Sweetest Sin

31 agosto, 2011 por  
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9. Recuerdos y Familia

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La puerta rechinó suavemente en la habitación de Kay. Tímidamente, Andrea se asoma por el costado en espera de ser invitado al interior. Su amigo no tardó en hacerle entrar mientras dejaba las maletas sobre la cama, con una grata sonrisa.
– ¿A qué hora llegaste? – le preguntó Andrea.
– Hace media hora – respondió Kay, a la vez que se acercaba a la puerta para correr el seguro – Le dije a Lyo que a penas te viera te dijera que estaba esperándote.
Andrea le miró un poco desconcertado.
– Me extrañó que Lyo me anunciara tu llegada. Si querías verme podías haber pasado a saludar a mi habitación, ¿no? – respondió.
– Es que te quería a solas en mi cuarto – respondió Kay con un tono algo serio, mientras le sonreía sin quitarle la vista de encima.
Andrea se inquietó un poco y sus ojos lo revelaron. No había pasado por alto el hecho de que Kay le encerrará en esa habitación, interponiéndose él mismo contra la salida, y cuya mirada le advertía algo que desconocía. Retrocedió un poco, apoyándose sobre el escritorio, sin quitarle la vista de encima.
– ¿Para que me llamaste? – preguntó entre tímido y nervioso.
– Tú sabes… Quiero dejar en claro algo que quedó confuso la ultima vez que nos vimos.
– ¿Qué… cosa? – su corazón ya comenzaba a inquietarse.
– Sobre de quien esperas que se declare – dijo antes de acercarse a él con paso seguro – Tú dijiste que era de este instituto, o sea, que es (lógicamente) un hombre.
Y al terminar de pronunciar estas palabras, sus manos se habían apoyado a los costados del escritorio, dejándole acorralado entre sus brazos, su cuerpo y la mesa. Andrea tragó saliva.
– Kay…
– ¿Me lo vas a negar?
– No… – respondió, desviando la mirada – ¿Te… molesta?
– No… porque a mi también me gusta alguien de este instituto.
Andrea alzó los ojos, expectativo, con el corazón palpitante.
– ¿Quién? – su voz parecía asustada; ansiosa – Dime quién es…
– Tú.
Y sin aviso alguno, le besó, dejándole estupefacto tanto por la respuesta como por el acto. Lentamente fue correspondiendo el beso, temblando, hasta que su boca se rindió completamente, entregándose por entero, mientras sus brazos se enlazaban alrededor del cuello. Aprovechando este movimiento, Kay le sujetó por la cintura para acercarle más y abrazarle con fuerza. El contacto de ambos cuerpos hizo los besos más apasionados y demandantes. Se necesitaban y las palabras sobraban para expresarlo.
– Kay… ¡Kay! – susurraba Andrea casi delirante, mientras tomaba pequeñas bocanadas de aire – Yo…
– Andrea… – respondió en un suave murmullo – Me estoy… enamorando de ti…
– Pero… yo soy…
– No me importa. Te quiero, te quiero… y necesito saber si tú sientes lo mismo.
– ¡Claro que sí!… Te amo, te amo tanto – decía mientras se aferraba con más fuerza a ese atlético cuerpo – Mi amor… ámame…
Kay le besaba con frenesí como si temiera que Andrea fuera a desaparecer en cualquier instante, y con un ágil movimiento le sujetó de las piernas, que estaban rodeándole, y de la espalda para llevarle hasta la cama y dejarle caer con cuidado.
Desde abajo, Andrea le miraba sorprendido y ruborizado.
– Kay… – y alzó las manos para acariciarle el rostro, a la vez que éste se acercaba para proseguir con el beso.
Se dejó dominar por él, rindiéndose de buen agrado. Las caricias, los besos… todo era exquisito y Kay lo sentía así también. Mientras su boca exploraba ese delicioso cuello, sus manos intentaban despojar la ropa casi con desesperación. ¡Cuánto deseaba esa piel!
– ¡Kay! – jadeó al sentir su lengua sobre su pecho – Yo…
– ¿No lo has hecho? – preguntó suavemente, mientras una de sus manos se encontraba acariciando sus caderas por debajo del pantalón.
– ¿Eso no importa, o sí? – susurró con dulzura, acariciándole el pecho descubierto – Sólo ámame…
Era demasiado para él. Su aroma, su voz, sus caricias… todo de Andrea le volvía loco. Aquella cálida y tierna piel, sus brazos envolviéndolo, esos suaves movimientos que le incitaban a seguir en ese recorrido casi salvaje y embriagador, su mirada, sus dedos enredados a su cabello. Cada uno eran señales suficientes para no detenerse. Nada ni nadie podría sacarlo de ese mágico sueño. Nada… salvo su propia excitación. Porque cuando estaba listo, deseoso por poseerlo y culminar esa ferviente unión, despertó.
Sí; despertó: envuelto en sus sábanas, aturdido, mirando el techo, con su corazón agitado y su boca húmeda. Despierto. Dolorosamente despierto.
Lentamente, Kay recuperó el aliento y se apretó contra su brazo, avergonzado. ¿Cuántas veces había tenido esa clase de sueños? No lo sabía, salvo que estos se intensificaron después de aquella conversación que tuvieron mientras espiaban a Lyo.
No sabía en que pensar.
– Nunca había tenido esta clase de sueños antes – se susurró a sí mismo –; nunca, con nadie y mucho menos con un hombre. ¿Es que acaso me gustan los hombres o solamente me estoy volviendo loco por Andrea?
“No. Los hombres no. Sólo Andrea. Amo a Andrea”.
“Y me duele… y a la vez me avergüenzo porque eres hombre y quiero ser correspondido”.
“No es deseo carnal”, pasó la mano por sus cabellos, “No es sólo el hecho de experimentar con hombres. Te deseo porque te amo y duele. Qué angustia”.
“Quiero verte. No pensé que estos días, alejados de ti me hicieran sentir así”.
– Te extraño – murmuró cerrando los ojos, y dando media vuelta – Quiero verte y confesarte todo esto, pero soy tan cobarde.
Y trató de dormir nuevamente, aunque su cuerpo, alterado todavía por el sueño, se lo impidiese.

– Instituto Privado Masculino; jueves.

