Sweetest Sin
31 agosto, 2011 por Yuki Kuroi
en la categoría Originales
— Realmente no sé qué aura rodea este instituto, Lyo —le dijo Katherine, mientras se acomodaba en su pecho, recostados sobre el sofá que su novio tenía en la habitación —. ¡Pero no es normal que en un instituto masculino todos se tengan ganas!
— Por necesidad hormonal… yo creo que sí. —respondió sonriente.
— ¿Necesidad hormonal? —exclamó casi espantada — ¿Eso quiere decir que si tú estudiaras aquí, serías gay?
— No necesariamente, amor — respondió con dulzura, antes de besarle la frente — Sólo que está comprobado que es más probable que entre un grupo cerrado de varones haya más comportamientos de este tipo. Ya sea sólo para hacerse favores o por que al tener la oportunidad de conocer a más varones, es más sencillo salir del clóset. Además, una vez leí que 7 de cada 10 hombres habían tenido experiencias de carácter homosexual alguna vez en su vida, y de los cuales sólo 2 eran realmente gays. Cosas de la vida.
— ¿Y tú en qué parte estás de esa estadística?
— ¿Tú qué crees? Pues en el porcentaje de los que NO.
La enfermera le miró con desconfianza.
— ¡Hey! —se reincorporó Lyo — ¡No dudes de mi virilidad! ¡A mi no me vienen los hombres por ningún lado!
Katty se largó a reír. El rostro sonrojado de su novio le hacía ver extrañamente adorable.
— Menos mal que no te vienen por ningún lado.
— Eres una mal pensada.
— Ven… —susurró, invitándole para que le besara.
Lyo hizo un puchero infantil fingido, antes de besarle los labios y reposar su cuerpo justo al lado de ella.
— No dudes de mi virilidad.
—Púes vas a tener que dejármelo en claro otra vez — respondió con coquetería.
Lyo sonrió.
— Por supuesto — le besó con suavidad —; pero primero dime a que se debió lo que me dijiste.
— ¿Lo del homosexualismo en el instituto?
El joven asintió.
— Fue por José. —respondió la joven con voz preocupada.
— ¿José? ¿El hermano del idiota de Alberto?
— Sí. Lo pillé llorando en la enfermería hoy. Pensé que estaba enfermo, pero al verme se me lanzó a los brazos, ahogado en un mar de lágrimas —suspiró —. Mientras lloraba, me preguntaba si era malo ser homosexual y yo le pregunté a que se debía esa repentina pregunta…
— ¿Fue por Alberto, verdad?
Katty le quedó mirando desconcertada por esa interrupción.
— José cree que Alberto le odia porqué a él le gustan los chicos, igual que Andrea, y que al ser homofóbico, terminó desquitándose con Andrea también — prosiguió él.
— Pero… ¿no te parece extraño? José y Andrea fueron una de las tantas víctimas de David. No creo que haya sido coincidencia.
— Tampoco creo que Alberto le haya tomado mala a Andrea sólo por el incidente del gato.
Katherine se acomodó, mientras pensaba. Lyo la rodeó con el brazo, por la cintura.
— ¿Te dijo algo más?
— No mucho —suspiró ella —, sin embargo me llamó la atención algunas cositas que me dijo.
Lyo le miró dubitativo.
— Dijo que Alberto y David estaban confabulando contra Andrea.
Se sentó de golpe al oír eso de la boca de su prometida. José había hablado con él al respecto de estos hechos, pero ignoraba que tan lejos habían llegado. Una extraña corazonada se le clavó en el pecho mientras su mente hacía posibles conjeturas. Pero su sexto sentido le advertía que temiera más por José que por Andrea.
— Es mejor que mañana hables con él, Lyo.
— Eso tenía pensado — la miró de reojo — ¡Ahora bésame! — y se le tiró encima sonriendo con travesura.
— ¡Lyo!
– Instituto.
— Tu padre… — musitó Kay, apoyado en su nuca sin soltarle del abrazo — ¿Cómo…?
Andrea movió la cabeza suavemente. Necesitaba que ese abrazo se estrechara un poco más; que sus cicatrices se borraran con el contacto. Pero sólo logró que la calidez de Kay le acongojara más.
— Mi padre me odiaba… — respondió ahogado por la pena — Me odiaba porque yo era un ser sucio y anormal…
El joven besó su hombro, sintiendo como las palabras de Andrea comenzaban a transformarse en un leve escozor en su garganta. Intuía que aquello sería una difícil conversación. Lentamente, le dirigió hacia la cama para que se sentara (y así hablar), pero el joven se acurrucó sobre esta, abrazándose a sí mismo.
— Duele —musitó entristecido —. A pesar de que mi padre y yo nos perdonamos, aún duele recordarlo.
Al verlo tan indefenso, se acurrucó a su lado para abrazarlo y de inmediato el muchacho se aferró a él, evitando soltar más lágrimas.
— Si es muy doloroso… entonces no digas nada.
Andrea negó con la cabeza.
— No… a estas alturas qué más da que guarde esto dentro de mí.
— Tienes razón, es mejor que sueltes tu pena. Quizá así te puedes alivianar un poco.
— Kay… — y se le aferró con más fuerza. Éste no dudó en abrazarle y mimarle, dándole suaves y tiernos besos sobre su frente.
Lo que vendría a continuación no sería fácil y ambos lo sabían. Escondido entre sus brazos, el joven intentaba tomar el valor necesario para dejar el dolor atrás y que sus palabras fluyeran sin tanto problema. La espalda le escocía y no sabía si era por el repentino recuerdo o por los fuertes brazos que le envolvían. Esos cálidos brazos que ahora, más que nunca, anhelaba y disfrutaba en su silenciosa nostalgia.
— Creo que todo comenzó cuando yo tenía como seis años —dijo, mientras los recuerdos se agolpaban en su mente —. En aquella época mi padre había abandonado el ejército a causa de una lesión en la pierna. No recuerdo como fue que se hizo esa lesión, pero sí lo que él me decía a diario mientras jugaba conmigo: que quería que algún día yo cumpliera su sueño de ejercer el servicio hasta el final. No cómo él. Yo era pequeño, no entendía bien aquello, pero al parecer siempre le decía que sí; que algún día “sería fuerte y un gran soldado como él”. Yo ERA su orgullo.
« Pero a medida de que pasaban los años, creo que mi padre notó que no tenía madera para eso y empezó a inculcarme psicológicamente el orgullo viril de pertenecer al servicio. Siempre había sido cuadrado con ese tema y cuando una vez David me gritó en el jardín que yo era marica, mi papá le retó diciendo que ningún hijo de él lo era. Desde ese entonces me puso un ojo encima y yo comenzaba a descubrir que tenía algo de homofobia dentro de sí.
« A pesar de lo que me había pasado cuando pequeño… —se interrumpió para mirar a Kay, con ojos temblorosos —Tú ya lo sabes, ¿verdad? — Kay asintió levemente. Andrea bajó la mirada —. Bueno… a pesar de todo aquello, yo mismo me negaba que yo pudiera sentir esas cosas por el mismo sexo… tú sabes… luego de mi trauma con David… comencé a rechazarme a mi mismo. Qué luego de todo eso, era imposible que me sintiera así. Era incorrecto. Sin embargo, ya a los quince años tuve que asumirlo, porque había un chico que me gustaba mucho y que me correspondía.
Al oír aquello, Kay no pudo evitar un leve sobresalto:
— ¿Ya habías tenido novio?
Andrea le quedó mirando un poco espantado.
— ¿Te molesta?
El muchacho suspiró antes de responder.
—Por supuesto que no… pero me habría gustado ser el primero —; sonrió tontamente.
—Ojala hubieras sido el primero —dijo refiriéndose claramente a David, mientras refugiaba el rostro en el pecho de su novio.
— No pienses en esa mierda.
—Perdón.
— Olvidemos eso… termina de contarme.
El joven se acomodó hasta apoyar su cabeza en el antebrazo de su compañero, dando a entender con sus gestos que necesitaba ser mimado. El otro no tardó en comprenderlo.
— ¿Estás más cómodo así?
—Sí —suspiró —; ahora prosigo. Como ya te dije, me asumí (por así decirlo) cuando éste chico que me gustaba me pidió que saliéramos y yo acepté. Él era muy amable conmigo y llevamos nuestra relación muy a escondidas. Yo iba en segundo y él en tercero, así que sólo nos veíamos en la escuela a la hora de almuerzo y nos juntábamos los fines de semana. Nadie sospechaba y eso nos facilitó las cosas. Creí que con mi primo internado y mi padre creyendo que todo lo que me había inculcado en mi niñez había dado frutos, nuestra relación me libraría de las penas que yo ya llevaba encima. Pensé por un momento que él sería mi salvaguarda en este paso nuevo que daba en mi vida, y que todo el doloroso pasado se borraría… pero me equivoqué.
— ¿Te abandonó?
—Ojala hubiese sido eso, Kay… pero fue algo más complicado. Mi padre nos descubrió.
— ¿P-pero…? ¿Cómo?
El muchacho sonrió con tristeza. Su espalda escocía.
— Mi padre y mi madre trabajaban durante el día, por lo que yo siempre me encontraba solo por las tardes. Entonces… bueno… quisimos “probar más allá”. Lo estuvimos planeando mucho y era yo quien le costaba dar el paso. Tenía miedo que se diera cuenta de lo que me había pasado y me rechazara, o que yo no pudiera controlar la situación. Al final, ese día me dejé llevar y terminamos encerrados en mi habitación. Lo que yo… —un nudo se formó en su garganta — Lo que yo no sabía, era que mi padre y mi madre se tomaron ese día libre y que venían llegando del supermercado. No les sentí llegar… tampoco sé que fue lo que impulsó a mi mamá a abrir mi puerta de golpe cuando generalmente ella siempre golpeaba para entrar… y allí nos pillaron, semidesnudos sobre la cama. No alcanzamos a concretar nada… pero fue suficiente para despertar la ira de mi padre.
Las lágrimas volvieron a rodar por sus ojos, escondiéndose en el hombro de su amado. Recordarlo aún dolía.
— Mi novio huyó cobardemente cuando mi padre gritó que le diéramos una explicación. Mi mamá miraba desde la puerta, sin decir nada. Mi… Mi papá se acercó a mi, enfurecido, exigiendo una y otra vez una aclaración, diciendo cosas hirientes, mientras me sacaba de un ala de mi cama. Recuerdo que caí llorando sobre la alfombra y que él me gritaba que los hombres no lloraban. Que me faltaba mano dura… y… y…
— ¿Y? —le susurró con ternura, acariciándole el cabello para reconfortarlo.
Andrea tragó saliva antes de proseguir:
— Y sin razonamiento alguno se sacó su cinturón de cuero de doble hebilla y me azotó contra la alfombra… sin piedad, lleno de rabia. ¡Me dijo tantas cosas! —chilló llenó de pena, dejando fluir por completo su llanto — ¡Me maldijo y me insultó! ¡Dijo que yo ya no era su hijo… que era un asqueroso usurpador! Qué yo… Que yo… estaba muerto para él. No sé cuánto tiempo mi padre estuvo descargando su ira y su desilusión contra mi espalda, ignorando los ruegos de mi madre. No sé cuántos minutos estuve gritando y pidiendo disculpas sobre esa alfombra. Lo que sí sé, es que mi madre se lanzó sobre él para detenerlo. Que ya era suficiente. Yo gemía, mi madre lloraba… y pude ver que en ese rostro enfurecido y asqueado de mi papá, caían lágrimas también. Luego de eso, abandonó la habitación y mi madre me sostuvo de la cabeza para acariciarme. No podía tocarme la espalda…
Kay sintió como la impotencia ante el relato, nacía en su interior. Sabía que cualquier rastro de rencor contra su suegro no serviría. Eso ya era cosa del pasado y ambos ya se habían reconciliado. No valía la pena odiarle, aunque la pesadez ante el hecho le picaba el corazón.
— Andrea… —le susurró en un abrazo —Ya… ya pasó…
— Sólo quería aceptación y no odio… y ambos me dieron la espalda…
— Pero ya pasó, mi amor… ya pasó —; le besó la frente —. Todo eso feo ya pasó… Lo que a mi me inquieta es cómo no llamaron a la policía cuando te trataron las heridas —, dijo de pronto, tratando de desviar los recuerdos de su joven novio a otro lado.
—No fui al hospital, si eso es lo que insinúas —respondió secándose las lágrimas con el dorso de la mano —. Me trataron toscamente las heridas en mi casa y créeme que no fue agradable.
— Me imagino —, agregó pasando sus dedos por las húmedas mejillas para limpiarle las lágrimas —. Pero eso ya pasó… —le besó —No quiero que esos recuerdos te atormenten, pero necesitabas desahogarte.
Andrea asintió, buscando resguardo nuevamente en el pecho de su amado. Debía reconocer que se sentía un poco más liviano al confesarlo, pero la espina seguiría allí en su alma.
Ahora tenía a Kay para sobrellevarlo.
