ansia, sólo para poder hundir mi nariz en su pecho y aspirar su profundo perfume a virilidad. Carlos era tan hombre, tan guapo, tan fuerte, y yo lo deseaba tanto.</p>
<p>Me elevó, cargándome por debajo de las axilas, hasta dejarme sentado en la alta mesa desde donde nos daba clase. Sólo entonces me di cuenta de que toda mi ropa había desaparecido. Sentí bajo mi piel la fría madera pulida de la mesa y me estremecí. Entre besos, Carlos me miraba lleno de pasión.</p>
<p>—Eres tan hermoso, mi dulce niño —sus palabras acariciaban mis sentidos— tan hermoso…</p>
<p>Un gemido entrecortado escapó de mi garganta mientras el deseo fluía imparable por mis venas. No sentía vergüenza sino ardor, un ardor incontrolable que me hacía querer revolcarme con él como un perro en celo. Le atraje hacía mí, rodeando su cintura con mis piernas, de manera que nuestros miembros se rozaron deliciosamente. Me restregué contra él en un intento de aplacar esa ansiedad que me corroía por dentro, mientras con mis manos descorría los cierres de su cinturón. Sus pantalones cayeron, derramándose por sus piernas al tiempo que quedaba a la vista su tibia y palpitante carne. Le toqué, ansioso de sentir su fuerza bajo mis manos, deseando entregarme a él con cada fibra de mi ser. Insinuante, me tumbé sobre la mesa invitándole a acercarse más, mientras se mantenía entre mis piernas, acariciando mi cuerpo con avidez y mirándome con deseo.</p>
<p>—Mi pequeño, mi hermoso pequeño —sus labios pronunciaron las palabras sin moverse apenas, mientras sus manos tanteaban hambrientas mi entrepierna.</p>
<p>Abrí  las piernas, entregado por completo a él, mientras sentía cómo su hombría se adentraba en mí, llenando mis entrañas con calor y placer. Siempre temí que la primera vez fuera dolorosa, pero no fue así, sólo había un candente placer. Carlos dentro de mí, abrasándome, mientras agarraba mis caderas con sus manos, apretando mi carne entre sus dedos hasta hacerme sentir un agradable dolor. Me apreté contra él para hacer la penetración más intensa y él incrementó el ritmo de sus embestidas. Mi cuerpo se estremecía sin ningún control mientras clamaba por el desahogo del orgasmo. Entre gemidos, agarré mi miembro y me masturbé, consciente de que me iba a correr de un momento a otro, mientras Carlos, que no apartaba sus ojos de los míos, jadeaba con cada furiosa embestida. El mundo a mi alrededor pareció desaparecer mientras me corría en mi mano al tiempo que sentía como mi propio cuerpo se desvanecía: ya no sentía la dureza de la mesa debajo de mí, ni a Carlos en mi interior. Cerré los ojos, confuso, mientras intentaba recuperar el control de mi cuerpo y de mi mente. Un insidioso zumbido comenzó a sonar en ese momento más allá de los límites de mi conciencia. Me sentía desorientado, ¿era el timbre que marcaba el final de la clase? Volví a abrir los ojos, pero Carlos no estaba allí. Ni él, ni la clase, ni los pupitres. Me giré confuso y me encontré en mi propia cama. Alargué el brazo y apagué el despertador con un manotazo, al tiempo que caía dolorosamente en mi propia realidad. Eran las siete de la mañana y tenía que vestirme para ir a clase. Pensé, apesadumbrado, que a primera hora tendría literatura. Me senté en la cama y aparté la manta, sólo para encontrarme completamente manchado: mi semen se había derramado en mi pijama y entre la ropa de cama.</p>
<p>—Mierda —mascullé—, encima voy a tener que cambiar las sábanas.</p>
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