¿Cuántos días habían pasado desde la partida de Kay y ese incidente? Lyo llevaba la cuenta en su agenda, tratando de calcular una segunda aparición del que ahora denominaba “ente”. Cómo todavía era una identidad totalmente desconocida, le era imposible darle otra clasificación, puesto que fantasma ya no era adecuado.
Por consejos de la psicóloga, no le informó a Andrea sobre su error. Creía tan fehacientemente que era su hermano gemelo, que contradecirle sería peligroso. Había que investigar cuál era la razón que le impulsó a creer en ello y por qué le temía tanto. Sabía de demonios y entidades vagas que se alimentaban de la energía que emitía el miedo, pero ninguno actuaba y atormentaba como Eindrea (que así le llamaba el joven).
Estuvo revisando sus apuntes luego de la narración de su amigo, pero nada le ayudaba a descubrir el verdadero origen del ente. Según Andrea, le atormentaba cada vez que podía, diciéndole cosas sin sentido, incitándole al suicidio y al mismo tiempo comprendiendo su soledad, compadeciéndole. Le extrañaba que este ser le tratara de usurpador y que insinuara que ese cuerpo le pertenece. De ahí el hecho de que Andrea le considerase su gemelo porque, según sus propias palabras, son “idénticos de cuerpo y alma”. Sin embargo, nada le hacía coherencia. Las veces en las cuales él había tenido oportunidad de sentirlo, a pesar de reconocer la energía extraña como desconocida, no podía negar que tenía una esencia similar a la de Andrea… como si realmente fuera una parte de él que le acosara; el gemelo inexistente. ¿Acaso eso tendría alguna lógica… o tal vez sus padres ocultaban algo que la doctora ignoraba?
Eran demasiadas conjeturas y ninguna prueba.
Dejó su libreta sobre el escritorio, mientras miraba por la ventana. La escena en la habitación de Kay, la sensación y el miedo de su amigo no se le iba de la cabeza. Por lo visto, el fantasma le había correteado hasta ahí, gritándole que no tenía escapatoria aún si estaba en la recámara de su amado, pero no entró. Según Andrea, le oía pero no le veía y que luego, después de irse, la habitación se tornó helada, impidiéndole moverse, lo que provocó el ataque de pánico y el llanto. ¿Por qué no había entrado a la habitación de Kay? ¿Para atormentarlo más?
Todo eso, solamente le seguía enredando.
– Permiso – se oyó desde la puerta – ¿Puedo entrar?
Lyo volteó y sonrió amigablemente. Era Andrea.
– Por supuesto. ¿Sucede algo?
Andrea meneó la cabeza.
– Desde ese día no me ha vuelto a molestar, lo sabes.
– Vaya… creo que lo intimidé – bromeó.
El joven soltó una pequeña risa, mientras meneaba la cabeza en señal de simpática paciencia.
– Al parecer lo que le dibujaste a mi puerta funcionó… pero… quería pedirte si las podías sacar, por favor.
Lyo le miró desconcertado, tratando de adivinar el motivo, pero la mente de Andrea era tan impenetrable como la coraza de un marisco.
– Me marea – respondió al fin, prediciendo el motivo de esa mirada.
– ¿Te… marea? – preguntó extrañado, con un tono que reflejaba incredibilidad.
– Sí – respondió Andrea con voz firme – Al principio creí que mi mareo se debía a la fatiga de no haber dormido bien y llorado por una noche… no obstante, el malestar prosiguió. Y cada vez que paso por mi puerta, me siento peor.
Lyo quedó en silencio, pensativo, mientras de vez en cuando lanzaba pequeñas miradas escudriñadoras hacia su amigo. No era normal que eso sucediera. Sabía de ante mano que Andrea no era un chico normal; que poseía cualidades no comunes en jóvenes de su edad y que él desconocía de si mismo, al parecer. Aún mantenía en su memoria aquella descarga de energía que manifestó esa noche de persecución fantasmal y que resultó ser un conserje sonámbulo. Todo esto, más que esclarecer el camino le contrariaba más, creando nuevas teorías y sospechas en su mente.
– Pero si te saco los sellos es posible que Eindrea vuelva – comentó al fin.
Andrea agachó la cabeza:
– Eso lo sé, pero los malestares son insoportables. Pero si vuelve a aparecer tú estarás allí para ayudarme, ¿no?
– Bueno, sí… pero…
– Entonces puedo correr el riesgo. Además, ya estoy acostumbrado.
– Eso suena como si extrañaras que te molestara. Masoquista.
– ¡Por favor Lyo! – exclamó ruborizado – ¡Cómo se te ocurre! Pero…
– ¿Pero?
– Sí él está presente, tal vez podamos descubrir porque me odia tanto y así dejarle descansar en paz…
– ¿Y no sospechas que podría haber gatillado esto?
El joven se puso extrañamente pálido al oír esa pregunta.
– Bueno… este… – su voz empezaba a temblar como si algo horrendo pasara por su memoria y que su boca no quería delatar – No sé…
– Has un intento.
– No… no sé… él apareció de repente, luego de aquello… luego de mi primer intento de suicidio… no sé…
– ¿Algún recuerdo de él cuando eran niños?
– ¿Niños?… pero sí no le conozco…
– ¿Qué no le conoces?… ¿No era tu…?
– ¡No sé! ¡No sé! – chilló Andrea alejándose de golpe y acurrucándose en una esquina de la habitación, temblando y emitiendo la misma clase de energía que Lyo sintió ese día, cuando estaba escondido en la bodega.
“Está a la defensiva de nuevo”.
– ¡Relájate! – le susurró mientras se acercaba – No quise…
– ¡Es su deber! ¡Es su deber! – interrumpió con los ojos cerrados, mientras su energía aumentaba peligrosamente, creando una pequeña sombra que empezó a rodearle – ¡Porque yo no quería existir! ¡Yo quería morir!
– Andrea, tranquilízate. No entiendo lo que dices.
– ¡Pero ya no quiero morir! ¡Ya no! ¡Tengo miedo!
– ¡Andrea, por favor, calma…! – decía mientras intentaba acercarse, pero la energía le impedía tocarlo.
– ¡Qué se aleje! ¡Ya no quiero que él esté aquí!
– ¿Quién?… Andrea, yo…
Y antes de que pudiera tocarle para sacarle del trance, la sombra que rodeaba a Andrea le atacó como si fuese un perro guardián, hiriéndole la mano. Al fondo, y mirando con postura orgullosa y vencedora, se encontraba Eindrea, cuya sonrisa deformaba el rostro tan idéntico al de Andrea, que realmente se podía pensar que era su gemelo malvado.
– ¿Tú?… ¿Cómo…?
Y desapareció abruptamente, a la vez que Andrea caía rendido y desmayado sobre el piso. Lyo le sujetó. Toda esa escena le había dejado espantado y preocupado.
– ¿Qué rayos sucedió? – apareció de pronto su hadita, quien al sentir la energía voló enseguida hacia la habitación.
Lyo no respondió. Se miró su mano sangrante, mientras su otro brazo afirmaba el cuerpo desvanecido de su amigo. Había algo que no le encajaba. ¿La sombra había sido creación de Andrea o una jugarreta de Eindrea?
Ahora sí que estaba totalmente perdido en su investigación, a pesar de que en su mente nacía una inquietante teoría.
– Lyo… – insistió Fairy al no obtener respuesta – ¿Qué pasó? ¿Estás bien? Tu mano…
– Mi mano es lo de menos – respondió reincorporándose y levantando a su amigo – Llama a Katherine para que venga de inmediato y dile que me traiga algo para la herida de mi mano. Luego te explico.
La hadita obedeció sin reclamo alguno y desapareció de un pestañazo cuando volaba directo a la puerta, mientras su amo dejaba a Andrea sobre la cama.
– Andrea…
Colocó una mano sobre la mejilla para comprobar su temperatura corporal y de paso medir su cantidad de energía. Ambas estaban dentro de lo normal y eso le tranquilizó. Tomó la silla del escritorio para acercarla a la cama y sentarse en espera de que su amigo reaccionara pronto. Tenía tantas preguntas que hacerle y a la vez no quería pronunciar ninguna. Temía que si lo hacía, la situación empeorara.
No pasaron muchos minutos cuando Katherine apareció, agitada y preocupada, acompañada del hada. Al instante notó la herida en la mano de su novio y sin decir nada se acercó para vendarla. Lyo la miró en silencio, sin detenerla.
– Por lo visto, el muchacho se te escapó de las manos – comentó, luego de terminar su tarea – ¿Qué sucedió?
– No puedo explicarte con detalles ahora, pero creo que las sospechas de la psicóloga y mías son ciertas. Sé que suena contradictorio, pero quiero que se lo comuniques a ella. Necesito saber absolutamente todo lo que sepa de este muchacho, aunque la ética se lo prohíba. Dile, por favor dile, que es muy importante que no me oculte ningún documento, ya que dependiendo de esa información mi teoría puede ser errada o fidedigna.
– ¿Son muy serias tus sospechas? – preguntó la joven, muy preocupada.
– Sí. Son serias – suspiró Lyo, abatido por sus dudas – Así que ve y dile esto: qué confíe en mi y que, a partir de ahora, grabe las citas en secreto y me las entregue… pero primero debe preparar dos grabadoras y dos cintas distintas. Ya le diré yo como debe hacerlo. De momento, necesito sus informes con urgencia.
– ¿Cintas? ¿Acaso…?
Lyo asintió lentamente, sin mirarla. Estaba pendiente de su amigo por si despertaba.
– ¿Tanto así?
– Tanto así.
Katherine se levantó suavemente y sin añadir nada más, salió de la habitación. Fairy que hasta ahora sólo había sido una silenciosa espectadora, revoloteó hacia el rostro de Andrea y comenzó a acariciarle las mejillas con miedo, como si tocara a un león aturdido.
– ¿Qué sucede? – preguntó Lyo ante este extraño gesto.
– Puede que tus sospechas sean reales… – y le miró con las mejillas sonrosadas, bañadas de unas cristalinas y diminutas lágrimas.
– No temas. Haré todo lo posible para que Andrea no salga dañado.
– ¡¿Y si pasa lo de aquella vez?!
– Yo era un novato, Fairy… no puedo cometer el mismo error dos veces… aunque el método sea riesgoso.

Andrea despertó media hora después, mareado y con mucho frío. Lyo le miraba desde la silla, con una cálida sonrisa, sin pronunciar palabra alguna. Esto desconcertó al joven, quien se irguió, tratando de sentarse.
– ¿Qué…? – intentó preguntar, pero su amigo le hizo un gesto para que no se moviera.
– ¿Cómo te sientes? – preguntó Lyo.
–… Bien… – respondió con voz cansada – Algo mareado pero bien… ¿Qué sucedió?
– ¿No te acuerdas?
– ¿Eh?… ¿Acordarme? ¿Sucedió algo?
Lyo le miró por algunos segundos antes de suspirar y cruzarse de brazos.
– En realidad, no pasó mucho… dime qué es lo que recuerdas – respondió.
Andrea frunció el entrecejo con aire confuso, tratando de indagar en su propia mente sin mucho resultado. Miró a su amigo con preocupación.
– Sólo recuerdo que vine a verte para pedirte que me sacaras los sellos de mi puerta y…
– ¿Y?
–… No sé. Todo es confuso…
“Entonces no recuerda nuestra conversación ni lo que aconteció después”, pensaba, mientras le miraba con seriedad.
– ¿Pasó algo malo? – insistió Andrea, cuya mirada reflejaba el temor que empezaba a nacer en él.
Lyo sonrió, meneando la cabeza con sutileza, mientras le desordenaba los cabellos a manera de juego.
– No. Solamente te desmayaste. Me dijiste que te sentías mal y colapsaste. Entonces te recosté sobre mi cama y esperé a que reaccionaras. Al parecer tus mareos son más complicados de lo que yo creía.
Andrea le miró serio. Había algo en esa respuesta que no le convencía, pero, al no recordar nada, tendría que confiar en esas palabras sin objeción. Por un instante tuvo el presentimiento de que Eindrea estuvo allí, aunque no quería verificarlo. Lo mejor sería hacerse el tonto y confiar en su amigo a pesar de haber notado la herida de su mano.
– ¿Me puedes dar un poco de agua? – preguntó Andrea.
– ¡Cómo no! – y se levantó hacia la cocina.
De inmediato comenzó a analizar la habitación con la mirada, para ver si podía encontrar alguna pista o algo que le pudiera contradecir la respuesta de su amigo. Sin embargo, la mirada de la hadita, que estaba sentada a los pies, le detuvo.
– No te había visto – sonrió Andrea un poco nervioso – ¿Desde hace cuanto que estás ahí?
– No desconfíes de Lyo – le respondió con seriedad – Sí él te dice eso, es porque es así. Se preocupa por ti tanto como Kay, así que baja la guardia.
El joven se extrañó ante este sermón. No esperaba que la hadita adivinara sus intenciones.
– Lo siento – dijo dando un suspiro – Pero estoy en una situación confusa. No me gusta cuando no puedo recordar nada.
El hada le sonrió, lanzándose a volar hacia su hombro, desde donde le abrazó la mejilla.
– Entiendo… pero confía en nosotros – agregó con tono amoroso, apegada a esa suave mejilla – Jamás haríamos algo para perjudicarte.
– Lo sé…
Lyo apareció con el vaso y se lo entregó. Le pareció extraño que llevase guantes cuando hace unos momentos no los tenía. ¿Acaso era para ocultar la herida? No pudo evitar preguntarle al respecto.
– ¿Esto? – dijo Lyo apuntándose sus propias manos – ¿No querías que te sacara los sellos? Son mis guantes de trabajo. Tengo una herida y no quiero que se abra por accidente.
Al parecer no tenía intenciones de ocultarlo, así que le preguntó de frente sobre ello.
– Cuando te desmayaste, yo estaba haciendo algunas cosas y al tratar de agarrarte me corté, eso es todo.
– No te creo. Dime la verdad. Eres malo mintiendo, Lyo.
– Estaba haciendo unos “sellos”… amuletos que requieren la sangre de quien los construye. Me abrí la mano más allá de la cuenta. Recuerda que también soy hechicero.
Andrea le seguía mirando por sobre el vaso, no muy convencido.
– No me mires así, ¿ya?… Ahora lo que importa no es mi herida, sino tu habitación. Cuando te sientas mejor iremos allí y sacaré los sellos bajo tu responsabilidad, y si ese fantasma vuelve ya sabes que hacer.
– Llamarte.
– Eso es. Buen chico.
Andrea se ruborizó ante la broma, pero no pudo evitar sonreír.
A la hora siguiente, Lyo ya había removido todo y los malestares desaparecieron al instante y no volvieron en los días siguientes. Podía estudiar y dormir tranquilo como siempre. Lyo, por su parte, le pareció extraño toda esta tranquilidad y sobre todo que Eindrea no haya aparecido como él sospechaba. Todo esto hacía nada más que aumentar sus sospechas y solidificar su teoría.
Afortunadamente, Andrea ignoraba esto. Intuía que algo pasaba por la mente de su amigo, pero el deseo de volver a ver cuanto antes a Kay le distraía. Ya habían pasado muchos días desde su partida, y el hecho de que no le hubiese llamado en todo ese tiempo le inquietaba. Muchas veces quiso llamar a su teléfono móvil, para saber como estaba su padre y que había sido de él en estos días, pero se detenía en el último momento. Temía ser inoportuno; temía no ser contestado; temía ser rechazado.
Y la verdad era que tenía miedo de que ahora, después de que se le saliera indirectamente que era homosexual, Kay le tratara de forma distinta.
Esa idea no se le iba de la cabeza por mucho que intentaba distraerse y no pensar mucho en ello; no obstante, cada cosa que hacía o veía le recordaba lo solo que se sentía sin la presencia de su amado amigo.