—Kay… — susurró el joven, mientras buscaba su rostro — ¿De verdad que no me odias?
— Por supuesto que no. ¿Cuántas veces tendré que decírtelo?
— Perdón… pero el hecho de saber que leíste esas cosas de mi diario… me asusta.
— Te mentiría si te dijera que no me afectó y comprendo porqué no me lo habías dicho, pero… ¿justificar a David?
— ¡No lo justifico!… Sólo qué… los hechos lo transformaron en lo que es.
— Entonces eso deja la posibilidad de que tú también pudiste convertirte en monstruo.
— ¡Cómo podría!
— Deja de justificarlo. —su voz sonó densa y molesta.
— Kay…
Este dio un denso suspiro, antes de acomodarse y abrazarlo nuevamente.
— Si él se obsesionó contigo, luego de aquella monstruosidad… es otro problema. Perfectamente podría haber sido “víctima” como tú.
— En ese momento si lo era.
— Porque eran unos niños.
Andrea le besó la mejilla y se acurrucó en su pecho para dar por terminado el tema. Ya no quería seguir hablando de ello y su novio lo comprendió.
— A propósito — agregó Kay, reincorporándose un poco — ¿Y qué pasó con tu novio?
— Ese idiota… —suspiró — Dio por terminada la relación a penas nos descubrieron. Ni siquiera me llamó los días que estuve fuera de clases por culpa de las heridas. Y cuando volví, no me dirigió la palabra. Pasaron varias semanas antes de que él me hablara para “explicarme” que no se podía arriesgar. En esos momentos yo ya no era el Andrea de siempre, así que ni siquiera le presté atención. De todas formas, yo ya me iba de allí.
— Y fue cuando ingresaste a este instituto.
El muchacho asintió.
— Ve a lavarte la cara. Debemos dormir —agregó Kay.
— ¿Juntos? —se sonrojó.
— No es primera vez que dormimos juntos.
— Pero ahora es distinto.
— ¡No te haré nada!
— No lo digo por eso —sonrió tiernamente, antes de ir al baño.
Kay también sonrió.
A los pocos minutos, ambos yacían acurrucados bajo las colchas para poder dormir. Habían dejado sus ropas tendidas a los pies de la cama y ahora podían disfrutar del calor mutuo, con un simple abrazo. Andrea no tardó en dejarse llevar por el sueño, mientras su novio le observaba con dulzura acariciando sus cabellos. Lo malo ya había pasado y sólo les restaba descansar.
Y olvidar.
“…Era una pesadilla. Yo sólo tenía seis años. Los primeros días fueron normales, pero los que siguieron me aterraron desde un comienzo, por mucho que David me dijera que era sólo un juego. Cuando mis padres me dejaron por primera vez en la casa de mis tíos para las vacaciones, mientras ellos viajaban por su cuenta, yo me entusiasmé. Hasta esos momentos, me llevaba muy bien con mi primo David y cada vez que él iba a mi casa jugábamos todo el día. David era uno de mis mejores amigos. Al llegar a su casa, cuya localidad era algo campestre, ideal para las vacaciones, todo parecía normal. Todo… menos cuando llegó a los pocos días su padrastro.
Mi tía trabajaba en las tardes y su padrastro trabajaba en la capital. Él les mandaba dinero mensualmente desde allí, pero cuando llegaba la época de veraneo, este señor tomaba vacaciones. No sé desde qué momento mi tía había estado con él o qué sucedió con el verdadero papá de David, pero desde que yo recuerde sólo él había sido su papá… así que para mi era un tío más.
Como en las tardes mi tía no estaba, nos quedábamos solos al cuidado de una vecina. Ahora que mi tío estaba en casa, él nos cuidaba. Jamás habría sospechado lo que vendría aunque me lo hubiesen dicho. David me lo había insinuado muchas veces, pero yo no comprendía. Una de esas tardes, a los pocos días de la llegada de su padrastro, la actitud de mi primo cambió; se había puesto más mañoso y peleador. Quería por todas las cosas llamar la atención. Mi atención. Quería que yo jugara con él y su papá a los “secretos”. Creo que le pregunté que era y su padre la había regañado porque yo “no estaba preparado”. Me sentí mal. Yo quería saber de qué hablaban, pero había una leve diferencia de edad entre mi primo y yo, lo que me hacía sentir muy pequeño. Los cinco años de diferencia siempre me los sacaba en cara.
Pero David insistía, porque yo era importante también. Recuerdo que mi tío nos miró y castigó a David, encerrándose con él en una habitación del sótano. Yo, me fui al jardín a jugar. Ese día fue el último día feliz de mi vida”.
“…Desde ese momento, las mariposas fueron mi mayor temor. Al verlas me recordaban que me espiaban. Qué sabían cada detalle de mis pecados… porque me miraban desde la pared junto a David, con sus enormes y coloridas alas, simulando esos penetrantes ojos; acusándome, asqueándose. Verlas significaba en mí un miedo a lo que venía.
No sólo les tomé miedo a las mariposas, sino que me daba náuseas la mermelada de durazno. Solamente debía verla, para empezar a vomitar y que mis padres se asustaran creyendo que estaba enfermo o que había adquirido una repentina alergia a la fruta. Ellos jamás lo supieron y mi doctor no tenía alguna respuesta a mis ascos, temblores y gritos nocturnos.
¿Qué habrían pensado mis padres si yo hubiese tenido el valor de decirles lo que aquí explico tan detalladamente? ¿Qué mi tío nos grababa a David y a mí, y qué después éste se obsesionaría con la idea?
Esa estrecha habitación de sótano, oscura y fría, estaba amigablemente decorada para la grabación. Cómodos cojines, peluches, dulces, y los cuadros con sus hermosas mariposas adentro, clavadas en la pared, silenciosas; expectantes.
A un costado, la mermelada que pronto su padre me haría probar antes de que David la untara sobre mi piel.
Es increíble como la dulzura puede saber amarga”.
“Y a pesar de todo… David no tiene la culpa de esto; hasta podría llegar a sentir lástima por él. Era sólo la sucia marioneta de su asqueroso padrastro y sus pervertidas grabaciones. Pero a pesar de aquello, de ese incidente en nuestra niñez, no le perdono lo que me ha hecho. Nada. Nada justifica su obsesión por mí, ni el daño que me ha causado”.
Nada”.
“Nada”; musitó Eindrea a los pies de la cama, observando fijamente a la mitad de su alma dormir profundamente entre los brazos de su amado. Andrea abrió los ojos por instinto y se sentó. Un escalofrío recorrió de inmediato su cuerpo, obligándolo a abrazarse a si mismo. Alzó la vista y no se encontró con nada, salvo esa extraña sensación en el pecho que hacía mucho tiempo no sentía. Se volvió hacia Kay y se acurrucó a su lado, tranquilo; contento de tenerlo a su lado a pesar de todo. Cerró los ojos, mientras el otro le envolvía nuevamente entre sus brazos.
Y el fantasma les miraba por detrás del espejo furioso. Andrea no podía desecharlo así como así.
“Me niego a desaparecer por culpa de tu felicidad”.
- Dormitorios, 3º Piso:
La helada de la mañana le calaba los huesos, pero no quería meterse en la cama. Había visto los primeros rayos del amanecer sentado sobre la mesa de su escritorio y temía que si se dormía su hermano podría huir nuevamente. Debía reconocer que el miedo del posible abandono le mordía el pecho y por una vez en su vida, desde que empezara con el falso rencor, tenía que ser sincero consigo mismo. No había actuado bien. El pretexto de defenderlo ya no le servía, y su sobreprotección indirecta se transformó en una enfermiza obsesión que él ya no podía ocultar.
Ahora mismo, mirándolo sobre la cama se sentía mal. Había actuado mal, muy mal. Jamás creyó que llegaría tan lejos estando sobrio. Aún le temblaban las manos al recordar la pelea que tuvieron en la enfermaría, las palabras hirientes de su falso hermano y lo que se produjo después. No pudo controlarse. ¿Cómo pudo haber noqueado a su frágil hermano de esa manera? Y ahora le tenía sobre su propia cama, esperando que reaccionara.
“Sólo quería que no huyeras”; pensaba mientras se acercaba suavemente a la cama: —De verdad ya no quiero herirte más —susurró.
— Entonces sé sincero conmigo, Alberto —respondió suavemente José.
El muchacho no se sorprendió de verle despierto.
— ¿Te he golpeado muy fuerte? —preguntó con voz temblorosa, acercando una mano a su cabeza que rápidamente fue rechazada por el menor.
— No quiero nada —; dijo José tratando de incorporarse sobre la cama —nada que pueda seguir hiriéndome como ha pasado hasta ahora. Te he rogado, suplicado para que seas sincero conmigo, pero lograste tu cometido. Ahora que he decidido dejarte en paz y desaparecer de tu vida… ¿Vienes a mí? ¿Para qué? ¿Para qué te perdone? ¿O para ocuparme en algún jueguito extraño con David?
— ¡No seas injusto conmigo! Ayer… ayer hablamos de eso. Te dije que estaba siendo chantajeado por David… y…
— ¿Y por eso fuiste a la enfermería a robarte esas cosas para David?
—…Sí. —confesó sentándose a los pies de la cama —Pero no esperaba encontrarte ahí.
—Pensaba pasar la noche allí. NO quería verte.
—Yo tampoco quería verte… pensaba que mejor era dejarte ir… sin embargo al verte…
— ¿Al verme qué?
— Tuve miedo.
José le miró detenidamente, nervioso.
— Tuve miedo de que de verdad me odiaras… tuve el deseo irrefrenable de detenerte cuando huiste de mí. Pero no pensé que terminaríamos en esa pelea… que fueras capaz de decirme esas cosas…
— ¿Y qué querías? Aún estoy dolido con todo lo que ha pasado y tú no has sido claro conmigo. Y cada vez que te hablo de tus comportamientos, me abofeteas…
— Pero te juro que no creí que caerías mal y quedarías inconciente… —le miró a los ojos, sinceramente arrepentido — Cuando te vi en el suelo, inconciente… creí que…
— ¿Me habías matado? —una risa amarga salió de sus labios — Quizá habría sido lo mejor.
— ¡Idiota! Eso… eso… — agachó la cabeza, tembloroso. Su mente estaba demasiado confundida como para darle más vueltas al asunto.
— No estás bien, Alberto.
— ¡Claro que no lo estoy! —chilló con la cabeza gacha, mientras sus manos se aferraban de su cabeza —Nunca lo estuve… ¡Nunca!…
José pudo parase y salir corriendo de allí, pero había una parte de su cerebro que se lo impedía, mientras la otra se lo exigía a gritos. Ver a su hermano en ese estado, frágil y confundido, con un tono de voz que denotaba arrepentimiento, que calló su parte racional y no dudó en acercarse y abrazarle con fuerza. Era tonto, lo sabía. Estaba confiando en el lobo… sin embargo, ¿qué más podría hacer?
Y fue entonces, que Alberto rompió en llanto.
— ¡No merezco tu perdón! —susurraba aferrado a la ropa de su hermano — Yo quería que me odiaras, que te fueras… pero… pero… al verte allí…
— Sólo fue una mala caída.
— Lo sé… es estúpido… pero…
José sabía que no sacaría nada con eso. Sentía como su hermano temblaba y no sabía si era por el frío matutino o por la situación., así que le acercó un poco más a su cuerpo para tranquilizarlo; pero Alberto lo alejó.
— Esta es una ridiculez —musitó dándole la espalda y secándose el rostro —Deberías estar vengándote de mí en estos instantes, ahora que estoy ridículamente pidiendo perdón —; sonrió con sequedad —. Aquí, yo… quién te humilló y te golpeó. Deberías despreciarme y dejarme aquí hundido en mi vergüenza y dolor. ¡Pero no! ¡Sigues siendo tan débil como para suavizarte con unas cuántas lágrimas mías!
— Porque quiero que todo esto acabe. Porque gracias a estas lágrimas sé que no me odias como yo pensé. Sé qué en el fondo aún me quieres… y yo… ¡Y yo te quiero!
Alberto se quedó en silencio unos segundos ante esas palabras. Ya no sabía que inventar para, de una vez, terminar con ese ridículo show.
— Eres un idiota — dijo al fin.
José lo abrazó por la espalda, dejando su cabeza apoyada en su nuca.
— Sí… soy un idiota… pero no tanto como para no darme cuenta si me mientes. Y en estos momentos, yo…
Pero fue interrumpido por un rápido movimiento de su hermano, que le dejó tumbado de espaldas sobre la cama, con él encima. José se asustó.
— No digas nada más — murmuró un acongojado Alberto, que le miraba sin rabia ni rencores; con una expresión abatida que se reflejaba en su humedecida mirada.
— ¿Alberto?
— Yo no te odio. Mi odio nunca fue hacia ti… sino hacia mí. Un odio por obsesionarme de mi hermano. Por ver en ti reflejados mis propios miedos.
— Dices que no me odias… pero siempre actuaste como si así fuera —, tragó saliva para contener la angustia —. Empezaste a despreciarme cuando supiste que yo era como Andrea.
