Muerte de un Chapero
1 March, 2010 por Nayra Ginory
en la categoría Fanfics, Originales
- 1ª noche: 11 de febrero
- 2ª noche: 12 de febrero
- 3ª noche: 13 de febrero
- 4ª noche: 14 de Febrero.
- Epilogo: 5ª noche. Un año después.
El prostituto se levantó de la cama y se desperezó.
—Eh, chico guapo, aún no he terminado contigo.
Se giró para ver cómo el hombre que le acompañaba rodeaba su cintura e intentaba volver a meterlo en la cama. Era uno de los habituales, como él los llamaba, uno de esos que aparecían al menos una o dos veces al mes para buscarle. Este en concreto tenía el detalle de llevarlo a una pensión en vez de hacérselo en un coche.
—Me parece que ya has terminado, salvo que tengas algo más que darme —extendió la mano, con la palma hacia arriba.
El hombre le miró desolado.
—Te lo daré la semana que viene.
Se levantó de la cama, negando con la cabeza.
—Pues entonces será la semana que viene —se miró en el espejo de cuerpo entero que había en la habitación, el único detalle lujoso que había en ese cuarto cochambroso, y estudió sus rasgos y sus formas, pensando en las cosas que Rubén le había dicho. ¿Era en verdad un hipócrita? ¿O sólo era demasiado ingenuo? Tocó la piel de su abdomen y su cintura, justo donde el escultor le había acariciado la noche anterior e intentó mirarse con los ojos de un extraño, preguntándose que vería él al mirarle. El hombre que le acompañaba se acercó y le rodeó la cintura, abrazándole por detrás.
—Oye, ¿tú crees que soy hermoso? —le preguntó al encontrar la mirada del otro a través del espejo.
—Lo que yo creo es que tienes un polvazo encima —acarició con lascivia la piel de sus costados.
—No me refiero a eso. Me refiero a si crees que tengo un cuerpo bonito.
—Sí que lo creo, cada vez que lo veo me dan ganas de follarte.
Un pinchazo de decepción se aposentó en la boca de su estómago, aún a pesar de los esfuerzos que hizo para reprimirlo.
—Tengo que irme.
Se vistió y se fue, pensando en las palabras del escultor. A pesar de que se había propuesto no volver allí, sus pasos le dirigieron hasta su casa. Cuando se vio ante el portal dudó un momento. Quizá Rubén no quería volver a verle después de las cosas que le había dicho, seguramente ya habría salido en busca de un nuevo modelo. Sintió un dolor sordo en el pecho al pensar en que esa estatua no tuviera ya su rostro ni sus formas. Aún así, le debía una disculpa. Tocó el timbre.
—¿Sí? —la voz del escultor sonó sorda a través del telefonillo.
—Soy yo.
Hubo un momento de silencio.
—Llegas tarde.
La puerta se abrió y subió las escaleras. El escultor le estaba esperando en la puerta del loft.
—Pensaba que no ibas a venir.
—Lo sé, pero es que…
—No importa. Anda pasa.
Sus cien euros estaban en la silla como siempre, dándole a entender que Rubén lo había estado esperando. Reprimiendo un rapto de culpabilidad empezó a quitarse la ropa.
—Creo que esta noche será la última vez que te necesitaré.
Se giró para mirarle. Rubén se concentraba en humedecer la arcilla para seguir trabajándola.
—Oye, si estás enfadado conmigo por lo de ayer…
—No, no es eso —el otro le sonrió conciliador—. Es que está casi terminada.
—¿En serio? —se acercó a la mesa y observó la estatuilla. Pudo reconocer sus facciones en la imagen y las familiares líneas de su cuerpo. Era extraño, como verse a sí mismo desde fuera—. Es muy hermosa —dijo con admiración.
—Eres tú, nada más.
El cumplido hizo que se ruborizara.
—Aún no me has dicho a quién estás esculpiendo —el escultor le miró sin comprender—. Me dijiste que tenías que elegir un tema de la mitología griega —señaló la estatuilla—. ¿Quién es?
—¿No te lo he contado?
—No.
—Túmbate por favor —mientras lo hacía, Rubén siguió hablando—. La escultura se llamará “Muerte de Patroclo”.
—¿Pa… quién?
—Patroclo —explicó—. ¿No sabes quién es? —el prostituto negó con la cabeza—. Bueno pues según La Iliada, era el amigo de Aquiles. Ese sí sabes quién es, ¿no?
—¿El del talón? —preguntó el muchacho mientras tomaba su postura en la cama.