– Sala de clases; lunes.

Andrea se sentía decaído, tirado encima de la mesa, sin poner demasiada atención a la clase. ¿Cuántos días habían pasado? Tres semanas exactas. Y sentía que no podía soportar por más tiempo la presencia de sus compañeros y las bromas de los amigos de Kay que cada vez que podían le gritaban: “¿Se te perdió el lacho?”, refiriéndose de manera vulgar al término “amante”.
Sabía que a Kay le molestaban de la misma manera, así que no se ofendía demasiado por eso; pero le disgustaba ese tipo de bromas que, en cierta forma, tenían razón.
¡Cómo deseaba que Kay fuera su lacho!
Estaba pensando en ello cuando sintió que el profesor paraba la clase para acercarse a un alumno que recién acababa de llegar y que, por lo visto, no le dejaría entrar a la sala. Era tarde y debía esperar hasta la próxima hora, aunque eso significase quedar ausente, pero el alumno insistía que tenía un permiso del rector para ingresar a esas horas. Andrea levantó la vista y su corazón pareció detenerse ante la presencia del estudiante. Era Kay.
Este notó la mirada de su amigo, mientras el profesor le regañaba, y de inmediato le correspondió con una sonrisa, depositando sus ojos sobre aquellos azules. Andrea no pudo evitar sonrojarse ante ese intercambio de miradas que duró tan sólo un par de segundos; suficiente para hacerle sentir bien.
El profesor no le dejó entrar y Kay tuvo que girar sobre si mismo y abandonar la sala. Ante este hecho, Andrea se levantó de su asiento y sin decirle nada al profesor salió de allí también. No tardó en alcanzarlo a mitad de pasillo. Quería abrazarle, decirle lo mucho que le extrañaba, pero sus deseos se limitaron en un cordial saludo.
– ¿Te saliste de clases? – le preguntó Kay extrañado – ¿Por qué?
Andrea no sabía que responder. ¿Cómo podría decirle que salió detrás de él porque le extrañaba y necesitaba tenerle cerca?
– Me aburría – respondió al fin, corriendo la cara un poco sonrojado – Además no había sabido nada de ti durante casi un mes…
– Perdona por no llamarte – agregó Kay, mientras empezaba a caminar – Pero estuve muy ocupado. Tuve que esperar hasta que mi padre estuviera en condiciones de retomar el trabajo. A pesar de que le dieron de alta una semana después del infarto, tuvo que guardar reposo hasta ahora.
– Me alegra saber que tu padre ya está bien – decía el joven, siguiéndolo.
– Sí. Quise llamarte, pero… quería verte en persona para hablar.
– ¿Por qué?
– Porque hay cosas que no se pueden decir por teléfono – y le miró detenidamente.
Los nervios se apoderaron del cuerpo de Andrea, quien intentaba ignorar esos ojos y seguir caminando. Kay sonrió.
– Andrea… – dijo de pronto – ¿Quieres acompañarme a dar una vuelta al patio?
El joven no respondió; sólo se le quedó mirando en silencio tratando de calmar sus latidos.
– Es que yo llegué tarde – prosiguió Kay un poco nervioso –… y dudo que te dejen ingresar a clases nuevamente.
– Está bien – sonrió Andrea – No quiero quedarme dando vueltas en el pasillo.
Kay pasó su brazo por sobre los hombros en gesto amistoso (aunque por dentro sus intenciones no eran las de un amigo), acercándole sin que Andrea se opusiera a este gentil movimiento.
– ¿Y de que hablaba el profe? – preguntaba mientras empezaba a caminar otra vez.
– Nada del otro mundo. Fijaron las fechas para los exámenes y hablaron sobre los eventos del aniversario.
– ¿El colegio ya va a estar de cumpleaños?
Andrea le miró sorprendido.
– ¿No sabes nada?
– No. Recuerda que ingresé este año. Será mi primer aniversario y, si logro pasar, el último. Por lo tanto no tengo la menor idea de cómo serán las actividades.
– Es verdad – dijo Andrea con tono de auto-reproche – Mira: Cada año, a parte de las actividades típicas de esta clase de eventos, competencias entre los alumnos y las alianzas que se forman según a la clase que perteneces, se realiza una fiesta familiar el último día de celebración y que suele ser el fin de semana. Aquí vienen los familiares y amigos para compartir en una cena (para los padres o tutores) y una fiesta (para los jóvenes, amigos y novias). Estas ultimas actividades duran hasta bien entrada la noche, pero como al otro día es domingo es algo que no importa. El alumno debe mandar la invitación a quienes quiere que vengan con un máximo de cinco personas, entre familiares y amigos. A veces, por motivos de trabajo, los padres suelen no venir y sus hijos deciden invitar a amigos o primos, u otras veces sólo lo ignoran y no invitan a nadie – suspiró como si el tema le incomodase –. Es una buena oportunidad para que la gente se relacione entre si y los padres puedan hablar de negocios mientras las madres buscan algún buen partido para sus hijas.
– Ya veo. ¿Y cuando se envían las invitaciones?
– Dentro de la semana. Le celebración es la semana que sigue.
– ¿Y vas a invitar a tus padres?
Andrea se detuvo de pronto, en silencio, mirando el suelo con tristeza.
– No van a venir – respondió con aire retraído.
– ¿Acaso tienen asuntos que atender?
– No.
– ¿Y al año pasado vinieron?
– Estuve internado en el hospital en estas fechas, así que no pasé por esta cosa.
– ¿Entonces cómo sabes que no van a venir?
– ¡Sólo lo sé y punto! – respondió algo exasperado. Odiaba esas fechas, y las preguntas de Kay solamente le ayudaban a abrir una vieja herida.
Siempre había sido así. De seguro, romperían la invitación como lo habían hecho con una de navidad y que su profesor le obligó a mandar. No hacía falta molestarse en ello. La respuesta era tan obvia que le dolía sólo en planteárselo.
Kay advirtió que estaba pisando terreno endeble y decidió parar. Cuando Andrea empezaba a encerrarse lo mejor era dejarlo así, sin presión.
– Lo siento – agregó Kay acercándole un poco más, mientras atravesaban el patio – No quise ser inoportuno.
– No importa.
A los pocos minutos, ya se encontraban en el patio trasero, en el lugar habitual.
– Así que una fiesta familiar – susurró con pereza, sentándose entre las ramas.
– Sí. Nada del otro mundo – respondió el joven, colocándose a su lado – ¿Y bien? ¿Vas a invitar a tus padres?
– Yo creo que sí – respondió casi con indiferencia – Ahora no sé si puedan venir. Recuerda que mi padre hace poco que está bien y no sé si mi hermana menor tenga ánimos y mi hermana mayor… – tomó aire para proseguir como si algo en su interior le incomodara –… ella es otro cuento.
– ¿Y tú madre?
Kay agachó la cabeza. Intuía que esa pregunta iba a nacer tarde o temprano y él no podía hacer nada para esquivarla. Hacía tanto que no hablaba de ella que su expresión se tornó triste y distante, como si, inconcientemente, imitara a Andrea. Pero no era una imitación, era un dolor profundo y verdadero que desde hace mucho tiempo ocultaba.
Andrea se inquietó. Era primera vez que le veía en ese estado.
– ¿Kay?
–… Está muerta – respondió al fin.
El muchacho, que no se esperaba esa respuesta, se quedó en una pieza y no supo cómo reaccionar.
– Lo lamento – murmuró, apenado.
– No te preocupes – le sonrió acariciando su mejilla.
Andrea quería preguntar la razón del deceso, pero se contuvo. No quería incomodarlo, así que se atrevió a preguntar por su hermana mayor creyendo que con esto, la expresión de Kay cambiaría; pero no fue así. Ahora lucía más abatido que antes.
– Perdona si te pregunté algo que no debía… – agregó nervioso. No sabía cómo tratar a su amigo.
– Ya te dije que no te preocuparas. No es tu culpa que mi hermana me odie – y sonrió con tristeza.
– ¿Odiar? – ahora sí que se sentía más intrigado y confuso con la situación – Pero… ¿Por qué? – sabía muy bien que no debía seguir preguntando, pero no pudo contenerse. Vio cómo su amigo se apoyaba con todo su peso contra el tronco del viejo árbol, exhalando un triste y denso suspiro como si se estuviera preparando para algo grande. Y sin mirarle, respondió:
– Porque yo maté a mi madre.
Andrea quedó helado con esa directa respuesta. Pasaron unos largos y casi fúnebres segundos antes de poder articular palabra alguna otra vez.
– ¿Qué… quieres decir? – se atrevió a preguntar, consternado.
– Fue un accidente… No. Fue una irresponsabilidad – su voz sonaba extrañamente tranquila, como si estuviese anestesiado.
– Pero… ¿Qué hiciste?
Kay le miró, atento, casi sorprendido. Por un momento había creído que su amigo desistiría.
– ¿Tanto te interesa?
Andrea corrió su rostro, nervioso y casi avergonzado. Era lógico que sus preguntas le estaban abriendo una vieja herida poco a poco, pero no podía evitarlo. Quería saberlo porque necesitaba saber todo de él; sus temores y sus tristezas; sus alegrías y amarguras… aunque esto le estuviera dañando. Tal vez pensaba en forma egoísta, sin embargo… ¿No era normal averiguar todo aquello que rodea a la persona amada?
Se sintió mal ante este pensamiento, porque él mismo se había negado a abrirse ante su amigo cuando éste intentaba indagar en su entorno.
– No es que me “interese” a manera de chisme… – respondió al fin, con tono apenado – si no que me gustaría saberlo por ti.
– ¿Por mí? No te entiendo…
– Lo que quiero decir es… – dio un suave suspiro antes de proseguir – que me gustaría saberlo para ayudarte. Para aliviar tú carga. Eres mi amigo y me preocupa, me entristece, que estés mal. Tus ojos me dicen que no has liberado ese peso y que todavía te daña. Si necesitas liberarlo, soltar todo aquello que te aflige, cuenta conmigo. Ahora… si no quieres hacerlo, respeto eso.
Kay sonrió tristemente, mientras extendía una mano hacia la cabeza de su amigo, acariciándole los cabellos.
– Tienes razón… a veces es bueno confiar en los amigos y soltar lo que uno lleva adentro.
Andrea entendió la directa, aún cuando Kay se lo dijese sin intención alguna- ¿Con qué derecho podía decirle eso a su amigo si él mismo se ha negado a entregarse ante su sincero apoyo?
– Lo siento – le dijo agachando la cabeza, avergonzado – No soy yo quien debería decirte esto.
– No te inquietes, Andrea. Agradezco tu preocupación – sus dedos rozaron la mejilla, mientras sonreía y se acomodaba otra vez contra el tronco, dando un suspiro. Sonrió: – Cursaba 4º medio – agregó con voz calmada –. Como yo cumplía edad a mediados de año, tenía algunas dificultades con respecto a eso, al quedar en desigualdad con mis compañeros de clase, y me daba la impresión de que estaba atrasado. Pero cuando cumplí la mayoría de edad a mediados de ese año, me sentí superior; y para lucirme le pedí a mi padre que me pagara un curso de conducir. Al poco tiempo obtuve la licencia y como recompensa por mis buenas calificaciones mi madre me regaló un automóvil. ¡Imagínate cómo me sentía yo arriba de ese poderoso carro!
>Era la envidia de mi clase y eso me alimentaba el estúpido orgullo, del cual siempre alardeamos cuando somos unos adolescentes inmaduros.
Se detuvo para tomar un poco de aire, mientras alzaba los ojos hacia el cielo, en busca de un relajo como si hubiese estado leyendo un documento muy pesado. Prosiguió:
– Desafortunadamente, mis buenas calificaciones no iban a la par con mi inmadura conducta, por lo cual estaba en la lista negra de los alumnos problemáticos, y esa irresponsabilidad me seguía fuera de clases.
>Un día, mi hermana mayor me pidió de favor que la llevara, a mi madre y a ella, a una reunión de un club social. Por supuesto que no me negué, pero como yo tenía una fiesta ese mismo día, les comenté que podría llevarlas y pasarlas a buscar después del festejo, y ellas accedieron sin ningún problema. Cuando regresé por ellas en la madrugada, me encontraba con algunas copas encima, no mucho, lo habitual que tomaba cada vez que salía en auto. Jamás me emborrachaba, solamente tomaba unos pocos vasos, sin exceder mi limite de tolerancia. Nunca había tenido problemas en el manejo… hasta ese día.