— Nunca fue por eso. Tú y Andrea son distintos. Completamente distintos. Las situaciones también. Mi rencor hacia Andrea era totalmente distinto al que supuestamente tenía por ti.
— ¿Y qué rencor tenías por mí?
Alberto se alejó y levantó para sentarse en la otra cama.
— ¿Alberto? — exclamó angustiado.
— Qué me enterara a escondidas que te gustaba Kay. Qué no me dijeras abiertamente que eras… — calló por un instante. Le costaba decirlo.
José sintió que la pena se agolpaba en su pecho.
— ¡Lo sabía! Sabía que me odiabas por ser así…
— ¡No es eso! — gruñó sin mirarle — ¡Ayer hablamos de eso!
— ¿Entonces?
— ¡Estaba celoso! —confesó al fin.
El joven tardó en digerir estas últimas palabras.
— ¡Tenía rabia y celos! ¡Temía que por causa de eso, te hicieran daño!
— ¡Pero eso no justifica que tú fueras el causante de esos daños!
— ¿Aún no te das cuenta? —gruñó golpeando la cama — ¿Por qué crees que me uní a ese grupo de patrañas? ¿Ah? ¿Por gusto? ¡No! ¡Por ti! ¡Si lo hacia y me imponía ellos debían pensársela dos veces antes de meterse contigo! ¡Si fui cómplice en lo del gato, era para mantenerlos distraídos mientras tú estabas solo llorando en la biblioteca por lo de David! Si ellos me veían en ese instante contigo, comenzarían a espiar nuestra plática. ¡Lo menos que quería era que ellos se enteraran de eso!
— ¿Por mí? ¡Siempre dices que fue por mí, pero nunca eres claro!
— ¿¡Quieres que sea claro!?
— ¡Por supuesto!
— ¡Te amo, ese es mi problema! —confesó alzando la voz, mientras se levantaba casi amenazante hacia José — ¡Cuando me dí cuenta de lo que estaba sintiendo por ti, me sentí sucio! ¡Sí, sucio! ¡No había mucha diferencia entre yo y David! Cada vez que salía a beber con los muchachos, mi deseo por ti aumentaba. ¿Y qué hacías tú? ¡Te dejabas manosear por mí! ¿Por qué? ¿Por qué eras gay? ¿Por qué así soltabas tu frustración? ¡NO! ¡Era porque yo era tu hermano y tu devoción por mí te cegaba! ¡Sólo por qué estaba borracho!
José no pudo contener más las lágrimas. Cada palabra en ese instante dolía mucho más que el golpe recibido en la noche anterior por su hermano. Era un tema que siempre había evitado, pero que últimamente se lo sacaba mucho en cara. Sin embargo, oírlo de esa manera de la boca de Alberto le dolía mucho.
— No… no fue por eso… — trataba de responder, el joven.
— ¿Ah, no? ¿Entonces por qué me aguantaste tanto tiempo? ¡Te estaba haciendo cosas indebidas y tú no me decías nada! Al contrario… ¡Saliste del clóset! Y la situación continuó cuando ingresamos a este instituto. ¡Más encima le entregaste una carta de amor a Kay, como si de una chiquilla se tratara!
— Basta, Alberto…
— ¡Al enterarme de eso me sentí traicionado! ¡Me sentí rabioso! ¡Quería que fueras mío y de nadie más!
— ¡Basta Alberto!
Alberto dio media vuelta, hacia la ventana. Las lágrimas fluían casi tan desoladas como las de su hermano.
— Fue entonces que me dí cuenta que mi odio hacia ti era por mi propio resentimiento de no ser correspondido; de ser tan repugnante como David. Entonces, por tu bien, creí que lo mejor sería rechazarte. Si me odiabas, ya no correrías peligro a mi lado. Te irías del instituto, lejos de David… y de mí. Sin embargo, con alejarte me estaba protegiendo a mí. De un “yo” que no quería reconocer; que no quería dejar al descubierto. No me quería aceptar. No quería ser un ser repugnante como David y…
La bofetada de su hermano le interrumpió, quedando casi sentado en el suelo, sujetándose justo a tiempo del escritorio. Atónito, le quedó mirando sin saber qué decir.
— ¿Tan asqueroso te parezco, Alberto?
— Yo no… he dicho que seas asqueroso.
— ¡Te comparas con David, cuando la verdad no admites que eres igual que yo! ¡No puedes compararte con ese enfermo! ¡Sólo quieres negarte que tú eres como yo, y de ser así significa que yo también soy asqueroso! Yo creí que eras homofóbico… ¡Pero la verdad es que eres un estúpido cobarde! De haberme dicho esto desde un principio… yo… yo… — la pena ya no le dejaba hablar y cayó de rodillas, envuelto en su llanto y confusión. Esto ya era demasiado para él y no sabía como manejar la situación. Sólo deseaba que aquello terminara pronto.
Alberto, por su parte, tampoco sabia que hacer. No se iba a poner a llorar como su hermano, pero tampoco podía esconder su pena. Lentamente se acercó a José, y éste al verle a su lado, se aferró a su cuello con fuerza.
— Idiota… idiota… — le decía entre sollozos — Yo te quiero… ¡Te quiero desde siempre! Lo de Kay… sólo fue eso… un gusto, porque me sentía frustrado. Necesitaba enfocarme en alguien, ya que sentía que estaba sucio por sentir cosas indebidas.
— ¿Por más hombres? — preguntó casi con sarcasmo el mayor.
— ¡NO! ¡Imbécil! — se aferró más a su cuello — ¿Acaso nunca sospechaste de mi devoción por ti?
Un nudo en el pecho se le formó a Alberto, al escuchar aquello.
— Cuando me di cuenta de lo que sentía, me sentí sucio. No me quería aceptar. Anduve con un par de muchachos, pero no podía sacarme ese sentimiento. Yo sabía lo que era, pero me negaba a admitir que me gustabas. Creí que estaba confundiendo sentimientos y por eso me enfoque en Kay. Pero al ser rechazado, sentí alivio. Ya que me dí cuenta que no era confusión lo que sentía, que era real… sin embargo… empezaste a matar poco a poco lo que sentía por ti… De haberlo sabido antes… ¡YO TE HABRIA ACEPTADO!
Alberto guardó silencio. No podía moverse o hablar. Aquellas palabras no sólo le habían hecho despertar de su profundo error, sino que habían sido incrustadas en su pecho sin piedad. Dolía; cada segundo que pasaba sintiéndole cerca dolía y él, simplemente, ya no sabía como actuar.
— Así que no te compares con ese monstruo — susurró, separándose suavemente de él—. Tú jamás me violaste. Nunca usaste la fuerza conmigo, ya que, como bien dices, me dejaba. ¡Pero yo me dejaba porque quería sentirte cerca! —tragó saliva para poder continuar — Yo… yo sé que no debía, pero cuando llegabas en ese estado, creía que pensabas que era otra persona y me aprovechaba de aquello. Pero después, cuando me sacaste en cara lo que yo era, en tus noches de borrachera me empezabas a tratar mal, a decirme esas cosas que aún duelen. Fue entonces que te comencé a rechazar… pero tú insistías y luego me dejabas ahí solo, diciéndome que yo te daba asco. ¿Cómo podías ser tan cínico?
— Estaba borracho…
— Sé que estabas borracho.
— ¡Por favor, perdóname! —le suplicó con un fuerte abrazo, besándole el cuello —. ¡Sé que lo he hecho mal, pero por favor dame una oportunidad!
— De verdad… me encantaría —; susurró, mientras se ponía de pie y quebraba ese suplicante abrazo —. Me encantaría… pero como ya te lo dije—, le miró directamente a los ojos, triste y casi vacío — empezaste a matar poco a poco lo que sentía por ti.
Sus últimas palabras, frías y melancólicas, fueron lo suficientemente fuertes como para darle la estocada definitiva al corazón de Alberto. Con aquello, la situación quedaba zanjada sin marcha atrás.
— Me lo merezco — musitó el mayor, escondiendo su rostro con una mano —. Me lo merezco por idiota y compulsivo.
José no agregó nada más. Las lágrimas a penas le dejaban ver. No quiso enjugárselas y a tientas caminó hacia la puerta. Necesitaba salir de ahí.
— David tenía videos y fotografías tuyas —, dijo de pronto el mayor, intentando retenerle unos minutos más —. Yo no tenía nada en contra de Andrea, la verdad. Es cierto que queríamos vengarnos por lo del gato, pero no sospechaba que me encontraría con su diario. Quería hacerle pasar vergüenza. Ellos querían humillarle. La cosa es que sólo tú y yo sabíamos el contenido de ese diario. Pero lo que tú ignorabas es que me puse a averiguar lo de David por mi cuenta… y ahí descubrí que también poseía fotos comprometedoras tuyas en la Web. No pude resistirlo y fui a encararlo. Pero él resultó ser más astuto que yo. Quería el diario de Andrea a cambio de tus fotografías. Me negué. Intuía que tenía más material audiovisual tuyo y que no me los mostraría. Entonces él hizo un trato conmigo:
“Si no quieres que todo el todo el colegio se entere de que tu hermano fue mi perra, entonces ayúdame a vengarme de Andrea”. Sus palabras fueron amenazantes, José. Y allí mismo me mostró lo que tenía de ti. Cuando tú me confesaste lo de David, jamás llegué a creer que fuera tanto. ¡No podía dejar que ese imbécil jugara contigo a distancia!
— Y por eso aceptaste.
— Sí. Y por cada carta que le enviaba a Andrea, por cada imagen que publicaba, o por cada intimidación de mi parte, David fue borrando tu material paulatinamente de su sitio en Internet. Cumplió su parte del trato y me entregó todo lo que tenía de ti. Gracias a eso, ya nadie podía verte en esos sitios y mi grupo no sospecharía nada de ti. Yo necesitaba mantenerme como líder. Demostrar que era capaz de cagarme a quien yo quisiera. Ellos me temen, José.
— Entonces felicitaciones por tu gran logro, Alberto. Quédate con tu falsa gloria y tu ley de intimidación. Me da lo mismo lo que hagas con David. Adiós.
Cerró la puerta tras de sí, con suavidad. Las lágrimas no paraban de fluir y rápidamente huyó de ahí. En tanto Alberto, se quedó en silencio, sintiendo por primera vez en su vida lo que significaba soledad. Pero no era una soledad física, sino una del alma. Una que sería muy difícil de disipar.
– Pasillo hacia los dormitorios; 2º Piso. 7:30 a.m.
Lyo llevaba prisa. Corría a través del pasillo lo más rápido posible en dirección al cuarto de su amigo. Cuando la doctora le llamó en la mañana para informarle del caso, él se asustó. No quería hacer conjeturas, pero con todo lo que había pasado en este último tiempo no podía más que estar en alerta.
Al llegar a la puerta, llamó agitado y preocupado. Kay no tardó en despertar.
— ¿Qué sucede? —preguntó medio adormilado, mientras se acercaba a la puerta para abrirla.
— ¡Kay! ¡Vístete luego! ¡Debemos ir a inspectoría!
— Cálmate y dime que sucede.
— ¡Llamaron del hospital! ¡Andrea ha…!
Pero se interrumpió. Por sobre el hombro de su amigo, pudo ver la cama y sobre esta, un Andrea adormilado, que se asomaba lentamente entre las colchas. Dio un suspiro de alivio antes de mirar pícaramente a Kay.
— ¿No pudiste esperar hasta que le dieran de alta para comértelo? — bromeó.
Kay se sonrojó hasta las orejas.
— ¡No lo he tocado!
— ¿Qué pasa? — se oyó la suave voz del joven, que aún no se despertaba del todo. Kay pensó que no podía verse más adorable.
— Eso debería preguntar yo — dijo Lyo, acercándose con una sonrisa — Llamaron del hospital para avisar que te habías fugado. ¡Tremendo susto que nos hiciste pasar!
— Perdón… pero es que ya no aguantaba el hospital y deseaba ver a Kay.
— ¿Y tú madre sabe?
— La llamé anoche. Ella ya sabía que estaba aquí.
— Que negligente el servicio de la clínica — suspiró Lyo —. Mira que darse cuenta hoy en la mañana que el muchachito se había arrancado.
Andrea se abrazó a una almohada un poco sonrojado. Kay se sentó a su lado.
— Perdón por interrumpirles, pero ignoraba que pasaste la noche aquí.
— No te preocupes, Lyo… fue mi culpa por no avisar a nadie más.
Su amigo colocó una expresión casi gatuna, antes de proseguir.
— Es comprensible… ahora que ya son novios…
— ¡Lyo!
— No tienen porque avergonzarse conmigo, ¿no? Me alegro de que por fin estén juntos.
Kay sonrió, mientras su novio escondía su rostro en el brazo, avergonzado. Lyo acomodó sus lentes.
— Bueno, yo voy a avisar que estás aquí, Andrea. Y tú Kay, vístete. No puedes saltarte las clases, que hoy tienes examen y ya es tarde.