—Sí ese. Levanta un poco más la cadera, eso es. Durante la guerra de Troya, Aquiles y Patroclo lucharon juntos, pero Patroclo murió y Aquiles enloqueció de dolor.
—¿Enloqueció de dolor? ¿Por un amigo? —pareció pensar un momento—. ¿O se lo estaba tirando?
—Bueno, Homero no lo dice explícitamente —Rubén ya estaba concentrado en la arcilla—, pero la verdad es que el desmesurado dolor de Aquiles daba a entender que ambos eran amantes, lo cual era un escándalo.
—¿Por qué? Yo pensaba que los griegos y aceptaban las relaciones homosexuales.
—Más o menos. Ellos no se clasificaban a sí mismos porque les gustaran los hombres o las mujeres, sino por si eran activos o pasivos. Lo que quiero decir, es que en la antigua Grecia no estaba mal visto que un hombre sodomizara a otro de menor posición, a un esclavo por ejemplo, pero sí estaba mal visto que él se dejara sodomizar.
—O sea, que mientras no te den por culo, puedes hacer cualquier cosa, ¿no?
—Tienes un lenguaje muy florido —rió—, pero sí, algo así. La única manera en la que un joven de buena posición podía tener una relación con un hombre mayor era si este hombre era su erastés.
—¿Su qué?
—Su erastés. Un hombre podía tomar como pupilo a un joven convirtiéndolo en su erómeno. Generalmente este joven podía ser el hijo de un amigo o algo así, y el hombre mayor, el erastés, se encargaba de instruirlo, de ayudarle a convertirse en un hombre…
—Y de paso se lo follaba.
—Ajá, aunque ese tipo de relación sí que estaba permitida. Pero en el caso de Aquiles y Patroclo, la cosa está más difícil de definir.
—¿Y eso por qué?
—Porque se podría decir que el erastés era Aquiles, ya que parecía ser el más dominante, pero por otro lado, Patroclo no podía ser el erómeno de la relación, porque era mayor que Aquiles. Así que probablemente por esa razón, Homero no quiso escribir explícitamente que ambos eran amantes, pues al parecer fueron dos hombres que se amaron en igualdad de condiciones, y eso no lo entendían ni los griegos.
—¿Y qué pasó después?
—¿Después de qué?
—De la muerte de su amigo, ¿qué hizo Aquiles?
—Oh, eso. Patroclo había sido asesinado en la batalla por Héctor, el príncipe de Troya, que era un gran guerrero. Así que Aquiles le buscó y al final consiguió enfrentarse a él. Y ganó, vengando así a su amado amigo. Pero Aquiles tampoco sobrevivió a la guerra de Troya, aunque esa es otra historia.
Rubén se quedó callado y pareció abstraerse en la escultura de nuevo. Dejado a su libre albedrío tendía al mutismo y sólo hablaba cuando se le preguntaba. Trabajó en silencio un rato, prestándole al prostituto sólo la atención necesaria para fijarse en algún detalle en concreto, antes de volver su mirada al trabajo.
El chico, mientras tanto, se entretenía en silencio, perdido en sus pensamientos. Quizá Rubén tenía razón en lo que le había dicho, quizá él se merecía algo mejor que hacer la calle. Pensó en sí mismo cuando era un crío, ¿esto era lo que quería ser de mayor, un chapero? Seguro que no. Sin embargo, Rubén estaba dedicándose a lo que siempre había querido hacer, esforzándose en cumplir sus sueños. Era un hombre íntegro, honrado, decente. Era la primera vez que se encontraba con un hombre así en su vida y por eso le había costado darse cuenta. ¿Cuántos hombres buenos se encontraría si seguía prostituyéndose? Probablemente ninguno.
Un calendario que había colgado en la pared llamó su atención. Girando la cabeza sólo lo suficiente para mirarlo se dio cuenta de que era domingo. 14 de febrero.
—Oye Rubén, ¿sabes qué día es hoy?
—No, ¿por qué?
—Hoy es San Valentín.
—¿En serio? —él también levantó la vista hasta el calendario—. Pues es verdad, no me había dado cuenta.
—Y qué, ¿no vas a salir con tu novio o algo así?
—No tengo novio. ¿Y tú qué? ¿Haces algo especial?
—Hago descuento —Rubén le dedicó una seca mirada—. Joder, era broma. No tienes sentido del humor.
Se levantó de la cama.
—¿Qué haces? Aún no es la hora de terminar.
—Tengo que estirar las piernas —caminó hacia el centro de la estancia, y se sentó sobre la mesa de trabajo, frente al escultor, poniéndose muy cerca—. He estado pensando en las cosas que me dijiste ayer. Te debo una disculpa.