Mi hermana había notado, por mi aliento, que había estado bebiendo y no tardó en regañarme por ello, pero le insistí que no estaba borracho, ni siquiera entonadito; que podía caminar sin tambalearme y mi lenguaje era fluido. Pero mi hermana seguía enfadada, a pesar de que mi madre me defendía diciéndole que no me escuchaba “mareado”. Y sin discutir más, encendí el auto.
> Todo parecía normal: iba a buena velocidad y veía bien. A esas horas, la carretera estaba despejada y no había neblina; una noche ideal para manejar sin preocupaciones. Sin embargo, por muy lúcido que pensé que estaba, por muy ágil que podría ser, mis reflejos no respondieron adecuadamente cuando se me adelantó velozmente una camioneta azul, sin señalizar y de la cual no me había percatado. La colisión fue irrefrenable, y tan sorpresiva, que el bus de pasajeros que venía detrás de nosotros, chocó irremediablemente conmigo quedando incrustado en el chasis del vehículo. Después de eso… todo se volvió negro.
– ¿Un… choque triple? – preguntó Andrea, notoriamente afectado por el relato.
– Así es… y todo por un imbécil que se cruzó a exceso de velocidad sin señalizar y un idiota que confundió el freno con el acelerador por culpa de unas pocas copas de más. Cuando me di cuenta del error, intenté esquivar la camioneta, pero no resultó.
> Fuimos ingresados de urgencia al hospital. Recuerdo que yo tenía el cuello afirmado con algo que me ahogaba, con algo punzante y doloroso incrustado en mi hombro, mientras me bajaban de la ambulancia, preguntando por mi madre y mi hermana. No tuve respuesta… o no recuerdo haberla tenido. Tuve una fractura expuesta en mi brazo izquierdo y una dislocación en el hombro y en el cuello. Fui el único que salió así de “ileso”. Mi hermana había quedado atrapada, junto a mi madre, entre los fierros de la parte trasera a causa del impacto del bus, siendo necesaria la intervención de bomberos para rescatarla. A causa de esto, resultó con una pierna partida y una cadera fracturada que le obligó a entrar a pabellón: una cirugía que la dejó en reposo por más de un mes. Y mi madre… – se detuvo. Llegado a ese punto de la historia su voz había estado serena, pero ahora necesitaba un poco de aire para poder continuar y no delatar la debilidad que le embargaba al recordar todo aquello – Mi madre… fue la que recibió todo el impacto de la colisión y murió mientras era trasladada al hospital. Jamás supe los detalles de su estado. Nunca quisieron decírmelo. Creyeron que era mejor así, pero… eso sólo me hacía sentir más culpable.
El joven hizo una pausa para tomar aire nuevamente, pero no continuó el relato. Tenía la cabeza gacha, ocultando su tristeza tras su cabello, en silencio. Andrea quiso abrazarlo, conteniéndose bruscamente. Sentía el dolor de su amigo y se regañaba a sí mismo por no saber que hacer para consolarle; por haber sido el culpable de hacerle recordar aquello tan doloroso. Aún así, se le acercó y apoyó la cabeza sobre su hombro, mientras su mano buscaba la de él para apretarla con suavidad.
– Kay… – susurró – Fue un accidente.
– Mi hermana no opina eso – respondió, abatido – Me culpó de todo, diciéndome cosas que jamás creí que ella, a la cual quiero como mi segunda madre, me diría. Me sentí tan culpable, tan mal ante esa situación, siendo el responsable del dolor más profundo que podía sentir mi familia y a la vez, la desgracia de dejar a mi hermana imposibilitada en una silla de ruedas mientras yo salía de pie e ileso, sin secuelas, del hospital, que quise acabar con mi vida – su voz se quebró suavemente, a la vez que sujetaba con más fuerza la mano de su amigo –. Me sentía mal, muy mal; con mucho dolor en mi alma. No tenía el valor de mirarles a la cara cada día. Todo eso era un infierno para mí. Perdí el año escolar, y el apoyo y el cariño de mi hermana mayor. ¿Qué más podría hacer? No pensé en nada… ni en nadie. Sólo quería borrar la pena. Dormir y olvidar todo.
> Quise ahorcarme. Estaba solo. Tomé un cinturón grueso de mi padre y lo amarré en el extremo de la terraza. Era cuestión de botar la escalera y listo… pero mi padre me descubrió en el instante que recién colgaba y todavía respiraba. Para mi suerte, se había devuelto a buscar unos papeles de la empresa que olvidó. De no ser por esos papeles, él no me habría salvado.
> Luego de mi recuperación en el hospital, mi padre me dijo:
– ¡No te culpes, hijo mío! – recordaba Kay el rostro desesperado de su padre – ¡Ya perdí a tu madre! ¡No quiero perderte a ti también! Ustedes son lo único que me queda… por favor, ¡sal adelante! Aún eres joven…
> Y después de ese triste abrazo y esa lágrimas desesperadas comprendí que rendirme en mi dolor, pensando sólo en mi desgracia, estaba ignorando egoístamente el dolor de los demás, que era mucho más fuerte que el mío… y que realmente se interesaban por mí.
> Gracias a ellos, a él, estoy aquí. Sin su apoyo y su cariño no estaría disfrutando de las cosas buenas; de las travesuras de mi hermana menor, que nunca me dio la espalda… ni de los intentos por reconquistar a mi hermana mayor. Realmente agradezco a Dios el hecho de poner a mi padre en ese momento allí.
> Y si me hubiese muerto… no te habría conocido – concluyó en un suave susurro, mientras movía su cabeza para acomodarla sobre la de Andrea, que aún seguía apoyado en su hombro.
“Si hubieses muerto… yo también estaría muerto”.
Andrea no dijo nada. Siguió tan silencioso como en el principio del relato, aguantándose la angustia. ¿Es por esa razón que siempre le decía que lo comprendía? De pronto, recordó aquella vez cuando Kay intentó persuadirlo para que confesara el motivo que le llevó a tirarse desde la azotea, con el argumento de la familia, y cómo él, tan arisco entonces, esquivara la respuesta.
¡Qué mal se sentía ahora!
Kay sintió la incomodidad de su amigo y suavemente se separó de él, con una pequeña sonrisa:
– Perdón – le dijo – no quería incomodarte con esto. Sé que él suicidio es un tema delicado para ti.
– No me has incomodado, Kay, para nada. Al contrario, agradezco la confianza que has depositado en mí – decía con una sutil sonrisa, que intentaba esconder la tristeza que había aparecido en su interior – Pero… ojala yo tuviera tu fuerza para soportar eso – susurró agachando la cabeza y buscando la mano que hace poco tenía aferrada – A veces me siento perdido y ni siquiera tengo el apoyo de mi familia para superarlo.
Y aferró la mano de Kay fuertemente entre las suyas.
– ¿Tan delicado es tu problema? – decía, acariciándole las manos – ¿Qué es lo que te hace sufrir?
Andrea le miró, con sus ojos vidriosos y la indecisión en su rostro. Quería decirle; quería confesarle todo… pero eran tantas cosas, tantas tristezas y recuerdos dolorosos, que el temor lo detenía abruptamente. Solamente respondió con una silenciosa vergüenza, corriendo su mirada con angustia.
– ¿Andrea?
– Mi padre me odia. Le doy asco – respondió con voz débil – Y el motivo es tan delicado… que temo… que tú también me odies.
– ¿Acaso es por aquello que insinuaste el otro día y cuyo tema esquivaste? – se atrevió a preguntar Kay, mirándole atentamente.
Andrea volteó a mirarle, pálido y tembloroso. De pronto, había sentido su estómago indispuesto y las ganas de huir le apremiaban otra vez; sin embargo, se quedó inmóvil, sin saber que decir.
– Bueno… eso… – sintió que si intentaba hablar, los nervios le traicionarían otra vez. Solamente decidió agachar la cabeza en silencio, en espera de cualquier cosa.
Estaba acorralado.
Kay sintió la angustia de su amigo y prefirió desistir. Sabía que Andrea era muy nervioso y quizás, presionarlo en esos momentos, sería un error. Así que, de manera muy cálida, le tomó el mentón para mirarle con una tierna sonrisa, mientras su otra mano se liberaba de la prisión en la que estaba, para acariciarle el cabello con sutileza.
– Nada es tan malo para que te odie – le dijo – Sé fuerte y dime.
Andrea sintió que se quebraría en pedazos si seguía así. La calidez de Kay sólo le lastimaba más, y al mismo tiempo le hacía tener una pequeña esperanza de desahogo.
– ¡No puedo aún! – dijo aferrándose a esas cálidas manos, tratando de relajarse – ¡Perdóname! Si fuese fuerte como tú… o si tuviera de donde sacar esa fuerza, tal vez podría decirte todo esto sin miedo.
– Entonces… si no puedo servirte de desahogo, por lo menos déjame ser tu fuerza – Andrea levantó la mirada, levemente ruborizado. Kay sonrió: – Deja darte eso que te falta. Si mi fuerza impide que arriesgues tu vida, te la doy.
– Kay… no me tengas lástima.
– No es lástima, amigo mío. Es… cariño.
Andrea sonrió con tristeza, mientras besaba una de sus manos.
–… Me conformo sólo con eso – susurró por lo bajo, para sí.
“Qué sea importante para ti, aunque sólo sea por amistad”.
– ¿Qué quisiste decir?
– Olvídalo – sonrió tristemente, soltando sus manos y alejándose con suavidad, pero Kay le había cogido del brazo, acercándolo de un tirón – ¿Kay? ¿Pero qué…?
Lo había abrazado.
– Eres muy importante – le susurró – Si hubiese un motivo por el cual tendría que mantenerme vivo… sería por ti.
– Kay… – y cerró sus ojos, sin tocarle o moverse, para disfrutar de ese pequeño momento. De ese inofensivo abrazo que le dolía, pero que le hacía sentirse vivo.
– Así que trata de mantenerte vivo para mí.
– ¿No crees que suena egoísta?
–… Lo siento – dijo alejándose – No quise molestarte.
Andrea sonrió.
– No me molestas. Con lo que me acabas de decir, me estás dando motivos suficientes para querer vivir.
Y si no le acarició el rostro, o lo abrazó, fue porque el timbre había sonado y el patio se estaba llenando de alumnos y profesores.
– Necesitamos aclararnos mutuamente – sonrió, Kay – Hablar sin prejuicios y así soltar tu pena.
– Lo haré. Te prometo que lo haré… con tiempo.
– Te esperaré todo el tiempo que quieras.