— ¡Verdad! — y miró preocupado al joven de ojos azules.
— No te preocupes por mí, Kay. Me portaré bien.
— Entonces quédate en mi cama. Hace frío y tú aún estás débil. — y le besó la frente antes de irse a la ducha.
— Voy a pedirle a Katty que te traiga desayuno —agregó, Lyo.
— Gracias. — y se acurrucó entre las sábanas. — A propósito, ¿cómo están las cosas entre Katherine y tú?
— Como viento en popa.
— Que bueno saberlo — sonrió.
Cuando Kay estuvo listo, se despidió de Andrea con un dulce beso y se fue junto a su amigo, dejándolo completamente solo, pero con una gran satisfacción en su pecho. El muchacho no podía estar más feliz. Se acurrucó entre las frazadas aún más, abrazado a la almohada que aún olía como él. Su alegría era tan inmensa que seguía sin sentir la presencia de su ente acosador, mirándole a través del espejo, serio y silencioso.
Sin notar, que una sombra oscura comenzaba a arrastrarse por el suelo, rumbo a su cama.
– Oficina del Rector.
Lyo caminaba pensativo hacia la oficina. Sentía una presión extraña en el pecho, como un débil presentimiento que no podía descifrar con exactitud. A pesar de no haber sentido nada anormal en Andrea en este último tiempo, le extrañaba que su supuesto fantasma no le hubiese acosado.
— ¿Estás pensando en el fantasma, Lyo? —preguntó de pronto su hadita, asomándose cuidadosamente desde su cabellera, a la altura de la oreja.
— Sí. Aunque a estas alturas ya no sé si pensar en él o no.
— ¿A qué te refieres?
Iba a responderle a su hada, cuando se vio interrumpido por la voz lejana del rector. De inmediato, la pequeña criatura de escondió en su cabellera, mientras Lyo avanzaba hasta la entrada de la sala de espera de la oficina.
— Entonces, eso es todo —se escuchó desde el otro lado de la puerta —. Puedes retirarte.
— No sabes la gran ayuda que nos has brindado —la voz de la psicóloga, suave y calmada, fue reconocible en el acto, insinuando que estaba próxima a la puerta.
El joven se sentó creyendo que estaban en una junta importante y que debía esperar un largo momento; sin embargo, la puerta se abrió casi al instante. Desde adentro no sólo salió la psicóloga, más pálida y cansada que nunca, sino que le seguía un joven, de cabello oscuro y mirada ruda, pero que dejaba entrever un dejo de tristeza en sus pupilas. Al verle, tuvo que sostener un respingo.
Era Alberto.
Ambos, se quedaron mirando por breves segundos, antes de que el hermano de José saliera por completo de la sala, para perderse en silencio por el pasillo continuo. La doctora comprendió de inmediato la mirada inquisitiva del joven hombre.
— Si esto hubiese sido una estación de policía, Alberto sería un criminal entregado a la justicia.
— ¿Qué me insinúas?
— Alberto acaba de confesar toda su vinculación en el caso de Andrea, así como su complicidad con David en esta.
Lyo se quedó de una pieza al oír eso. La plática tenida con su novia la noche anterior sobre José le vino rápidamente a la cabeza.
— ¿Y qué pasara ahora?
— Lo más probable es que lo expulsen de la institución, como sucedió con David.
— Ya veo. Igual es una sanción leve.
— Créeme, Lyo. Ya está recibiendo su castigo. Hoy hablé con José en la mañana y posteriormente, sin que éste supiera, llegó Alberto a hablar conmigo y decirme todo. Haber perdido a su hermano es su mayor desconsuelo.
— Ahora sí que no comprendo.
— Ya te explicaré más tarde. Ahora dime… ¿Le dijiste a Kay?
— ¿Ah? Eso… — sonrió un poco atolondrado, pues se le había olvidado a que venía por ver a Alberto — Andrea está con Kay. Su madre ya lo sabe. Se escapó anoche y llegó de madrugada. Ahora duerme.
La psicóloga dio un dulce suspiro, mientras sonreía.
— No es algo que me sorprenda a estas alturas. Lo bueno es que está aquí, sano y salvo —; y volteó para entrar nuevamente a la oficina —. Debes informarle al rector.
Y cuando iba a seguirle, una extraña sensación le detuvo en seco. Reconocía aquello; ese inquietante escalofrío y denso sentimiento. No había duda. Era él.
— Eindrea… — musitó. La doctora le quedó mirando desde la puerta:
— ¿Qué esperas? El rector no tiene toda la mañana.
— V-voy — respondió suavemente, mientras su hada escapaba desde la oscura cabellera antes de que la puerta se cerrara. No necesitaba que Lyo se lo dijera y él tampoco debía hacerlo. La silenciosa comprensión mutua siempre fue su mejor carta, y ahora, más que nunca, era algo que valoraban.
“Confío en ti, pequeña fairy”.
– Dormitorios; 3º Piso.
José estaba desvastado. No quería pensar más en las cosas que habían sucedido, literalmente, de un día para otro. Ignoraba lo que estaba haciendo su hermano en estos momentos, y prefería no saberlo. Ya todo estaba dicho y hecho. Era mejor. Mucho mejor. Entonces, ¿por qué seguía doliendo tanto?
Se levantó pesadamente de la cama y se dirigió al baño para refrescarse la cara. Al ver su reflejo en el espejo, notó que su expresión dulcemente infantil había cambiado y sus ojos, tan claros y tiernos, lucían opacos. Aquello le hizo sonreír con amargura. Por fin lucía como un chico de su edad, pero a cambio de su propia pena. ¿Era aquello lo que realmente quería?
No debía pensar en ello; sólo superarlo.
Luego de mojarse la cara, salió de allí con su mente más fresca. Se le ocurrió que lo mejor sería ir a buscar a Kay y contarle todo. No sabía si estaba en clases o no, pero por lo menos podría dejarle alguna nota para que se vieran y decirle los planes entre Alberto y David. Lógicamente él no sabía los detalles, pero por lo menos serviría de advertencia, para que cuidara de Andrea cuando le dieran de alta. Y ahora que lo pensaba, ¿qué sería de Andrea? ¿Estaría bien? ¿Habría podido hablar con Kay y arreglarse entre ellos? Lo ignoraba, pero esperaba que así fuera. Andrea ya había sufrido demasiado.
Con esa idea en la cabeza, se encaminó hacia el cuarto de Kay. Se sentía nervioso. Nunca había hablado tan directamente con él. ¿Y si malentendía sus intenciones? No. Imposible. Él no era como su hermano.
— ¡Basta! —; ese grito tan cercano le llamó la atención. No sólo porque provenía desde el cuarto de Kay, si no porque la voz le era familiar: — ¡Vete de una vez!
Preocupado, José apuró el paso hacia la habitación, y abrió la puerta. Allí estaba Andrea, en cuclillas sobre la cama, agarrado de la almohada como si recién hubiese dado un golpe con esta. Su respiración era agitada y temblorosa.
— ¿Andrea? —; no sabía que era lo que más le sorprendía: verlo allí fuera del hospital o su extraño estado.
El joven al oír su nombre, poco a poco levantó la mirada para encontrarse con él. Al principio no le reconoció, pero a medida que éste se le acercaba, un gusto amargo se le apoderó del estómago haciendo que le recibiera secamente.
— ¿Qué haces aquí, José? — su voz era fría, como el Andrea de antaño.
— V-venía a hablar con Kay —respondió tímidamente, ante esa amenazante mirada.
— ¿Con Kay? ¿Y qué tendrías que hablar con él? — su celo fue notorio.
— No me malinterpretes, Andrea. Venía a ver si tenía un libro que me facilitara —mintió. Debía reconocer que el tono amenazante del muchacho le había intimidado.
— ¿Un libro? ¿A estas horas de la mañana? ¿No deberías estar en clases?
— Ya te dije que no me malinterpretaras. Puede que me haya equivocado con el horario…
— ¡Mientes! — chilló Andrea, apretando la almohada y dejando salir desde su cuerpo unas delgadas sombras en forma de zarpas, que se detuvieron antes de entrar en contacto con José.
—… ¿Andre…? — estaba estupefacto. No sabía que pensar.
Andrea dejó la almohada a un lado, abrazándose a sí mismo. Tiritaba como si fuese invierno, a pesar de los cálidos rayos de sol que penetraban por la ventana y que golpeaban su espalda. El otro se asustó.
— Perdóname… — musitó angustiado, como si contuviera algo —. No quise hacerlo. Él me controla hasta los celos. Vete…
— ¿Qué sucede, Andrea?
— Mi cabeza… —susurró, acurrucándose en la cama.
— ¿Andrea?
— ¡Vete! — su voz sonó doble. Su pelo variaba entre su tono claro a uno más oscuro, mientras una extraña aura lo envolvía. José tuvo que retroceder, espantado. No comprendía lo que estaba sucediendo.
Dentro de sí, Andrea libraba una batalla con Eindrea:
“¡No te voy a dejar”; decía el joven, quien forcejeaba en contra del fantasma.
“¡Yo no te voy a dejar! Me llamaste del más allá desde tu agonía, y ¿ahora pretendes desecharme por una estúpida ilusión?”
“No es una estúpida ilusión… ¡Kay me a…!”, no pudo completar la frase. Eindrea se había abalanzado sobre él y se encontraba estrangulándolo contra el suelo. Andrea intentaba quitárselo de encima, pero mientras más fuerza ejercía en su lucha, más fuerza adquiría el fantasma. Eindrea sonrió:
“Somos hermanos, ¿recuerdas? Tu fuerza es la mía”.
“No… no somos hermanos. Por mucho tiempo me… auto… convencí… de que así era… pero… no-no lo somos…”
“¡Mentira! Sí lo somos. Desde el día que me invocaste en tu delirio de muerte. Soy parte de tu deseo moribundo. ¡Soy parte de tu alma!”
El joven trataba de recobrar el aliento, pero intuía que si seguía de ese modo, su ente gemelo le ganaría y se llevaría todo lo bueno con él. ¡Y él no lo iba a permitir!
“Ríndete, Andrea. ¡Yo soy tu propio deseo de muerte! ¡Tú me creaste para tu resguardo! ¡Querías morir y aquí estoy! De ser un simple anhelo tuyo, terminé por ser una parte de ti. ¡Sí! ¡Una parte de ti! ¡La que no quería vivir; la que no quería seguir luchando! Me pude independizar de tus pensamientos… y al contrario de ti, a mi si me importaba lo que tú no deseabas. ¡Y ahora es mi oportunidad! ¡No voy a dejar de existir por tu culpa! ¡Te mataré y me quedaré con tu cuerpo!
“No puedes… Sí me matas, morirás tú también”; y logró propinarle un rodillazo en el estómago, lanzándolo hacia un costado. “Ya que… somos lo mismo”.
Eindrea se levantó con una gran sonrisa.
“Entonces… volvamos a ser uno”.
José no sabía qué hacer. Andrea se encontraba sobre la cama, con notorias tercianas y tal vez, alucinaciones. Pero, de ser así, ¿acaso él no estaba alucinando también? La sombra que se posaba sobre el joven era demasiado real para ser producto de su imaginación. ¿Qué podría hacer?
Trató de acercarse a él una vez más, pero fue despedido por los aires por una extraña descarga, chocando contra un mueble. No podía dar crédito a lo que veía. ¿Acaso estaba soñando, o de verdad había una sombra densa, con forma humana atacando a Andrea? Y antes de que pudiera pensar en alguna respuesta lógica, una nueva visión le rompía la cordura.
Fairy había llegado.
— ¡Andrea! — chilló en un intento de ayudarle, sin resultado alguno. La descarga le dejó cerca de José, quien estaba atónito sentado en el suelo.
“Si tan sólo Lyo estuviera aquí”, pensaba, mirando a su alrededor. Pronto sus pequeños ojos tomaron en cuenta al joven hermano de Alberto.
— ¡Ve a buscar a Lyo! — exclamó desesperada, tratando de alzar el vuelo — ¡Ve a buscar a Lyo, mientras yo intento algo!
El muchacho le miraba más asustado que confundido, y no atendía a la petición.
— ¡Ve a buscar a Lyo! ¡Rápido! ¡Andrea corre peligro!
Tal vez fue la palabra “peligro” o lo bizarro del entorno, que le hizo levantarse de golpe y salir rápidamente de allí. Debía traer a Lyo a toda costa. Necesitaba una explicación.
Alberto, por su parte, había salido de su habitación cargado con su mochila y un banano (monedero que se cuelga en las caderas) ceñido. Caminaba algo apurado, bajando por la escalera sur (contraria a la que usualmente ocupan los alumnos) para evitar cualquier encuentro casual con José o quien fuera. Al llegar abajo, dobló por el pasillo que conducía los baños para encaramarse en una reja de contención y que servía para separar esa zona con el patio trasero. Miró hacia ambos lados antes de proseguir y cortar camino hacia la salida trasera, esquivando la caseta de guardia de don Luís y sus perros. Ya lejos del campo visual de cualquiera que pudiera pasar por ahí, corrió un trozo de muro que estaba sobrepuesto en un gran agujero, para abrirle paso a un hombre alto y de gran espalda, que le miró despectivamente al ingresar. Era David.