—No tienes por qué —los ojos de Rubén se encontraron con los suyos. Era la primera vez que los veía tan de cerca—. Yo te ofendí, y esa no era mi intención.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta? —le cogió por la camisa y lo atrajo hacia sí, pegando sus cuerpos—. El pensar que a causa de tus principios yo te doy asco.
—Tú no me das asco —susurró el escultor con inusitada ternura. Elevó su mano hasta la barbilla del joven y la deslizó por su mejilla, apreciando la deliciosa sensación de esa piel bajo la suya.
El chapero aspiró el húmedo aroma de la arcilla que se desprendía de la mano que lo acariciaba. Elevó su cabeza hasta quedar frente a él y unió sus labios.
La primera reacción de Rubén fue el rechazo, pero el chico insistió, aferrándole por la camisa con sus manos y rodeando su caderas con las piernas, obligándole a permanecer junto a él. La reticencia inicial desapareció y pronto sus manos rodearon la estrecha cintura y la apretaron contra sí, dejando que ese dios de carne se uniera a él en un cálido abrazo. Su razón tardó un instante más en despertar.
—No —dijo al fin, alejándose del prostituto—. Te dije que no iba a hacer esto. Yo no soy así.
—Ya lo sé, pero has estado deseándolo desde que me viste. Y yo también lo deseo. Te deseo —los labios del joven estaban tan cerca de los suyos que cada palabra era un nuevo beso—. Somos como Aquiles y Patroclo, sin convenciones sociales, sin juicios morales, sólo tú y yo. Creo que me merezco un buen San Valentín, aunque sea por una vez en la vida.
Rubén le miró largamente pero no dijo nada más, se limitó a cargar su cuerpo aún abrazado al suyo y a depositarlo en la cama. Luego, ambos se encontraron el uno al otro, dejando más de sí mismos sobre las viejas sábanas blancas de lo que nunca antes se habían atrevido a entregar. La noche fue lenta, y pasó como un susurro de placer que duró hasta bien entrada la madrugada. Al terminar, sus cuerpos se entrelazaron y se durmieron, arrullados cada uno por la suave respiración del otro.
El chico fue el primero en despertar. La luz de la mañana caía sobre la cama, iluminando sus cuerpos. Rubén estaba enroscado a su espalda, durmiendo apaciblemente. Era la primera vez que pasaba toda la noche con un hombre.
Se levantó y recogió su ropa. Mientras se vestía le miró de nuevo: su cuerpo desnudo esta cubierto a medias por la sábana blanca, dejando ver retazos de su morena piel, sus velludas piernas, sus brazos fuertes y sus manos hábiles y sensibles. Él mismo podría ser una escultura, pensó sonriendo. También era hermoso.
Se sentía culpable. Culpable, por haberle seducido, por haberle corrompido, por demostrarle que todo se podía comprar. Y sin embargo, supo sin lugar a dudas que esa había sido la última vez, que en algún momento entre su primer beso y esta soleada mañana, había decidido que Rubén sería su último cliente.
Le miró de nuevo. Deseó irse de allí dejando esa inocencia intacta, demostrarle que él tenía razón. Bien sabía él que Rubén detestaría la idea de haber pagado por sexo y supo lo que debía hacer. Sacó de su bolsillo los cien euros de esa noche y los dejó sobre la silla. No todo se podía comprar.
Luego salió de allí sin hacer ruido, y se fue en busca de su nueva vida.
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Ahhhhhhhhh……. q bello… q bello… me encanto…. no c q decirte…. me encanto la historia… tiene una muy buena trama…. aunq el final kedo un poco abierto…. naaaa… no da… de todas formas me gusto mucho…. ^-^…
Mis sinceras felicitaciones a la autora.
Pese a que el título no me atraía mucho, porque no sabía que ¢∂@€%# era un chapero (diccionario amigo dice “Homosexual masculino que ejerce la prostitución”), la historia me sorprendió positivamente. Una buena trama y una forma de narrar muy lograda.
También aprecié que “la escena de amor” fuera sutil, la referencia a los griegos (interesante, da para fanfics en sí misma) y el final me pareció justo.
Nada que decir, de lo mejor en fanfics que he leído últimamente, sin exagerar :)
Pues muchas gracias -se ruboriza-, me alegro que les gustara mi historia.Un beso
Guapos todos.
Eso es todo lo que me hizo sentir.
genial.
simplemente GENIAL!!!!!!!!!!!