– Habitación de Kay (días después):

– ¡Van a venir! – exclamó Kay a través de su móvil – ¡Esperaba que no lo hicieran!
– ¡Qué hijo tan considerado! – se oyó desde el otro lado – ¡Yo también quiero verte! – reclamó su padre, sarcásticamente.
– No te lo tomes a mal, papá. Era una broma. Lo que pasa es que pensé que no vendrías. Cómo estabas delicado…
– Para tu mala suerte, estoy bien – le interrumpió con tono animado – Victoria quiere ir. Dice que quiere conocer a tus amigos.
Kay dio un suspiro de paciencia, mientras se sentaba en su cama con aire resignado.
– De acuerdo, entonces. Los esperaré… pero me tienen que traer algo rico. Me lo merezco.
– Lo pensaré – y colgó.
Kay se estiró un su cama, lanzando su celular hacia un costado, con aire desilusionado. Esperaba que no vinieran. Quería una buena excusa para estar a solas con Andrea y, si todo salía bien, pasar la noche con él. Sabía de antemano, que si su familia venía, el joven se sentiría incómodo y se iría a encerrar en su pieza; además, su familia no era de aquellos que se van a primera hora, aún si lo están pasando mal.
¿Qué podría hacer?
Se puso a pensar en ello; en idear un plan para despachar rápidamente a su familia y una manera sutil para declararse a Andrea, cuando otro pensamiento irrumpió en su mente: la plática de aquel día; tan fresca y detallada como si sólo hubiese sido ayer.
“Tal vez lo malinterpreté. Pero si dijo eso y se puso nervioso…”; suspiró. “Si ya me dijo eso, ¿por qué me esquiva el tema? ¿Acaso es por eso que su padre “le tiene asco? ¿Es eso lo que teme contarme?”.
“No. Algo me dice que el asunto es mucho más grave para que se sienta así”.
“Y yo no me atrevo a preguntarle directamente”
Repentinamente, otra idea cruzó por su cabeza. Una idea que no se había planteado hasta ese momento y que de pronto se le presentaba como una opción angustiante y casi dolorosa. De un golpe se sentó en la cama, con la idea revoloteando en su cabeza.
¿Y si Andrea le rechazaba? O lo que era peor… ¿Si la persona que espera a que se le declare, ya lo hizo? No tenía certeza alguna de que le fuera a corresponder, por mucho que le insinuara que le gustara un hombre. ¿Y si no era un hombre? Había dicho que era “alguien de este instituto”, pero pasó por alto que en ese recinto los profesores y auxiliares eran mixtos.
Ahora sí que se encontraba en una disyuntiva. ¿Qué pasaría si se declaraba y resultase que Andrea es heterosexual? Estaba ensimismado en ello, cuando apareció Lyo, entrando de golpe, cabizbajo y silencioso. Kay le miró entre sorprendido y extrañado.
– ¿Qué pasó?
–… Katty terminó conmigo – respondió, sentándose a su lado con pesadumbres – Tuvimos otra discusión y terminó por mandarme al carajo. ¿Y tú? ¿Cómo vas con Andrea?
– Igual.
Y ambos bajaron la cabeza, con el pesar a cuestas.
– Perdona que te incomode con esto ahora, pero… – agregó de pronto Kay, recordando su dilema.
– ¿Qué ocurre? Dime que te aflige.
– Pero tú…
– Ah, ¿Katherine? No te preocupes; no es primera vez que terminamos.
– ¿Eh? Pero…
– Aunque esté acostumbrado, igual duele que te pateen el trasero. Pero te dije que no te preocuparas. Adelante. ¿Quieres decirme algo sobre Andrea?
– Bueno… más que de Andrea, es una duda que me acabo de plantear… verás…

– Habitación Andrea:

Se encontraba mirándose al espejo detenidamente, con las cortinas corridas y a media luz. Lentamente se desabotonó la camisa y la dejó deslizarse sobre sus brazos, para repasar su cuerpo con los dedos a medida que iba girando y descubriendo su magullada espalda. Allí estaban su cicatrices, tan nítidas y vívidas como si estuviesen aún frescas, a pesar de haber transcurrido dos años desde entonces. Suspiró, mientras intentaba acariciarlas con los dedos.
– Manchado y marcado – susurró – Este cuerpo jamás lo querría Kay.
“Manchado y marcado”, se escuchó a sus espaldas, “Ese cuerpo jamás lo querría alguien”.
Andrea se angustió y abrazó ese cuerpo semidesnudo, lentamente, agachando la cabeza y cerrando los ojos. Eindrea lo abrazó también, apareciendo desde las sombras.
– ¿Quién eres? – preguntó Andrea – ¿Por qué me atormentas?
“¿No lo sabes? Pero si fue tu deseo. Yo soy tú, Andrea. Tú eres el impostor que ocupó mi cuerpo… ¿Lo olvidaste?”
Al oír aquello, Andrea rememoró esas gruesas palabras que le azotaban con dolor, mientras él se aferraba a la alfombra de su dormitorio, agotado y envuelto en lágrimas.
<< ¡Tú no eres mi hijo! ¡Eres un extraño que lo usurpó! ¡¡Tú no eres mi hijo!!>>
– ¡No! – chilló Andrea, colocando sus manos alrededor de sus oídos – ¡No quiero recordar eso! ¡No quiero oírlo más!
“Pero es verdad. Recuerda que papá…”
– ¡Calla y vete! ¡Tú no eres nadie! ¡Nadie! ¡No existes!
Repentinamente, y a la par con los gritos de Andrea, el espejo se trizó de un golpe, haciendo que Eindrea cayera de rodillas, ahogado y confundido. Miró a Andrea, que estaba en la misma condición que él.
– ¡Vete! – insistió Andrea y el fantasma se alejó, esfumándose de inmediato, enfurecido y dolido. Ya a solas, el joven recuperó el aliento, mientras se le escapaban algunas lágrimas – Ya no te necesito más, Eindrea… quiero empezar de cero. Ya no te escucharé más. Quiero vivir tranquilo – sus lágrimas aumentaban – Quiero ser feliz una vez en mi vida. Quiero sentirme un humano normal y no una escoria extraña que nadie quiere. ¡Quiero ser aceptado! ¡Quiero ser feliz con Kay! ¡¿Es tan malo ser homosexual?!
– Papá… – musitó envuelto por el llanto – sigo siendo tu hijo… por favor… mírame… otra vez…
Y lloró, acurrucado a un costado del tocador, abrazado a sí mismo, tanteando sus tristes cicatrices.