— ¿Me tienes las cosas? — preguntó sin ninguna cortesía.
Alberto le entregó la mochila que llevaba al hombro, serio, sin decir palabra alguna. David no tardó en revisar su interior.
— Falta el diario de Andrea. Quedamos en que me lo entregarías en esta ocasión.
— No pude conseguirlo — respondió de manera tosca, mirando su entorno; — Andrea no lo tiene en su habitación, así que no pude robarlo.
— ¿No lo tiene? ¿Y quién lo tendría si tu mismo me aseguraste que lo había recuperado?
— ¿Su novio, tal vez? — y una torcida sonrisa se esculpió en su rostro.
David le miró seco.
— ¿Novio?
Alberto mantuvo su sonrisa unos segundos más. Era lógico que David ignorara algunos acontecimientos que rondaron a Andrea en estos meses de expulsión. Si bien estaba al tanto de que Kay le salvó la vida y que tenía un amigo llamado Lyo que le ayudó a recuperar el diario, no sabía –ni sospechaba – que tan cercano era del primero. A qué punto había llegado la relación entre quién le quitó el puesto de matón y su primo.
— Alberto.
— Sí, David. Novio. ¿No lo sabías?
— Por supuesto que no. No me lo habías dicho.
— No tenía porqué de todas formas. Mi misión era molestarle, mientras tú borrabas todo lo de mi hermano.
— ¿Quién es?
— Alguien que conoces muy bien — y le dio la espalda para comenzar a caminar.
— ¿Quién? — demandó tomándole por el hombro y voltearle de golpe.
— Kay.
El rostro de David se puso pálido, antes de tensarse. Alberto le hizo un gesto para que lo siguiera.
— Sí tienes algo que decirle, aprovecha ahora. Pronto será la hora del recreo, así que podríamos esperarlo en el patio trasero. Se reúne todos los días con Lyo allí.
El primo de Andrea se quedó pensativo antes de seguirle. No confiaba en él.
— ¡Hey! — le dijo Alberto, mirándole por sobre el hombro — aprovecha ahora. Después no tendrás cómo hacerlo.
— Mejor llévame a su habitación. Es más sencillo porque todos están en clases, ¿o no? Y mucho más seguro que verlo en el recreo.
El menor no respondió. Debía reconocer que ese desgraciado era muy astuto. No podía hacerle entrar más en sospecha, así que le siguió el juego.
— Tienes razón. Pero debemos ingresar por la zona sur. Sé una ruta para que no nos vea don Luís.
— Yo conozco otra mejor. Sígueme.
Alberto sonrió. No sabía si eso era buena suerte o un descuido de su cómplice; pero debía reconocer que mejor oportunidad como esa no volvería a tener.
“Jamás se le da la espalda al enemigo”, pensaba mientras le seguía de cerca.
Todo acabaría dentro de poco.
Y mientras Alberto y David se perdían en el patio trasero, José les descubrió por la ventana mientras corría escaleras abajo. Se quedó paralizado, pendiente de los movimientos de cada uno, olvidando por completo hacía donde iba. No podía creer, que a pesar de lo hablado en la mañana, su hermano aún se empeñaba en cooperar con ese infeliz. ¿Y así quería que le diera una oportunidad?
Pero una voz cercana le distrajo.
— ¡Lyo! — chilló el muchacho aferrándose a él. — ¡Qué suerte que te encuentro!
— ¿Qué sucede? Dímelo de prisa, que voy apurado.
— ¡Andrea!
— ¿Qué sucede con Andrea?
— ¡No lo sé! Fui a la habitación de Kay para decirle algo, y allí… allí… ¡No lo sé muy bien! ¡Una sombra le atacaba! — decía tratando de ser lo más creíble y cuerdo posible — Y de pronto llegó una criatura extraña…
— ¿Un hada? —le interrumpió ansioso.
— ¡Sí! Lyo… de verdad no sé que sucede, pero me dijo que debía encontrarte y llevarte hacia allá.
El joven se sacó los lentes, y le quedó mirando serio. José tembló.
— ¿Entonces viste al fantasma que acosa a Andrea?
El menor no supo qué responder.
— Ya veo. Es una lástima, pero tú no debiste verlo.
— ¿Qué me quieres decir? — e instintivamente retrocedió.
Lyo se acercó al muchacho lentamente. Le tomó del rostro y le sostuvo la mirada hasta que éste no pudo mirar hacia otro lado que no fueran esas penetrantes pupilas. Un escalofrío recorrió su espalda, pero ya no podía huir.
— Escúchame atentamente, José. Tú no has visto a Andrea, ni nada extraño que tenga que ver con él. Desde este instante, queda despojada de tu memoria todo lo que tenga que ver con Andrea éste día. No lo has visto, no has hablado con él y tampoco has sido testigo de ningún hecho que no sea razonable. No hay fantasma y no hay hada. Y tampoco me has visto a mí.
Cuando José parpadeó, se encontró en medio de las escaleras solo y un poco mareado. Confundido miró a su alrededor y pronto recordó que quería hablar con Kay, pero que al parecer no le había hallado en su habitación. Entonces, ¿qué hacía allí?
Miró hacia la ventana y pudo ver la silueta lejana de su hermano. En ese instante su mente le jugó una mala pasada y creyó que le venía siguiendo desde que le viera por la ventana. Y guiado por esa idea, bajó las escaleras rápidamente para darle alcance.
Mientras tanto, Lyo subía presurosamente hacia el tercer piso. Su instinto no había fallado. Cuando hubo terminado su charla con el rector, corrió inmediatamente hacia allí, preocupado como nunca. No se imaginaba que José sería la prueba suficiente para corroborar sus sospechas y se lo agradecía, aunque lamentaba haber tenido que ocupar ese hechizo con él. De seguro, andaría despistado un par de horas.
Al llegar a la habitación la encontró vacía; sin rastro de Andrea ni del fantasma, con el entorno desordenado como si un huracán hubiese ingresado por la ventana. En el suelo, la pequeña Fairy estaba maltrecha e inconsciente. Rápidamente se acercó a ella, tomándola con sus manos.
— Mi pequeña amiga, hiciste lo que pudiste para retenerlo, ¿verdad? Ahora mereces descansar.
Flexionó su brazo y la acurrucó como quien cargara un bebé en miniatura. Buscó rápidamente su móvil en el bolsillo para llamar a Katherine. No había tiempo para entrar en detalles.
— Sólo ve a mi habitación ahora — decía mientras corría hacía allá —. Allí encontrarás a mi hada sobre la cama. Cuídala por favor hasta que despierte. Ella entrara en detalles. Yo voy a buscar a Kay.
– Sala de clases:
Kay había terminado su examen exhausto, y no porque las preguntas fueran difíciles o largas de contestar, sino porque su desvelo le estaba pasando la cuenta. Tenía ganas de salir de la sala y correr hacia su habitación para abrazar a Andrea. Era un antojo extraño, algo cursi, pero era así como se sentía. Después de todo lo que había pasado, sólo necesitaba tenerlo cerca.
— ¿Y cómo te fue en la prueba? — oyó la voz de uno de sus compañeros, que se acercaba a su banca.
— Yo creo que bien. Ahora sí que estudie.
— Es bueno escuchar eso —; agregó Manuel, desde atrás.
— Tú cállate. Tampoco estudiaste en el examen pasado.
Manuel sonrió, acercándose.
— Cómo sea… lo importante es salir bien con las notas — dijo, sentándose sobre la mesa —. ¿Y bien?
— ¿Y bien qué?
— ¿Cómo te fue ayer en el hospital?
El joven sintió que sus mejillas se sonrojaban de golpe ante la pregunta, y las miradas sospechosas de sus amigos no le ayudaban a disimularlo. Manuel se echó a reír.
— Qué bueno que las cosas entre ustedes se haya arreglado.
— Manuel…
— No te preocupes —musitó con complicidad, para que los demás no escucharan —; yo te apoyo.
En ese instante, Lyo le llamó desde la puerta agitado. Kay se preocupó de inmediato.
— Tenemos un problema, Kay.
El joven se levantó de su asiento y salió junto a Lyo ignorando que su profesor le negaba la salida. Lejos de la sala, Kay preguntó qué sucedía ahora.
— La verdad… es que no sé por dónde comenzar — respondió su amigo, mientras apuraba el paso hacia las escaleras.
— ¿Andrea? ¿Sucedió algo con Andrea? ¿Se topó con Alberto o…?
— No, Kay. Pero sí tiene que ver con Andrea.
— ¿Qué pasó ahora? — su tono comenzaba a sonar preocupado.
— Mira, ya te dije que no sé por dónde empezar… pero tiene que ver con la presencia que viste ese día en la sala de la psicóloga.
— ¿La que se interpuso en mi camino?
— Sí, esa.
— Explícame.
— No hay tiempo ahora, luego te…
Pero Kay le detuvo en seco, tirándole del brazo para mirarle directamente a los ojos.
— Yo creo que ya he esperado mucho para una explicación. Dime ahora y de manera resumida, qué rayos está pasando.
Lyo dio un denso suspiro, mientras se acomodaba las gafas. Sentía apremio por encontrar a su amigo y al fantasma, pero ya no podía dilatar más aquello. Se apoyó en la baranda, antes de mirarlo seriamente.
— Andrea está siendo acosado por un fantasma.
Kay no supo que decir ante “tal revelación”.
— Bueno, eso fue lo que descubrí cuando llegué aquí —, prosiguió su amigo — Puede que suene un poco duro a estas alturas, pero debes saberlo. La psicóloga temía alucinaciones de Andrea, cuando éste le comentaba que era acosado, día y noche, por el fantasma de su supuesto gemelo. Ella es una mujer profesional y escéptica, por supuesto que no se iba a tragar de buenas a primeras tal cosa. Pero –anda a saber tú cómo – tuvo la sospecha de que Andrea no mentía. Así que, me llamó para que viniera a investigar.
— Espera un segundo… —le interrumpió confundido — ¿Me estás diciendo que llegaste a este instituto porque te mandaron a investigar a Andrea?
— Así es.
Un denso silencio les rodeó por algunos segundos.
— Te lo voy a resumir, Kay. El día que nos conocimos no fue coincidencia. Tuve que inventar eso de que andaba perdido para llamar su atención. Eso sí, di muchas vueltas en el patio hasta dar con ustedes. Conocía a Andrea por una fotografía escolar que me entregó mi tío. No fue difícil, la verdad. Luego, era cosa de esperar.
— Entonces… ¿Todo este tiempo nos has utilizado?
— Calma, Kay. No es así. Si es verdad que un principio debía acercarme a Andrea por mi investigación, eso no significa que la amistad que forjamos en el proceso es mentira. De hecho, no me esperaba llevarme tan bien con ustedes y sobre todo contigo. Así que no ocupes el termino “utilizar” en esto. Me hace sentir mal.
— Pero nos mentiste. Jamás nos dijiste nada.
— No les mentí… sólo oculte cierta información. Entiende que si decía a lo que venía, tal vez la presencia fantasmal que buscaba no se mostraría tan fácilmente. Claro… que ni yo pensaba que esto sería tan complicado. Nunca les oculté lo que yo era. Sin embargo, no podía dejarme en evidencia.
Kay dio un suspiro cansado, tratando de entender lo que oía. Lyo sabía que no era algo digerible, pero él necesitaba saberlo y como buen amigo, intentaba ponérselo fácil.
— Compréndeme Kay, que para mi tampoco ha sido muy fácil. Hasta hace poco he estado tan confundido como tú —, y comenzó a caminar.
— ¡Ey! ¡Espera!
— Debemos encontrar a Andrea.
— Pero… ¿Hay algo más que deba saber?
— Sólo si tu mente está en condiciones de saberlo — respondió sin disminuir su paso, mientras el otro le seguía de cerca.
— ¿Qué quieres decirme?
— Si estás así de confundido, no sirve de nada que te siga contando. Sé que no es algo fácil de creer, pero tampoco puedo obligarte a hacerlo. Sí te cuesta mucho en convencerte de esto, pues no deberías tratar de hacerlo. Es mejor para ti y Andrea que este tema nunca se toque entre ustedes. ¿Comprendes?
—… No.
Lyo se detuvo, para mirarle hacia atrás.
— ¿No?
— No, Lyo. Por supuesto que estoy confundido, pero es algo que atañe a Andrea y yo no puedo hacerme el tonto. Además sé que no es mentira, porque esa cosa que vimos ese día, ese supuesto fantasma, yo lo volví a ver.
— ¿Se te presentó? ¿Cuándo?
— Al otro día del incidente. Me estaba vistiendo cuando apareció esa extraña sombra ante mí, me miró… y se fue. Luego me junté contigo para ir al hospital.
— ¡Y por qué no me habías dicho!
— ¡Y cómo iba de hacerlo, si ni yo entendía que sucedía!
Lyo se sacó los lentes para masajear sus párpados.
— Lyo… por favor. No hagas esto más largo.
— Cuando pude ver por primera vez al fantasma de Andrea, supe que algo no iba bien —, respondió reanudando su caminar, rumbo al pasillo que guiaba a la cancha de deportes —. Tenía la misma energía de Andrea y al parecer… su mismo potencial. Estuve observando y estudiando todo lo que hacía tu novio en este tiempo —le miró, a la vez que se volvía a colocar los lentes, con una cálida sonrisa —. Por eso no me costó deducir que Andrea estaba muy enamorado de ti.
Kay se sonrojó levemente, mirando hacia otro lado. Su amigo prosiguió:
— Bueno, entre muchas cosas que pasaron, por fin Andrea acudió a mí y me contó su problema. Según sus propias palabras, que después contradijo casi delirantemente, era que ese supuesto ente que le acosaba era su hermano gemelo, corroborándome lo que me había dicho la doctora… y ahí estaba lo extraño del asunto.
— ¿Lo del gemelo? ¡Pero si Andrea es hijo único!
— Por eso te digo que era extraño. Sin mencionar sus delirios. Era como si él nos quisiera hacer creer que el fantasma existe y que es una parte ajena de si mismo, cuando casi de inmediato, afirma no conocer su identidad. ¡No concuerda en lo absoluto! Así que después de mucho estudiar y leer los archivos psicológicos de Andrea, pues llegamos a la conclusión que tanto la doctora y yo teníamos razón.
—No… no comprendo nada, Lyo.
— Qué el fantasma es producto de la mente de Andrea y que… — notó que su amigo iba a decir algo, pero le hizo un gesto para que siguiera oyendo — éste cobro vida.
— ¿Qué?
En ese momento, se escucharon unas voces potentes que venían de los camarines. Allí algunos alumnos habían huido desde el interior, y se encontraban mirando hacia la entrada sin atreverse a ingresar. Desde allí alguien salió corriendo, perdiéndose por el fondo.
— ¡Es Andrea! —chilló Kay.
— ¿Qué sucedió aquí? — preguntó Lyo, acercándose a uno de los alumnos.
— No sé la verdad… pero cuando veníamos ingresando, le vimos gritar y maldecir, rompiendo los espejos con el bote de basura.
— Intentamos detenerlo… sin embargo nos atacó, así que tuvimos que huir. No sé, parecía como endemoniado.
Kay no espero ni una palabra más y se fue corriendo por dónde el joven había escapado; mientras Lyo tuvo que acudir a sus artimañas para borrar de su memoria lo que ellos acababan de presenciar.
Andrea corría desesperadamente hacia la azotea. No quería pasar frente a ningún espejo o cristal que pudiera reflejarle el rostro amargo y acosador de su fantasma. Él estaba ahí, en cada ventana, piscina, vidrio o cristal. Era cosa que el joven se detuviera frente a algo que le mostrara su reflejo, para que su propia imagen fuera reemplazada por la de Eindrea. Quería su alma, quería su cuerpo, quería su vida. Su otro yo había sido muy claro; él ya no la merecía. Y aunque en parte tuviera razón, no iba a permitirlo. Ahora tenía muchas cosas valiosas por las cuales vivir y no quería intimidarse contra el alma que él mismo creó en sus primeros delirios de locura.
Subió las escaleras casi sin aliento, pero logró llegar hasta dónde quería. Exhausto de tanto correr, se afirmó de las rejas, tratando de recuperar el aire. Eindrea estaba a sus espaldas.
— Déjame… déjame de una vez — suplicaba Andrea.
“No. Ahora que lo pienso, siempre me pedías que me alejara, pero jamás hiciste nada. Me chillabas, me reclamabas y me hacías todo ese escándalo exagerado… pero nunca hacías nada. ¡Pudiste eliminarme! Sin embargo, era más fácil para ti creer que un fantasma imaginario te deseaba la muerte, que tu mismo. ¿Acaso con eso pretendías morirte con el alma limpia? ¿No querías morir con la conciencia intranquila?
— ¡Calla! Yo… yo no sabía lo que quería entonces… ¡Estaba mal!
“NO HAY EXCUSAS”.
En el acto, la reja en la cuál se sostenía Andrea comenzó a ceder, abriéndose de los lados y haciendo que por poco, el joven cayera al vacío. De rodillas en el borde, pudo ver como el trozo de fierro caía pesadamente hacia la piscina.
“Mírame, querido Andrea. Mírame”.
La mariposa que estaba dibujada en la pared del fondo se vio proyectada frente a sus ojos, transparente y gigante, como un fantasmal holograma. El joven retrocedió hasta quedar lejos del borde, sudando frío. Los ojos pintados en las alas, se transformaron en una amenazadora mirada verdosa que le hizo desfallecer. En su inconciente, Eindrea le apretaba la garganta con una sola mano.
“Eres mío… al fin”
– Edificio estudiantil; aparcamiento.
David y Alberto llegaron allí en silencio. Según lo que había comentado el primo de Andrea, en ese lugar se encontraba una entrada clausurada y que daba hacia el pasillo inferior de la sección de los dormitorios. El motivo de su cierre fue porque iban a construir el actual estacionamiento y que podría prestarse para que alumnos se fugaran a horas indebidas. Lo irónico del asunto, es que los alumnos antiguos conocían ese pasaje y lo ocupaban para escaparse a horas indebidas, para consumir alcohol u otros menesteres, sólo porque la entrada estaba clausurada pero no totalmente sellada. Se encontraba oculta detrás de muchos escombros, escaleras y objetos varios que los constructores dejaron allí luego de concluir su trabajo. Por el otro lado de la puerta, la imagen se repetía pero con objetos de aseo viejos y olvidados.
— No es un buen escondite —, comentó Alberto, mientras le seguía de cerca — Aunque debo reconocer que cada vez que bajaba las escaleras y veía en ese pequeño hueco de la pared esos cachureos, nunca creí que detrás de ellos había una entrada que guiaba hacia el estacionamiento.
— Como sea. A mi esto me ha servido para muchas cosas —respondió, corriendo los objetos hacia un lado, lo suficiente, para poder pasar, pero sin descubrir el acceso en su totalidad.
— Para muchas cosas, ¿eh? — susurró. Sigilosamente se descolgó el banano que llevaba en su cadera, para sujetarlo firmemente de uno de los extremos como si fuese una boleadora.
José les había seguido con precaución, no muy de cerca, para evitar que lo vieran. Ahora, escondido detrás de unos automóviles, pensaba que hacer. Desde donde se encontraba, podía distinguir la espalda de su hermano y parte de David, que al parecer estaba buscando algo entre esos escombros. Si se acercaba demasiado sería peligroso, pero si no actuaba tal vez algo malo sucedería.
“¿Qué hago?”; pensaba, “David está aquí y eso no es nada bueno”.
Intentó llamar a Lyo, pero no obtuvo respuesta. Desconocía el número de Kay y no sabía si llamar a la psicóloga. Debía advertirle a alguien, pero un sonido seco le distrajo. Alberto había golpeado a David en la cabeza, con su banano; un simple monedero que en vez de dinero, el joven siempre mantenía lleno de duras piedras.
David tardó en darse cuenta que fue lo que le había sucedido. De rodillas al suelo, se tanteó la parte trasera de su cabeza y la notó húmeda. Y antes de que pudiera decir algo, Alberto le daba un segundo ataque.
— ¿Qué se siente ser el indefenso ahora? — le decía, dándole una patada en el estómago.
— ¿Qué mierda pasa contigo? —rugió David, tratando de reponerse.
El joven le propinó otro golpe con el banano, en el rostro.
— ¡Y tienes el descaro de preguntar! Me importa un comino tus asquerosos juegos y a quienes involucres, ¡Pero tocaste a mi hermano!
José se quedó de una pieza al oír eso. David sonrió toscamente.
— Qué gracioso —respondió, haciéndole una llave con sus piernas a la altura de sus pantorrillas —. Tengo entendido que tú tampoco eres un santo.
Alberto cayó de costado, y no se percató del contraataque de su oponente. Una fuerte patada en la quijada le dejó de espaldas, confundido. David se le tiró encima para golpearle, pero logró agarrar sus manos y comenzar a forcejear.
— ¡Alber…! — calló. Para su fortuna, ambos jóvenes estaban muy pendientes de su pelea como para notar su insignificante presencia. Rápidamente cogió su móvil y marcó el número de la doctora. Al oír su voz, sólo pudo murmurar con apremio y preocupación: — ¡Alberto y David se están peleando en el estacionamiento! ¡Necesito ayuda!
Y colgó, sin percatarse que el buzón de voz estaba activado.
– Patio trasero; próximo a la azotea.
A Lyo le costó alcanzar a su amigo y seguirle el paso. Claramente era el mejor atleta que tenía el instituto y ese día no quedó en duda. Le pidió un par de segundos para recobrar el aliento, antes de proseguir en lo que estaban.
— ¿Estas seguro que es por acá? — preguntó Kay, mirando hacia la azotea.
— Sí. De aquí siento la energía de los dos — tomó aire antes de proseguir —. Te dije que ibas corriendo por el camino equivocado. Menos mal que te quedaste parado cerca de la cocina.
— Yo le vi correr fuera de los camarines, rumbo al gimnasio, pero de ahí no sabía si había doblado hacia la biblioteca o la cocina, y como esta quedaba más cerca…
Lyo dio un suspiro.
— Como sea. Debió doblar por el pasillo de la biblioteca o algo, hasta llegar aquí. Vamos.
Kay fue el primero en echar carrera escaleras arriba, mientras su amigo intentaba que sus piernas no murieran en el proceso. Al llegar arriba encontraron a Andrea, en medio del lugar, levitando suavemente a pocos centímetros de la superficie. Estaba de espaldas, mirando hacia el cielo, indiferente a todo. Kay quiso acercarse, pero su amigo le detuvo.
— Es increíble todo esto, ¿no creen? — les dijo, sin mirarles. Su voz era más suave y metálica —. Mi padre no me quería. Dijo que yo era un impostor que había usurpado el cuerpo de su hijo… y al parecer tenía razón. Un hijo suyo no podía ser como lo era yo. Entonces, él regresó a exigir lo suyo.
Volteó suavemente, mostrando una hermosa y, a la vez, amarga sonrisa, que conjugaba perfectamente con esos penetrantes ojos verdes azulinos.
— Y aquí está.
Kay retrocedió, atónito. Aquel que estaba allí no era su Andrea. Lyo, en cambio, adelantó el paso.
— Así que por fin nos encontramos, Eindrea.
El joven sonrío divertido.
— Andrea, dime Andrea, como siempre debió ser. No en vano he vuelto a unirme a quien me dio la vida.
— No… no comprendo — balbuceó Kay, intentando de comprender lo que tenía en frente a sus ojos.
— Soy el delirio de muerte de tu amado —respondió Eindrea, con tono burlesco —. Ahora él y yo somos uno. Lo lamento tanto por ti, pero él ya no volverá. Yo domino este cuerpo.
Lyo se sacó la chaqueta de su uniforme y se acercó con aura dominante hacia el muchacho. Éste le miró despectivamente:
— ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
— Ha sido mi tarea desde el principio. Además, tengo a un amigo que ayudar.
— Qué cursi.
— Dí lo que quieras —; y se colgó al cuello, su cruz artesanal que había arreglado y potenciado días atrás.
— ¿Aunque eso signifique dañar a tu amigo? Sabes muy bien que si me eliminas, él único perjudicado aquí será mi otro yo.
A Kay no le gustó como sonaba eso.
— ¡Lyo!
— Lo sé, Kay. Pero es un riesgo que debo correr.
— ¿Qué? Es Andrea quien está en juego. ¡No puedo permitir que salga dañado!
— Pues vas a tener que dejarme.
Kay se interpuso entre su amigo y el falso Andrea, serio.
— No me estorbes — la mirada amarillenta de su amigo parecía más amenazante que nunca.
— Sólo si hay otra opción. Entiéndeme. Esto ya ha sido demasiado.
Lyo le sonrió con ternura antes de responder:
— Tienes razón; es demasiado… pero — le tomó del brazo y, como buen discípulo de Judo, le dio vuelta, lanzándolo hacia atrás, lejos de él y de Eindrea — ¡No me estorbes!
Kay intentó pararse, pero no pudo. Por alguna razón su cuerpo se encontraba pesado y un mareo confundía su entorno. Ante la curiosa escena, el fantasma se echó a reír.
— Esto sí que es nuevo para mí. ¿Magia más artes marciales? Qué ridículo.
— Nop. —; respondió Lyo, encogiéndose de hombros — Lo lancé mal y debió pegarse en la nuca. Estará aturdido por unos minutos. Mi maestro me regañaría por esto.
— ¡Me tomas por un imbécil!
— Cree lo que quieras.
Eindrea sonrió y estiró los brazos a modo de invitación.
“Entonces, ven a mí”.