– Habitación Kay:

Lyo se había echado a reír, tirado de espaldas a la cama, mientras Kay le miraba serio y enojado. No esperaba esa actitud de su amigo, sino algo de apoyo.
– Ya veo… – suspiró tratando de recuperar el aire – Así que Andrea te insinuó que le gustan los hombres, pero tu mente creó una hipótesis digna de un oscar.
– Perdóname por tener mis dudas, ¿ya?… Pero ponte en mi lugar. Aunque en el fondo, creo que no malinterpreté sus palabras.
– Yo también creo que tienes razón, pero no creo que sea solamente eso lo que le avergüenza comentarte – decía mientras recordaba el video – Tal vez haya algo más grande.
– Sí, puede ser – respondió pensativo – Pero no me atrevo a preguntarle directamente. Temo que pueda reaccionar mal.
– Es verdad. Su estado de ánimo es… particular. Pero lo que ahora te afligía era saber si Andrea era gay o no, ¿verdad? ¿Es eso tan importante?
– En realidad, no me molesta. No soy prejuicioso… aunque ahora mismo el prejuicio no vendría de mí. Me gusta Andrea y eso también me hace homosexual, aunque en un principio siempre me había sentido atraído por mujeres. Creo que esta situación me hace bisexual. ¡Qué lío, Lyo! – se rió ante lo extraño que sonaba esa frase – Pero si es así y Andrea es gay, me facilitaría la tarea de declararme… no sé si me hago entender. Suelo enredarme con las explicaciones.
– Creo que te comprendo. Si a él le gustan los hombres, no te mirara tan raro si le dices lo que sientes, ¿cierto? Y por lo menos, si te rechaza, no te mirará con asco, ¿es eso?
– Sí… algo así.
Lyo dio un suspiro, mientras se acomodaba en la cama y se sacaba los lentes.
– Mira. Yo creo que Andrea está en esa situación, no tú. Si él es gay, debe sentirse muy mal al verse atraído por alguien que es hetero. Recuerda que Andrea cree que tú eres heterosexual, por mucho que le tires indirectas y yo sepa que eres “medio bi”.
– Sí sé que mi situación es extraña. Además no sé si él esté…
– ¿Enamorado de ti? – hizo un extraño sonido de boca mientras alzaba la mano de manera despreocupada – ¡Mucho! Y se le nota, amigo mío. No dudes y díselo. Ya has tardado demasiado. Ambos están confundidos y estresados con el tema, sobre todo Andrea. ¡Se necesitan! Lo noto. ¡Ve y dile que te gusta antes de que te arrepientas!
– ¡Pero no es fácil!… ¡Entiéndeme! – suspiró – De todas formas debo aclarar esto…
– Yo que tú, lo aclaro con un beso y punto – añadió, guiñándole un ojo a modo de broma, notando como se sonrojaba en el acto – No esperes más. Aprovecha la fiesta.
Kay le miró con expresión cansada, mientras le sonreía un poco avergonzado. Sabía que su amigo tenía toda la razón. Sólo debía actuar… aunque le costase.
– Ahora… – sonrió Lyo – ¿Podrías darme un consejo para que Katty me acepte otra vez?

– Patio General, sábado. 20:30 hrs.

Música, ruido, risas y comida. El ambiente perfecto para armonizar la reunión familiar y disfrutar una larga noche. La jornada había comenzado después del medio día, con actividades variadas, charlas y mini eventos, sumado de concursos y vergüenzas públicas, para finalmente comenzar la fiesta, un cocktail al aire libre, con música en vivo y un espacio en el gimnasio para el gran baile nocturno. Todo un espectáculo para que los alumnos compartieran con sus familiares y amigos.
Un espectáculo… que Kay pasaba desapercibido. Se encontraba cansado. Su padre había entablado amistad con la mayoría de sus profesores, mientras su hermana menor sacaba fotos por doquier, sin prestar atención a todos aquellos jóvenes que la invitaban a bailar, sin resultado.
Estaba cansado y quería ver a Andrea, quien se había desaparecido en la tarde sin aviso, para ir a encerrarse en su habitación.
“Disfruta con tu familia”, le había dicho, “A ellos no los ves nunca. No te preocupes tanto por mí. Estoy bien”.
Pero al tratar de detenerle, su padre le interrumpía con una charla aburrida de empresarios y colegas, mientras le invitaba a participar de esta junto a su profesor jefe.
“Las ventajas y desventajas de estar en un internado de ricachones”.
– ¡Kaycito! – se oyó de pronto la voz de hermana Victoria, que venía desde el fondo – ¡Una foto!
– ¿Otra más? Hoy estás demasiado aireada.
Victoria se le acercó con una extraña sonrisa de hermandad, mientras le pellizcaba el brazo:
– Tus compañeros me cortejan – le susurró entre dientes, sin desarmar su amigable sonrisa – No me interesa bailar con nadie de aquí. Sabes cómo soy yo. Y si hago que estoy ocupada en algo, ellos no se acercan tanto.
– Entonces, ¿para qué viniste?
– Porque quería verte. Hace tiempo que no te veía. Además quería conocer a tus amigos… no a tus compañeros de clase. Ya que hablas tanto de ellos, pensé que serían interesantes, pero no me has presentado a ninguno. Ni siquiera a ese que tiene nombre de mina.
– ¿Nombre de mujer? ¿Te refieres a Andrea?
– Sí, a ese.
– ¿Y por qué quieres conocer a Andrea?
– Porque, al hablar tanto de él, pensé que sería interesante conocerle.
Kay enrojeció sin remedio, ante esa observación de su hermana.
– ¿Hablo… mucho de Andrea?
Victoria dibujó una pícara sonrisa en su pálido rostro antes de responder.
– Tanto, que casi creo que es tu pololo.
Kay tuvo que desviar la mirada rápidamente para no delatarse, mientras abría una lata de cerveza (la octava de la noche) y se la llevaba de un sorbo a la boca. Victoria se río.
– Creo que han pasado muchas cosas aquí adentro, ¿no? – comentó sentándose encima de la mesa – No eres el Kay de siempre. Ni siquiera hiciste el esfuerzo de invitar a una amiga para aparentar que tenías novia, como lo hubieses hecho antes.
– Eso era antes. Las personas cambian.
– Veo que mi querido hermano está madurando. – se burló lanzándole un beso.
– Victoria – sonrió el joven.
– A propósito… ¿Qué pasó con Valeria? ¿No hay manera de que vuelvan?
– ¿A qué viene eso? Terminamos y punto. No necesito hablar de ella ahora.
– Lo que sucede, es que fue a la casa a preguntar por ti. Estaba tan acostumbrada de que la llamaras y trataras de reconciliarte, que el hecho de ignorarla por más de seis meses le preocupó. Yo también creí, que intentarías volver con ella.
– Debe sentirse sola y busca su antiguo juguete, eso es todo. Es verdad que terminábamos y yo le rogaba para volver… pero me aburrí de su juego. Comprendí que era de esas chicas que buscan llamar la atención para subir su ego – suspiró antes de tomar otro sorbo de cerveza y proseguir –. De todas formas, no estaba enamorado de ella. Sólo estaba embobado por su atractivo. Es mejor así.
– Vaya, vaya – sonrió, Victoria – Me alegro que pienses así. ¿Eso significa que ya no es el Kay que elige a sus compañeras por apariencia?
– Puede ser – sonrió también, apoyándose en la mesa.
– ¡Oh! – exclamó sobreactuada, para molestarlo – ¿Entonces alguien podría, por fin, enamorarte; tú, el chico anti-romanticismo?
– Tal vez – y su sonrisa se volvió, sospechosamente, cálida.
Por supuesto que este leve gesto no pasó desapercibido por su intuitiva hermana.
– ¡Kay! – chilló entusiasmada – ¿No me digas que tienes novia y no me has contado?
– ¡No! ¿Cómo crees? Todavía no.
– ¿Todavía no? – cada vez parecía entusiasmarse más – ¿Eso quiere decir que te gusta alguien?
– Quizás.
– ¡¿Quizás?! – y lanzó una peculiar exclamación, mirando el cielo.
Kay se incomodó por algunos segundos, al notar que su hermana podría sacarle fácilmente información al respecto, y no deseaba alborotar a su familia… tan pronto. Él, quien había sido conocido por sus novias guapas, no le verían de buenas a primeras con un chico, que le había movido el piso como nadie lo había hecho, y con quien soñaba y anhelaba cada día.
No le importaba lo que opinaran. Pero aún era complicado salir del clóset.
– ¡Ya, dime todo! – seguía entusiasmada su hermana – Sigue bebiendo, a pesar de ya estar un poco pasado, y cuéntamelo todo. Dónde, cómo y cuando la conociste; si es bonita e inteligente… sobre todo inteligente. ¿Qué fue lo primero que te gustó al verle? ¡Ya, suelta!
– ¡Cálmate un poco! – rió Kay – primero: no estoy pasado de bebida; segundo: no puedo responder tantas cosas a la vez; y tercero: sólo te responderé que fue lo que me gustó cuando le vi por primera vez.
– ¿Qué? ¡Dime!
– Sus hermosos, distantes, y grandes ojos azules – respondió con voz cálida.
– ¿De qué hablan? – se acercó de pronto el padre, que por fin estaba libre de profesores y apoderados negociantes.
– De que tal vez, Kay tendrá novia.
– ¿Novia? ¿Cómo es eso? – preguntó mientras se acercaba a su hijo para darle una palmadita en el hombro.