En tanto, Katherine corría hacia la dirección que le guiaba el hada. Había quedado tan débil con su intento de detener a Eindrea, que ésta iba en el hombro de la enfermera, sujetándose del cuello y la ropa. Sabía que Lyo estaba frente a frente con el fantasma y que estaban debatiéndose. Podía reconocer claramente la energía de su amo, más que la del fantasma.
— ¡Están en la azotea, Katty!
— Nunca en mi vida había corrido tanto… ¡Y con tacos!
— ¡Sólo apúrate!
Kay sintió pasos provenientes de la escalera y miró hacia la entrada, mientras se paraba lentamente. El golpe contra el duro concreto había sido fuerte.
— ¡Kay! — chilló la hadita.
— ¡Lyo! — gritó la enfermera.
Pero Lyo ni siquiera las había sentido llegar. Estaba dándole un certero derechazo a Eindrea, que le dejó en el suelo. No tardó en subirse encima de él y tomarle las muñecas.
Una visión que a Kay no le agradó en absoluto, por cierto.
— Vaya… pensé que los hechiceros peleaban con magia — se burló Eindrea, intentando soltarse el agarre—. Eso no fue muy caballeroso —. Pero cuando intentó darle una descarga para alejarlo, se dio cuenta que no podía.
Lyo estaba ocupando su propio cuerpo como emisor.
— Digamos que soy poco convencional — respondió con voz fatigada. Al parecer, el hecho de ocupar su propia energía para anular la de su contrincante era difícil.
— Pero tu estilo al parecer no es muy bueno.
Lyo sonrió. Sabía que no podía estar así por mucho tiempo y se negaba a ocupar sus hechizos por miedo de dañar a Andrea. Ya le había pasado tiempo atrás, cuando era un novato. En aquella ocasión, le llamaron para un exorcismo en el campo y se encontró con un problema similar con el que lidiaba ahora. Un joven muchacho, de no más de doce años, con problema de doble personalidad, había creado en su locura un ente acosador; pero a excepción de lo que sucedía con Andrea, éste no quería su muerte sino confabulaban juntos para hacer daño a los demás. El joven ocupaba su alter ego para atormentar a los miembros de su familia, y en su defensa decía que era controlado por un espíritu maligno. Lyo hizo lo suyo, pero el joven, al verse desposeído de su mitad mental, quedó con un serio daño que le impedía moverse o comer por sí mismo. La familia lamentó el hecho, pero no lo culparon.
“Es su castigo”; le dijeron. Y con eso, el caso quedó resuelto.
Desde entonces, Lyo fue más cuidadoso con sus procedimientos y minucioso en sus estudios. La mente humana podía ser poderosa, sobre todo cuando se tiene una habilidad que no se sabe controlar.
— ¿Crees que no soy bueno? — le dijo Lyo, intentando ganar tiempo.
— Sí —; y su cuerpo comenzó a emitir calor para que éste le soltara.
— Es malo… fiarse.
Sin previo aviso, le propinó un feroz cabezazo, que dejó al fantasma aturdido un par de segundos. Lo suficiente para tomar su cruz de madera –sacándosela de un tirón – y dejarla apoyada en la frente ajena. Eindrea pegó un grito.
— ¡Quema!
— No quema, arde. Es para mantenerte quieto.
Colocó las manos sobre el pecho del joven y cerró los ojos. Un aura grisácea le rodeó, formando un halo neblinoso en su entorno. Era invisible y sólo Eindrea y el hada podían percibirlo.
— ¡Andrea! Sé que puedes escucharme. ¡Soy Lyo!
Desde el interior, en un lugar oscuro y frío, Andrea reaccionó. Estaba dentro de una burbuja, desnudo.
— ¡Quiero formar un puente! ¡Necesito que me ayudes!
— Lyo… — salió de los labios del joven.
Andrea intentaba romper la burbuja, pero su alma gemela estaba justo enfrente suyo para detenerlo. Lyo también estaba allí.
“¿Qué haces aquí?”
— Formé un puente. Es la única manera de sacarte de aquí, sin dañar a Andrea.
Eindrea soltó una potente carcajada.
“Ridículo. Si me dañas…”; entró a la burbuja en dónde se encontraba el muchacho, “Él muere”.
Lyo miró a Andrea. Notó que ambos estaban conectados por una sutil cadena que nacía desde el medio de sus pechos.
— ¡No le hagas caso! ¡Tú has lo tuyo! — agregó Andrea.
“¡No tiene el valor!”.
Lyo salió despedido hacia un costado, mientras la cruz se rompía en miles de pequeñas astillas que cayeron a los pies del joven.
Kay dudaba en acercarse. Katherine sólo rogaba que eso acabara pronto.
— ¡Lyo! — se oyó la voz reconocible de Andrea, que se abrazaba a si mismo — ¡No pierdas tiempo y hazlo! ¡Yo no podré detenerlo por mucho tiempo!
— Pero… ¡Puedes salir dañado!
— ¡Prefiero eso que vivir con este mal todos los días! ¡Cúrame de esta locura! No te guardaré rencor.
Al oír eso, Kay intentó acercarse al muchacho, pero la mirada tierna y cálida del mismo, le detuvo.
¿Acaso esa mirada era…?
— Kay… pase lo que pase, ¿me perdonas, verdad?
Kay no supo como responder y sin fuerzas para acercarse, le vio retroceder hasta el borde de la azotea, donde faltaba el pedazo de reja. Palideció.
— Si no lo haces tú, Lyo… ¡Lo haré yo! — exclamó con determinación. Kay calló de rodillas.
Lyo cerró los ojos y dio un suspiro. Alzó las manos y musitó algo. De inmediato una ráfaga de viento envolvió al joven, estremeciéndolo.
“¡Idiota!”; decía Eindrea en el interior del muchacho, “Así nos acabará a ambos”.
“No me importa”; le respondió Andrea, quien le tenía sujeto desde atrás.
“¿Y Kay?”
Una lágrima cayó por su mejilla, sonriendo.
“Pase lo que pase, yo sé que él me va a esperar… dónde sea… como sea”
Y arrancó de ambos pechos, las cadenas que los mantenían atados. Eindrea le propinó un golpe, pero no alcanzó a tocarlo. Ambos, poco a poco, comenzaban a desaparecer.
El cuerpo del joven propinó un grito, peleando consigo mismo. El halo gris que le tenía sujeto, impedía moverse más allá de su metro cuadrado.
— Diese endete — sentenció Lyo, cerrando sus manos en un gesto ascendente.
— ¡No es justo! — chillaba el muchacho — ¡No es justo! ¡NO!
Una sombra negra fue arrancada del cuerpo de Andrea, y desapareció, rasgándose y alargándose, como las flamas de un incendio. En su último grito de agonía un par de lágrimas rodaron por la mejilla de Andrea. Sus ojos volvían a ser azules.
Lyo cayó de rodillas, exhausto. La descarga de ambos le desquebrajaron los lentes y su lazo para el pelo. A penas podía pausar sus jadeos. Alzó su mirada hacia Andrea, y le vio tratando de mantener el equilibrio. Lucía tan cansado como él.
— ¡Andrea! — exclamó Kay, quien de inmediato corrió hacia él. Katherine y Fairy hicieron lo mismo con Lyo.
Pero Andrea no dijo nada. Le miró fatigadamente, con una tierna y satisfactoria sonrisa antes de dejarse caer por el borde expuesto de la azotea.
— ¡Andrea!
– Edificio estudiantil; aparcamiento.
José estaba ansioso. La pelea empeoraba y no veía que nadie llegaba en su ayuda. David y Alberto se habían dado más golpes de lo que él recordaba haber visto en una disputa estudiantil. Y ahora, ninguno tenía la ventaja sobre el otro; David con la sangre corriendo por su cabeza y Alberto por las narices. En un descuido del último, el mayor le habría arrebatado el banano con las piedras y lanzado lejos, chocando con un auto cuya alarma no dejaba de sonar. En cuanto al otro, no le preocupó el hecho de verse sin su precaria arma, sino la sonrisa triunfante que su contrincante tenía en el rostro. No podía fiarse de él tan fácilmente.
De pronto, David tomó un fierro oxidado que había entre los escombros y lo propinó de lleno contra la cabeza de su enemigo. José dio un respingo. Pero su hermano era lo suficientemente duro, como para lanzarse a quitarle la improvisada arma. Estuvieron un par de minutos forcejeando y maldiciéndose, hasta que el móvil de José comenzó a sonar.
Era la doctora.
Alberto reconoció el ringtone de su hermano y eso le distrajo lo suficiente para darle ventaja a David. Este le empujó hacia atrás y José pudo ver que le daba un golpe con algo que sacó desde sus ropas. Alberto cayó de rodillas, con su mano en el abdomen, mientras el otro huía deprisa, creyendo que el móvil que sonaba era de alguien que venía por su auto. José se mantuvo escondido algunos segundos, antes de acercarse a su hermano. Su móvil seguía sonando.
Afortunadamente, David no alcanzó a verlo porque arrancó por la salida de los automóviles. Desde allí, tenía acceso directo hacia la avenida, fuera del recinto educacional. Por lo pronto, debía ir a carabineros y fingir asalto, para que le atendieran en la asistencia pública sin costo alguno. Agradecía que, justo ese día, olvidara la billetera en casa, y que las monedas que llevaba en la camisa, no entrarían en sospecha ante la policía, ya que el ladrón pudo no haberlas notado teniendo el botín mayor en sus manos. Sonrió para sí mismo, alabando su propio ingenio.
Mientras tanto, la doctora seguía insistiendo con sus llamados. Había olvidado su celular en la oficina y al volver, no se esperaba ese mensaje en su buzón de voz. No se oía muy bien; sólo palabras sueltas como “Alberto y David”, “estacionamiento… ayuda” fueron claramente comprendidas por la mujer, quien no dudó en llamarlo llena de preocupación. Al final, obtuvo respuesta:
— ¡Mi hermano…! — se oyó desde el otro lado.
— Cálmate, José. Dime qué su…
— ¡David! ¡David apuñaló a mi hermano!
— ¿Qué dices?
José intentaba ser claro, entre sus sollozos.
— ¡Estaban peleando… en el estacionamiento! ¡Por eso la llamé!
— Perdóname; lo dejé en la oficina y recién escuché tu llamado. Voy a llamar una ambulancia y le diré a Katty que vaya para allá. Tranquilo.
— ¡Por favor! ¡Apúrese!
José dejó caer su móvil a su costado, llorando y abrazando a su hermano. Lo había acomodado en su pecho, sujetándole fuertemente con sus brazos. Alberto no movía su mano de la herida, intentando contener la sangre.
— Ese… conshesu…
— No hables… te va a doler más —; le interrumpió con un dulce susurro.
— Que irónico es todo esto…
— ¡Te dije que no hablaras!
— Está bien… pero… deja de llorar… no estoy muerto…
— No es por eso… sólo estoy… asustado… — y le abrazó un poco más, colocando su mano sobre la herida también.
Alberto no dijo nada más y cerró los ojos, calmado por la calidez de su hermano y los besos que de vez en cuando depositaba en su cabeza. No los merecía, pero los necesitaba.
— Es… mi castigo, por hacerte sufrir tanto… — murmuró en un suspiro, antes de dejarse llevar por el sopor que estaba sintiendo. A lo lejos podía oír la voz suplicante de su hermano y ruidos diversos que no pudo identificar.
Ya era el momento. Debía pagar.
Cuando la doctora se comunicó con Katherine, ésta no podía creer el aura oscura que ese día se había apoderado de la institución. Primero Andrea y ahora Alberto. Nerviosa, le dijo que pronto le explicaría todo y colgó. Miró a Lyo, quien había detenido a duras penas a Kay, para que no se lanzara por la azotea, y éste, al notar que el muchacho había caído a la piscina, se fue corriendo escaleras abajo. Katherine se le acercó para ayudarle a ponerse en pie.
— Alberto fue apuñalado— dijo la enfermera, sin delicadeza alguna.
Lyo sólo respondió un denso suspiro.
— ¿Dónde?
— En el estacionamiento… por David.
— ¿David?
— Estoy igual que tú, no me dieron detalles. Debo ir al estacionamiento hasta que llegue la ambulancia.
— ¿Y qué esperas? ¡Ve ahora! No estamos lejos del estacionamiento.
— Pero…
— No te preocupes, yo estoy bien. No gasté toda mi energía. Yo me encargo de ellos. También sé primeros auxilios.
Katherine asintió, y se fue rápidamente de allí. Lyo, volteó para mirar hacia abajo. Kay había sacado a Andrea del agua, y al parecer le estaba dando respiración boca a boca.
— Andrea… por favor…
El joven tosió un poco de agua. Se encontraba aturdido y le dolía todo el cuerpo, sobre todo al respirar. Un mareo le invadía, además de sentirse adormilado, lo que le obligó a recostarse de espaldas al suelo. Kay se le acercó:
— ¿Te encuentras bien?
El joven le miró unos segundos, confundido, antes de responder.
— ¿Quién… eres tú?
La respuesta no pudo haberle herido más. Confundido, buscó a su amigo con la mirada, y le vio bajando la escalera con calma, igual que un anciano. De inmediato le encaró:
— ¡Explícame que sucede!
Lyo miró a su hadita, y ésta revoloteó como pudo hacia el muchacho.
— Kay… — le dijo con tristeza — Es algo que Lyo y yo temíamos que pasara.
— No entiendo…
— Kay… — prosiguió su amigo, acercándose lentamente —; ¿Recuerdas que dije que habían riesgos que correr? Bueno… quizá este es el menos grave.
— ¿Cómo qué menos grave? — exclamó Kay, agarrándolo por el cuello de manera amenazante. Fairy intentó separarlos, al borde las lágrimas. Lyo continuó:
— Déjame explicarte sin que te alteres, ¿de acuerdo? Sé que esto no es fácil para ti, mucho menos para mí. Al ser el fantasma parte de si mismo, de su propia mente, era de esperar que sucediera algo como esto, porque para atacar a ese ente, tenía que atacar la mente de Andrea, ¿me comprendes? Sé que es engorroso, pero fue así. Era un todo por el todo, y Andrea lo sabía, Kay. Sabía que esto, o algo peor, podrían pasar.
Kay recordó el último gesto, que le había regalado su amigo. Su corazón del advertía la despedida, pero no quiso oírle. Lentamente se acercó al joven, quien yacía en el suelo con los ojos cerrados, vencido por el agotamiento físico y mental que vivió hace tan sólo unos minutos. Le tomó en brazos y se lo llevó rumbo a la enfermería.
La doctora cerró con pesadumbres su carpeta, dejándola sobre la mesa. Frente a ella, sentado en silencio sobre el escritorio, Lyo.
— Y así termina nuestro informe —, concluyó la mujer, sacándose los anteojos.
Lyo meneó la cabeza de forma afirmativa, con suavidad. Temía que sus lentes dañados resbalaran por la nariz.
— ¿Y Kay?
— En la enfermería aún. Andrea no despierta desde la tarde.
— Es… comprensible. ¿Será permanente?
— No lo sé. Pero viendo el lado positivo del asunto, puede que sea pasajero. Andrea no perdió su mente, sólo la bloqueó, así que es cuestión de tiempo. Hay que tener paciencia. Él es un chico fuerte. Uno con gran potencial.
Se bajó del escritorio con calma y se inclinó sobre su hombro, afirmando su mano en el respaldo de la silla.
— Le voy a confesar algo — le susurró —. Cuando Andrea me dio el permiso para eliminar a su fantasma, quedé conectado a su mente en el proceso… y yo vi, querida doctora, que al despojarse de su encadenamiento él conservó un trocito del corazón del fantasma.
— No te entiendo, explícate en términos que pueda comprender.
— Andrea conservó parte de su otro yo, para no arriesgarse. Temía que podría perder parte de su mente si lo dejaba irse por completo, así que por seguridad, debe estarlo asimilando. Sellando ese cachito en lo más recóndito de su ser.
— Suena ridículo… pero creo que te puedo creer.
— Hazlo. A veces hace bien dejar de pensar racionalmente.
En ese momento, sonó el móvil de la psicóloga. Era José.
— Ya veo. No te preocupes, ya dimos aviso a tus padres. Luego te llamo —; dio un suspiro — ¿Desde cuándo me convertí en la mamá de todos ustedes?
— No me preguntes a mí. ¿Alguna noticia?
— La perforación rozó estómago e intestino… ¿Qué más puedo decirte?
— José va a tener que ser fuerte.
— Y paciente.
–Enfermería, 7:30 a.m.
Katherine se había quedado dormida en el sofá, vigilando a Andrea. La noche anterior tuvo que pedirle a Kay que se fuera a descansar, que ella lo relevaría. Al principio, Kay se negó, pero con lo cansado que estaba terminó accediendo como a la una de la madrugada. Y allí estaba ella, cansada y adolorida.
Miró el reloj.
— Dios… me quedé dormida — se dijo a si misma, luego de un bostezo. Se colocó un chaleco y notó que Andrea estaba despierto y sentado en la cama, mirándola con sus hermosos ojos azules. Esa imagen tan repentina, en vez de tranquilizarla la asustó.
— Desperté primero… y no quise incomodarte.
— No te preocupes, Andrea… ¿Necesitas algo?
— Sí… quiero ver a Kay.
Ending:
Prólogo
“Queridos amigos:
Sé que fue de muy mala educación haberme ido sin despedirme. Pero mi tarea ya estaba hecha y debía partir a trabajar en otros asuntos, así que espero que me perdonen.
No quiero que nuestra amistad termine aquí. Mantendré el contacto con ustedes y cuando tenga tiempo los iré a visitar. Realmente estoy feliz en cómo acabaron las cosas y el rumbo que ahora toma. No la tienen fácil, pero yo sé que, después de esta, podrán salir adelante con cualquier cosa.
Supe por la doctora que mi tío les dio el consentimiento para compartir habitación… ¡Pórtense bien! ¿Leíste Kay?
Ja ja ja ja.
Es buena la excusa de “por protección”, cuando bien sabemos que Andrea está curado.
A todo esto, Andrea… me gustaría entrenarte. Tienes un potencial que merece ser controlado. ¿Quién sabe? ¡Hasta podrías ser mi asistente! Claro… siempre y cuando tu futuro esposo esté de acuerdo.
Sé que aún debes estar confundido con los hechos, pero no les des más vueltas al asunto. Tu energía te dominó y por eso no recuerdas nada. Y como consejo, no intentes comprenderlo. Eso ya no te pasará más.
Bueno, me despido queridos míos. Espero que Katherine les entregue esta carta, mucho antes de que ustedes se enojen conmigo por irme tan deprisa.
Estaremos en contacto.
Se les quiere.
Lyo”.
Ya habían pasado dos semanas desde el incidente. Andrea no recordaba mucho los detalles y aunque su fantasma fue sellado completamente en su memoria, sólo le quedaba la sensación de que ocurrió algo grave e importante a causa de su poder y que debía estar agradecido de Lyo. Todo lo demás en su memoria, permanecía intacto.
Kay apareció por la puerta, con comida para gato y unas bolsas. Andrea le sonrió:
— Don Luís te mandó unos galletones que trajo de Mendoza, el fin de semana pasado. Y acá traigo la comida del gato.
— Gata — corrigió Andrea, dejando su libro de estudio al lado y sentándose en la cama —. Recuerda que Katty, mientras la estuvo cuidando, notó que era gata.
— Si sé, pero más recuerdo que es gata más me molesta que se llame como yo.
Andrea soltó una leve risa, antes de pararse y darle un beso en la mejilla.
— ¿Sólo en la mejilla?
— Hasta que no termine de estudiar… sí. Y deja las bolsas en la cocina.
Kay aceptó a regañadientes.
— Es una lástima que tengas que repetir el año — dijo desde adentro, mientras guardaba las cosas —. Así que no le veo el chiste a que estudies tanto.
— Me van a hacer exámenes de semestre igual, Kay. Si me va bien, sólo tendría que hacer un intensivo en verano y así no repetiría el año.
— Igual — refunfuñó con ternura, al salir de la cocina. Pero algo le llamó la atención y se quedó mirando por la ventana.
— ¿Qué miras?
— Es José.
Andrea se levantó de la cama, con el libro en la mano, para mirar. Llevaba unas flores en sus manos y su expresión de tristeza había desminuido estos últimos días. Sin embargo, aun tenía pequeños dejos de angustias.
— Me da pena que José haya tenido que pasar por todo esto.
— Ya verás, que las cosas mejorarán.
Al notar que su novio se ponía cabizbajo, le quitó el libro de un manotón y se sentó en su cama.
— ¡Dámelo!
— Quítamelo.
Andrea se lanzó encima de él, pero Kay le tomó de la cintura y le dejó a su lado, mirándolo desde arriba con una pícara sonrisa. El muchacho se sonrojó de inmediato, dándole un cojinzazo. Con el movimiento, unas hojas cayeron desde el interior del libro. Eran viejos apuntes de inglés.
— “Sin” —musitó el mayor, leyendo uno.
— No lo leas. Es una estupidez de cuando estaba depresivo —y le quitó el papel.
— ¿Tan pecaminoso te sentías? — le preguntó haciéndole un gesto para que se acomodara en su pecho. El joven obedeció:
— Es que… todo en mi entorno me decía que era pecado, así que le estuve dando vueltas un buen tiempo.
— Pero tú no eres ningún pecador.
— Para muchos… sí lo era.
Kay dejó el libro de lado, y suavemente tomó a su novio entre sus brazos para acercarse tentadoramente a su rostro. Andrea sólo le miraba.
— So… you’re my sweetest sin…
El joven se sonrojó, pero de inmediato le respondió con un cálido y profundo beso. Debía admitir que él era la única persona en este mundo que podía transformar sus pesares en algo bello.
Fin
PALABRAS DE LA AUTORA
¡No me maten! Mis disculpas por el atraso están demás, ya las he dado millones de veces, pero ahora me siento tranquila de haber terminado esta historia luego de cinco largos años. Sí, cinco años.
Me demoré un montón pero cumplí. Traté de dar lo mejor de mí en este último capítulo y aunque sentía que las cosas se me iban de las manos, volvería a leer, a borrar y a escribir sólo para entregarles a ustedes algo lindo que recordar.
La versión que terminé primero, la pulí y le agregué un poco de cositas malas (bueno, en realidad fue una) y espero que me perdonen. Sé que quedaron algunos cabos sueltos que quedan pendientes… pero no se preocupen. No tardaré 5 años en revelarlo. Lo juro.
Y bien, sólo me queda agradecerles a cada una de ustedes por darle ese apoyo constante a mi historia, pese a los años transcurridos, a cada una de ustedes que sin sus pataletas y demás, jamás habría podido terminar esto que, de verdad, se los entrego con cariño. A cada una de mis lectoras y lectores que jamás perdieron la fe (bueno, si la perdieron pero la recuperaban cuando daba señales de vida), que esperaron y me dieron todo ese cariño que de verdad valoro.
Valoro sus mails, sus “no te rindas”, y las pataletas constantes de Juno. Los picoteos de Cyda y el apoyo con latigazos de mi novia (na, mentira, ella me apoya con o sin látigo). Las observaciones de Lovelees y los “quiero a mi Kay” de Ryumi. A Carrie y Aya, que sin su buena disposición por ofrecerme un rinconcito de su web para dar a conocer mi obra, jamás habría experimentado el gozo que tengo hoy día. De verdad, les tengo un gran aprecio.
Y si no nombro a cada una de mis fans (puedo llamarlas así? Fans?), a cada una de ustedes, no es por que no las estime, sino porque me cuesta memorizar cada nick: Kengra, Avy, Cielis (siempre me escribe al mail), Solimar, Mary, etc., etc., etc. Sin ninguno de ustedes, SS no existiría.
Así que… de todo corazón, MUCHAS GRACIAS.
El pasado fin de semana, SS cumplió 5 años en la web (contando Amor Yaoi). Y el 29 de octubre cumplirá 2 años en Yaoi Adicción. ¡A ver si lo festejamos!
A mis fans de Yaoi Adiccion, Amor Yaoi, Facebook y Blog… con cariño.
Yuki Kuroi.
Agosto; 2:48 de la madrugada.
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yukiiiiiiii me gustaria q me explices esoschilenismos xq yo nisiquiera logro imaginarmelos explicame ¿siiiiiiiii?
Yuki, ¿puedes explicarme lo que decía la última nota que recibió andrea? No me salió en el texto. Arigatoooo!!!
UY! Gracias por comentar… a ver por parte…
RPK aunque estoy trabajando en una version “neutra” de SS para eliminar justamente los chilenismos, me gustaría que me dijeras cuáles son aquellos modismos que no entiendes y así responderte sin problemas, porque no recuerdo cuántos ni cuáles chilenismos puse. ^^U
Nereii: ¿Qué nota? ¿Te refieres a la última nota que recibió de amenaza?
De todas formas, cualquier consulta pueden hacerla a mi mail:
daeg.proyect@gmail.com
Saludos.
Fue una genial historia.. aún no puedo creer q me haya pasado tantas horas pegada al pc solo por leerla.. ya me duele la cabeza..
pero valió la pena…
Me encanto esta historia!!
es la mejor que lei en esta pag
la verdad me dejo sin palabras
Hola!!
interesante, asi que
por compartirlo….
antes que na te felicito por que aunque tardaste 5 años en terminarlo te quedo al
Me hiciste emocionarme, desde que me termine de leer el primer capitulo, no pare hasta llegar al ultimo, esta super increible me hiciste (reir)
(llorar)
pero en fin Felicidades nuevamente
Muchas gracias, de corazón ^^
*O* wooo este es el sexto capi q leoo i dejame deciirte q amoo tu fiics, me encanto toodo de el, aunke al principio me parecio rara la actitud de Andrea pero ahora como ya lo estoi entendiendo me es imposible dejar de leerloo. Tiienes un gran talento para escriibiir xica, ame la forma en q escriibes