- Yo no he dicho que tendré “novia” – comentó un poco avergonzado – Victoria está sacando conclusiones sola.
– Pero reconoce que te gusta alguien.
– Bueno… eso… – calló, cuando su vista se topó con una silueta familiar mientras miraba hacia el fondo. Era Andrea, quien se encontraba apoyado en uno de los pilares del pasillo, mirándole con aire avergonzado. Al verse descubierto, trató de huir, pero Kay ya había ido en su búsqueda.
– Hermano, ¿a dónde vas?
No dijo nada. A paso rápido se acercó a su amigo para detenerlo del brazo y evitar que huyera.
– Perdona… No quería interrumpirte – dijo Andrea, sin mirarle.
– ¿Qué haces aquí? Creí que no te gustaban estas reuniones.
– No me gustan… pero estaba aburrido en mi cuarto y bueno… pensé… – corrió la mirada un poco sonrosado – qué tal vez… tu familia ya se había ido y bueno…
– ¿Andrea?
– ¡Pero no te preocupes! – le sonrió – No quise molestarte. Yo volveré a mi habitación.
Pero Kay aún no le soltaba del brazo. No tenía intenciones de dejarle ir.
– ¿Kay?
– Yo no he dicho que me molestas – le sonrió, tirándole suavemente del brazo para acercarlo hacia su familia – Y ya que estás aburrido, acompáñame.
– Pero… – trataba de resistirse, pero Kay tenía mucha más fuerza que él – Es tú familia. Ve tú.
– No quiero… porque quiero que seas parte de mi familia – respondió sin mirarle.
Andrea se ruborizó hasta las orejas y con pena agachó la cabeza cuando ya estaban cerca. Sintió cómo Kay le abrazaba y le atraía por los hombros, presentándolo como su “mejor amigo”. Victoria sonrió.
– ¡Así que este es Andrea!
– Mucho… gusto – respondió con aire casi tímido, tratando de no mirarles directamente. Temía verse ridículo si se notaba el rubor de sus mejillas.
– ¡Vaya que jovencito más guapo! – sonrió el padre – Me imagino que debes tener muchas pretendientes.
– No tanto – respondió Andrea con una amigable sonrisa, pues no quería quedar mal delante del padre de Kay – Además, no soy bueno con esas cosas. No creo que alguien se vaya a sentir atraído por mí.
– ¿Por qué no? – preguntó Victoria – Eres muy guapo. Tanto, que me atrevo a decir que eres capaz de atraer a hombres y mujeres por igual… ¿O no, Kay?
Andrea se puso nervioso ante esa observación y trató de buscar apoyo en su amigo, pero éste se encontraba tan contrariado como él.
– ¿Y por qué me lo preguntas a mi? – preguntó nervioso. Por culpa del exceso de bebida, sus emociones estaban a flor de piel.
– Porque eres su mejor amigo, ¿no? – sonrió con picardía – ¿Qué otro motivo puede haber?
El padre soltó una fuerte carcajada, mientras Kay intentaba serenarse y no delatarse más allá. Andrea se disculpó, para poder huir de ahí.
– No fue mi intención hacerte sentir mal, jovencito – le dijo el padre de Kay – estamos subidos de bebidas. No te molestes con nosotros.
– No es eso, señor – sonrió Andrea, con un dejo de tristeza – Pero no me he sentido muy bien este día.
– Ahora que lo mencionas… no te habíamos visto en la tarde. Pero quédate un rato más – insistía, tomándole por los hombros – Charlemos. Quiero saber todo del muchacho del cual Kay habla cada vez que puede.
– ¿Kay… habla de mi? – preguntó ruborizado.
– ¡Hasta por los codos! – sonrió Victoria.
Y así fue como le convencieron a que se quedara, a pesar de que se sentía nervioso y Kay trataba de ocultar su vergüenza ante la actitud relajada de su familia. No obstante, la charla estuvo amena y Andrea compartió de buen agrado con cada uno de ellos, disfrutando y riendo como hace mucho no lo hacía. Ante esto, Kay dio un suspiro de satisfacción. Después de todo, no había sido una mala idea.
– Fue un gusto, Andrea – se despidió el padre tendiéndole la mano – Espero que alguna vez vayas de visita a nuestra casa. Te esperaremos con los brazos abiertos.
– Se lo agradezco – sonrió el joven – Será un placer.
Victoria se acerco para despedirse, con un beso en la cara, de su hermano y de Andrea, a quien le sonreía de manera pícara y casi infantil.
– Lástima que tengamos que irnos tan pronto, pero mi papá aún está delicado de salud.
– Entiendo.
– ¿Y sabes? – le dijo, mirando a Kay de reojo – Tienes unos hermosos ojos azules.
Y le guiñó un ojo a su hermano, sonriente, antes de desaparecer por el pasillo, del brazo de su padre, gozosa como un niño que cumplía con una maldad. Kay, ante esa observación, sintió un extraño nudo en el estómago. ¿Acaso se habría dado cuenta?
Jamás se debe subestimar la intuición de una mujer.
Andrea, en tanto, le miraba confundido, tratando de entender la palidez de su amigo.
– ¿Sucede algo?
– Nada… creo que la cerveza, los martinis, el vodka negro y el ron con cola, se me acaban de revolver en el estómago.
– Eso te pasa por beber tanto – le regañó, empezando a caminar.
– Es que necesitaba algo de alcohol en la sangre – respondió siguiéndolo.
– ¿Por qué?
Kay le miró por sobre el hombro, apenado. No respondió.
– ¿Vamos un rato a la fiesta? Todavía es temprano.
Andrea advirtió el notorio cambio de tema, pero no se lo hizo notar. Se sentía un poco cansado.
– Son las 23:30… tarde para mí.
– Pero para mí no – y lo jaló del brazo para llevárselo de ahí.
– ¡Kay!… ¿qué sucede contigo?
– Te quiero conmigo. No quiero estar solo.
– ¿Solo? Pero si acaba de irse tu familia. Podrías haberles pedido que se quedaran un poco más.
– No es su compañía la que deseo en estos momentos. Quiero estar a solas contigo.
Andrea se detuvo de golpe, soltándose.
– ¿Quieres ser claro conmigo? Estás borracho y no sé que quieres de mí. ¿Necesitas hablar ahora?
– No quiero hablar de nada… sólo quiero estar contigo. Acompáñame – le pidió con una sutil sonrisa, mientras le ofrecía la mano.
Tímidamente, Andrea la aceptó y se dejó guiar en silencio hasta el patio trasero. Desde ahí, aún era posible escuchar la música proveniente del gimnasio y la algarabía del fondo. Allí, entre las raíces del viejo árbol, se encontraba una manta tendida en el suelo y una caja de cervezas, con algunas latas abiertas. Andrea se inquietó.
– ¿Y esto? – preguntó con desconfianza.
– Nada. Cómo me dejaste solo en la tarde y mi familia andaba en sus propios asuntos, me vine a beber acá un rato. En realidad deseaba estar contigo aquí; que compartiéramos nosotros dos… pero cómo te vi tan incómodo, no insistí – sonrió mientras se sentaba – Pero… al verte espiándome, me alegre.
Andrea se ruborizó.
– ¡No te espiaba! Sólo… quería saber sí…
– Pero lo pasaste bien, ¿no?
– Sí – respondió con una dulce sonrisa, mientras se sentaba a su lado – Tu familia es muy simpática.
– Más que simpática diría que es especial – comentó, ofreciéndole una lata de cerveza – ¿Quieres?
– ¿Vas a seguir bebiendo?
– Sí, ¿algún problema?
Andrea se desconcertó, tanto por el tono de voz como por la actitud de su amigo. No conocía esa faceta de él.
– Te desconozco. No sé que sucede contigo. ¿Estás enfadado?
– Más que enfadado… estoy sentido conmigo mismo… porque soy un cobarde – decía sin pensar. El alcohol le estaba traicionando y ya no podría parar.
– ¿Y por qué dices que eres un cobarde?
– Porque tenía planeada una velada para los dos… porque quería preguntarte algunas cosas y solamente me avergoncé. Eso es todo.
– ¿Es por aquella vez, cierto? – dijo, malinterpretando las intenciones de su amigo – ¿Tanto te intriga lo de aquella vez?
– En realidad… me da lo mismo a estas alturas, Andrea – respondió luego de otro sorbo de cerveza. Cuando empezaba a tomar, no había forma de controlarse cuando se sentía abatido. Por eso, siempre trataba de no hacerlo cuando su estado de ánimo no era del todo bueno.
Quería decirle tantas cosas; besarle y abrazarle… pero en ese estado lamentable no le apetecía. Estaba borracho; pero todavía se mantenía lúcido en sus acciones, aunque sus palabras fluyeran sin control.
– ¿A que te refieres con eso? – preguntó, más desconcertado que al principio.
– Andrea… a mi no me importa como seas. Yo te quiero igual – y de inmediato, corrió la cara, apenado. El alcohol le había jugado su primera pasada.
Andrea le miró angustiado y confundido. No sabía si Kay se refería a “eso” o a otra cosa. Entendía que su amigo estaba borracho y que no se podía confiar de todo lo que saliera de su boca en esos momentos. Pero, para probar, se atrevió a responderle con aquello que le podría jugar en contra:
– ¿Lo sabías? – preguntó con miedo, refiriéndose a su condición.
– No es que lo supiera – respondió, lanzando la lata de cerveza lejos –… lo sospechaba por lo que me dijiste el otro día. Necesitaba que me lo confirmaras.
Fue entonces, con esa fría respuesta influenciada por el alcohol, que sintió que el piso se le derrumbaba a pedazos.
– Entonces… – murmuró con debilidad – ¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Ale…jarme? – intentaba que su voz sonara lo más firme posible, pero la situación le tenía desarmado.
Kay le miró desconcertado. Notó el temor de su amigo y advirtió su error al decirle aquellas palabras de manera tan brusca. Quería decirle “declararme”, pero su estado le jugaría en contra y más que tranquilizar a su amigo, le espantaría. Temía abrir la boca y empeorar la situación.
– Sabes que jamás te alejaría – respondió al fin, con un tono más cálido.
Andrea sonrió, con tristeza. Por lo menos eso era menos doloroso que el rechazo.
– Me alegro – decía, intentando ocultar sus lágrimas – me conformo con eso – y se levantó.
– ¿Qué quieres decir con “me conformo”? – preguntó, a la vez que se levantaba casi a la par con él. Tenía la sensación de que no era primera vez que le escuchaba decir eso.
– No me mal interpretes – se apresuró a decir – Eres mi amigo y respeto eso – trataba de sonreír, aunque sus propias palabras le dañaran – Nunca te haría algo que te incomodase como la mayoría de la gente cree cuando se topan con “gente como yo”; que por ser así, prácticamente creen que nos lanzamos a todo lo que se cruce por delante cuando no es así – tragó saliva – Así, que yo…
– ¿Pero de qué estás hablando Andrea? – exclamó Kay, acercándosele – ¿Acaso no entiendes? No sólo te acepto porque eres mi amigo, sino porque a mi…
Y justo en esos momentos, apareció el grupo de Kay: borrachos, acompañados de algunas hermosas féminas de dudosa procedencia y que se habían infiltrado en la fiesta, gracias a unos contactos que hicieron algunos alumnos a escondidas.
Ante la interrupción, Kay dio un denso suspiro mirando hacia el costado, mientras Andrea pensaba en que hacer.
– ¡Hey, Kay, Andrea! – gritaron con entusiasmo – ¿No quieren venir? ¡Son gratis! – y las señoritas rieron a todo pulmón.
– ¡Después! – gritó Kay con una fingida sonrisa – ¡Convenzo a Andrea y vamos!
– ¡De acuerdo! – y se fueron por donde llegaron, riendo y diciendo bromas absurdas y fuera de contexto.
El joven miró a Kay, sorprendido por esa respuesta.
– ¿No querrás ir, verdad? – preguntó enojado.
– Por supuesto que no – le sonrió, para luego tomarle del brazo y acercarle de golpe. Al fondo, la música proveniente del gimnasio anunciaba un contagioso baile tropical.
– ¿Qué haces? – preguntó confundido.
Y de respuesta sólo recibió una suave carcajada, tan propia de los borrachos cuando encuentran todo divertido.
– ¿De qué te ríes? –, poco a poco Andrea iba perdiendo la paciencia.
– De tu cara, de tu actitud… de todo.
– ¿De mi actitud?
– Sip. Porque no querías decirme nada con respecto a ti, por miedo a que te rechazara. Tonto. Tal vez, por tu cobardía, estás alejando a la gente que te quiere y acepta cuál es.
– Quizás tengas razón – respondió cabizbajo – Pero debes entenderme… – notó que su amigo se alejaba para tomar otra lata y abrirla. De inmediato se la quitó: – ¡Ya has bebido mucho, Kay!
Y la lanzó lejos, enfadado y dolido.
– ¿Y qué? – decía mientras se le acercaba, con una tierna sonrisa.
– ¡Qué quisiera decirte tantas cosas ahora y estás borracho! ¡Tan borracho que te apuesto que mañana no recordarás nada de nuestra conversación!
– ¿Y eso importa? Yo ya dije lo que pensaba al respecto y sobrio no cambiaré de opinión aunque no lo recuerde – le respondió, posando una mano en su cintura y la otra sujetándole el brazo – Pero dime esas cosas en otro momento. Hoy quiero que nos olvidemos de todo eso… ¿bailamos?
Andrea se sorprendió ante esa petición y mucho más por el fuerte agarre de su cintura y el alegre balanceo que Kay empezara con él, tratando de llevar el ritmo tropical que aún sonaba en el aire. A pesar de la borrachera, llevaba el ritmo muy bien e intentaba, sin ningún problema, guiar a su amigo sin tropezarse. Andrea no tuvo otra opción que dejarse guiar.
– ¿Qué haces Kay? – chilló, entre nerviosas risas.
– Demostrarte que te acepto y que me da lo mismo lo que piense el resto.
No supo que decir al respecto y tampoco quiso detenerle. Esa ridícula situación le había relajado de cierta manera, y se aprovechaba un poco de ese tacto cercano, aunque fuera un baile de broma. Y entre vueltas y vueltas Kay se detuvo mareado, apoyándose en el hombro de su amigo para recuperar el aliento, mientras este le sujetaba por los costados, preocupado.
– ¿Estás bien?
La música había cambiado por una más relajada; una balada puesta a pedido de alguien, tal vez. Las luces del gimnasio bajaron, dejando con menor iluminación la parte trasera del patio, donde Andrea rogaba para que su amigo no le vomitara encima… y Kay pensaba en aprovecharse de esa situación.
Sin aviso alguno, pasó sus brazos alrededor de la cintura para abrazarle y apegarle más a él. Andrea dio un respingo, quedando inmóvil ante ese inesperado movimiento, sintiendo como su amigo comenzaba a llevar el ritmo de la balada y su corazón le golpeaba sin piedad el pecho, pidiendo un relajo.
Estaba totalmente en “jaque”.
– ¿Qué… haces? – preguntó, nervioso.
– Ya te dije… bailar y demostrarte lo que siento.
Cerró los ojos, mientras tragaba saliva y se dejaba guiar, pensando si debía abrazarlo o no. Se sentía confundido y ahogado. Creía, dolorosamente, que todo eso era a causa del alcohol y que, pasado el efecto etílico, ese hermoso sueño desaparecería. Sin embargo, si era un hermoso sueño… ¿Por qué no lo aprovechaba?
Poco a poco, sus manos se fueron elevando, hasta llegar a la altura de los hombros y afirmarse de ahí, tímidamente, llevando el ritmo impuesto por Kay. Sintió como su cuerpo se relajaba al baile y que la tensión inicial se disipaba mientras una extraña calidez le embargaba. Kay le acercó otro tanto más, depositando su cabeza sobre el hombro. Le pareció que le había besado el cuello, pero no sabía si en realidad era eso o solamente se apoyó, a causa de otro mareo. Estaba borracho, así que no podía tener muchas ilusiones con respecto a esos actos.
No obstante, sonrió; y despejando sus temores, le abrazó, y apoyó su cabeza en la parte superior del pecho, próximo al hombro, porque era allí donde terminaba su altura. Agradeció el hecho de que Kay fuera más alto, porque así podía disfrutar de ese pequeño sueño sin ningún problema.
Continuaron de esa forma, mucho después de finalizar el tema, bailando dos o tres baladas más… hasta que Kay se detuvo, sin soltarle. El mareo volvía.
– Kay… – susurró Andrea – Estás borracho – y le abrazó con más fuerza, con la excusa de que le estaba sujetando para llevarle hacia el árbol.
Pero en vez de ser Andrea quien apoyara a Kay en el árbol para que descansara, fue al revés. No entendió cómo había quedado acorralado entre el árbol y su borracho amigo, que le miraba seriamente, sin soltarle del abrazo.
La escena era más que comprometedora.
–… Kay… pesas – dijo nervioso, al sentir que se recargaba contra él. Ese contacto, por mero accidente que fuera, le tentaba.
Kay se mantuvo en silencio. Volvió a apoyar su cabeza sobre el hombro, mientras sus brazos le recorrían, para abrazarle otra vez. Quería besarle, pero la borrachera ya le estaba pasando la cuenta y solamente pudo rozarle y acariciar ese suave rostro con el suyo, sin que Andrea opusiera resistencia. Al contrario, cerró los ojos y disfrutó la sutil caricia, respondiendo con el mismo movimiento.
¡Cómo deseaba que eso no fuera a causa de la borrachera!
Se miraron, en silencio, con sus rostros peligrosamente cerca, casi el punto de rozarse los labios. Deseaban besarse, declararse y rendirse mutuamente el uno al otro, debajo de esa cómplice menguante, que les animaba en silencio; más no sucedió.
Kay ya no sentía su cuerpo y Andrea le sujetó para ayudarle a sentarse en el suelo. Mientras hacía esto, Kay se acomodó en sus piernas, somnoliento, mirándole detenidamente. Andrea le sonrió, permitiéndole que se quedara allí, ocupando sus piernas de almohada.
– Andrea… – susurró, alzando su mano para acariciarle el cabello y el rostro – Olvida que fui hetero… – y se quedó dormido, como un niño que agotó sus fuerzas luego de una entretenida tarde de juegos y diversión.
Andrea sonrió, acariciando su mejilla; tratando de contener lo que sentía en esos momentos. Había sido demasiado para su frágil ánimo, pero lo suficiente para dormir con una satisfecha sonrisa. ¿Qué más podría pedir para esa noche?
“Está borracho”, pensaba, “…no sabe lo que dice”. Y le besó la frente con cariño, para dejar su cabeza apoyada sobre la de él por algunos momentos.
– Te amo tanto, Kay… – susurró con una lánguida sonrisa – Todo lo que haces es confundirme, pero me gusta todo eso. No sabes cuánto deseo saber qué es lo que realmente sientes por mí… si es sólo juego o un acto irracional de un borracho. Dime tonto o cobarde, pero disfruto todo de ti, sin atreverme a preguntarte por ello… – una lágrima cayó desde su mejilla, sin percatarse de ella – Como ahora, que te digo todo esto, mientras estás dormido.
Se enderezó, tomando un poco de aire. Buscó entre las ropas su móvil y marcó un número rápidamente, recordando el cálido roce que habían tenido sus rostros, haciéndole sonreír irremediablemente.
– ¿Alo?… ¿Lyo?… – decía al ser respondido, mientras acariciaba el cabello de Kay – Sí. Soy Andrea. Perdona que te moleste a esta hora, pero tengo un problema… ¿Puedes venir a buscarnos?

“Fin del capitulo 9”

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Comentarios

248 comentarios en “Sweetest Sin”
  1. RPK dice:

    yukiiiiiiii me gustaria q me explices esoschilenismos xq yo nisiquiera logro imaginarmelos explicame ¿siiiiiiiii? :porfis: :porfis: :porfis:

  2. Nereii dice:

    Yuki, ¿puedes explicarme lo que decía la última nota que recibió andrea? No me salió en el texto. Arigatoooo!!! :gracias:

  3. Yuki Kuroi dice:

    UY! Gracias por comentar… a ver por parte…

    RPK aunque estoy trabajando en una version “neutra” de SS para eliminar justamente los chilenismos, me gustaría que me dijeras cuáles son aquellos modismos que no entiendes y así responderte sin problemas, porque no recuerdo cuántos ni cuáles chilenismos puse. ^^U

    Nereii: ¿Qué nota? ¿Te refieres a la última nota que recibió de amenaza?

    De todas formas, cualquier consulta pueden hacerla a mi mail:

    daeg.proyect@gmail.com

    Saludos.

  4. Tabbytha dice:

    Fue una genial historia.. aún no puedo creer q me haya pasado tantas horas pegada al pc solo por leerla.. ya me duele la cabeza.. :=o=: pero valió la pena… :fight:

  5. maki dice:

    Me encanto esta historia!! :amor: es la mejor que lei en esta pag :bravo: la verdad me dejo sin palabras :gracias:

  6. Sakura26255 dice:

    Hola!! :hi:
    antes que na te felicito por que aunque tardaste 5 años en terminarlo te quedo al :poing: interesante, asi que :gracias: por compartirlo….

    Me hiciste emocionarme, desde que me termine de leer el primer capitulo, no pare hasta llegar al ultimo, esta super increible me hiciste (reir) :jijiji: (llorar) :buu: pero en fin Felicidades nuevamente :bravo:

  7. Yuki Kuroi dice:

    Muchas gracias, de corazón ^^

  8. Mizu dice:

    *O* wooo este es el sexto capi q leoo i dejame deciirte q amoo tu fiics, me encanto toodo de el, aunke al principio me parecio rara la actitud de Andrea pero ahora como ya lo estoi entendiendo me es imposible dejar de leerloo. Tiienes un gran talento para escriibiir xica, ame la forma en q escriibes :poing:


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